martes, 27 de junio de 2017

Paraíso atribulado

PARAISO ATRIBULADO

Año 2934,
Los sombreros adornan y las corbatas aprietan,
Sobre las ruinas de la ciudad de Boston pequeñas tabernas,
Sucias y congestionadas,
Aguardan el próximo cargamento de aguamiel,
Preciado para el bolsillo del capataz.


Soy un hombre elegante y de principios firmes,
En mi mano está la banalidad de la moralidad,
Y solo bastará una bala en la sien,
Para segar de incompetencia la ciudad,
Vestigio informal de un mundo infiel.


El alcohol, las drogas y el juego no hacen el poder,
Que surge entre mandatos efímeros,
Y permite al envilecido creerse poseedor,
Pues no es más que portador de necedad,
Y, finalmente, sucumbe al temor.


Soy un hombre fiel y de sentido común,
Solo tomo aquello que me es ofrecido,
Y, como buen tejedor, hilo la indolencia,
De aquellos a quién persigo,
Y en cuyas manos no hay horror a la consciencia.


Es la era del plomo y el algodón,
Donde el acero representa la pulcritud de lo incivilizado,
Donde los hombres caen a la tentación,
Y, finalmente, degeneran toda pasión.


Soy un hombre apasionado y de gran talante,
La palabra tercia los sentidos del farsante,
Pero yo, diálogo, escucho,
Permito escrutar la verdad de lo imperecedero,
Obtener respuestas en lo certero.


Hoy, debo demostrar fortaleza,
Romper las cadenas de la crueldad,
Cerrar la boca del charlatán,
Obtener el paraíso,
De una atribulada realidad.


Son, las 0:00 y la alfombra está impecable,
Los cristales crean firmes siluetas al trasluz,
El salón es custodiado por valientes,
Que lejos de convertirse en héroes,
Probaran la rectitud de sus propósitos.


Siento pesar, yo, el capataz,
El mundo gira alrededor de grandes figuras,
Y en consciencia soy fiel a mis preceptos,
Dar luz a las hendidas fisuras,
Conseguir la imperfección de lo perfecto.


No creo en la rectitud, pienso,
Pero mi mano toma el revólver y mis hombres danzan,
Un festival de sangre sobre mi recibidor,
Y, todo, porque me perciben débil,
Demasiado bueno para un mundo de asesinos.


No soy quién crees que soy,
No liberé nuestra patria de la tiranía, y,
Seguramente estas sean mis memorias,
Recuerdos hilarantes,
Para una figura que no fui.


Sí, soy Walder Smith, el último capataz,
El vencedor de una implacable guerra,
El narrador de una historia que se repite,
Y, para quién me lea, solo un hombre,
Que en su voluntad logró ser tenaz.





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