miércoles, 6 de septiembre de 2017

Raíces ancestrales

Raíces ancestrales

Cuando el compás social perturba el delirio de la mente humana una fuerza ancestral emerge del subconsciente hasta transformarlo en bestia. El extraño no tenía miedo, se sentía libre de mirar al mundo más allá del dogmatismo imperante y desdeñar las costumbres inciertas de quienes pretenden elevar su voz dentro de una masa amorfa que siempre conduce a la misma dirección. El nombre lo había olvidado pues no quería sentirse poseído, ni que lo nombraran, prefería la compañía de la noche que lo revitalizaba y le otorgaba un sentido de existencia. Su rostro, olvidado, tan solo podía ser mostrado por un espejo capaz de mostrar los estragos de la edad y la demencia, pero si se observaba no reconocía aquel rostro que en otros tiempo habría tenido como suyo. Caminaba, solamente caminaba, sin rumbo fijo hacia la imperiosa necesidad de contemplar con aire dubitativo la continua degradación de cuanto lo rodeaba.

Tras los parajes de hierba quemada y aire enrarecido por la polución se ocultaba un pequeño poblado marítimo que parecía una especie de capsula temporal de un tiempo ya perdido. El extraño arrimó para aprovisionarse y se dejó caer por una especie de antigua taberna de paredes caladas y suelos cubiertos de serrín. El posadero, que sería un hombre de mediana edad limpiaba viejas jarras de cerámica hundida con formas retorcidas, mientras hacía caso omiso a la pelea de dos viejos marineros cuyos rostros costrosos mostraban cuanto habían sido consumidos por las sales. Sus almas eran negras y consumidas, y lo poco de humanidad que podían conservar era la capacidad de proferirse improperios hirientes y malsonantes. El extraño hizo caso omiso y se sentó a degustar un vaso de anís y un huevo pasado por agua que le ofreció el posadero.


A la caída de la tarde los vecinos se quedaron encerrados en sus casas y el extraño percibió la llegada. No sabía lo que era, pero su mente estaba preparada para lo incierto. Con fuerzas para quedarse sobre la pared del antiguo faro contempló como un ser incorpóreo salía del mar y lo miraba. El extraña le devolvía la mirada, sin temor pues su hora ya había pasado. La bestia que había en él lo había dominado. Sin nombre y sin aspecto, ya solo le quedaba la vejez, así que tomó su viejo libro de pensamientos baldíos y lo lanzó al mar. El primigenio comenzó a difuminarse y al acercarse a la orilla se transfiguró en un horrendo ser hecho de lodo, sal marina y viscosidad. El extraño se sentó y esperó su llegada. El primigenio tomó su largo brazo y comenzó a crear raíces que se filtraron y consumieron todo su cuerpo. El extraño se desintegró y dejó que las raíces volvieran mecidas a las profundidades oceánicas. El pacto había sido consumado.


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