Caminando entre sombras



Caminando entre sombras

Los atardeceres lucidos despiertan las rendijas del alma, se trata de una sensación de inaudito despertar en el que la mente se eleva por encima del cuerpo y me permite correr un tupido velo a la decepción de una evocación que tiende a volverse tan irreal como inalcanzable. Las palabras enmudecen ante la prisión onírica de unos sueños tan superfluos que finalmente opto por romper el lienzo y dejar que la gravedad se corrompa con letras ahogadas sobre una atmósfera incandescente por el propio jubilo de la valoración. Después, camino, y vuelvo a caminar sin marcar un rumbo teórico. No hay nada fijo, solo sombras que pasan a tu alrededor para envolverte en un halo de ilusión paradójico sobre un sendero cuyo destino está alejado de la existencia ordenada y perfecta. Así que cojo pedazos de aire con las manos y los moldeo serenamente hasta convertirlos en pequeñas aves de vapor que surcan los horizontes de mi contemplativa mirada. Más allá de la luz solo hay cuerpos opacos que se quedan perplejos por tan agreste contraste, y no es más que el espejo de una edad que torna toda apariencia para hacerla irreconocible que no irreconciliable con el reloj de cuerda que emite sinuosos chasquidos en el fondo de todo recuerdo. Al final solo la exactitud queda rebatida en la maravillosa ciencia del broche dorado donde lo falaz se endulza con purpurina y caramelos de limón, y, todo, absolutamente todo no es más que una sátira al amanecer.




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