lunes, 15 de mayo de 2017

Avery Preston en el país de las maravillas mecánicas



Avery Preston en el país de las maravillas mecánicas

Un hombre de pecho caído pero porte decidido camina a paso firme y ágil en dirección al Departamento de Seguridad de la Ciudad de Edlin, bajo sus pies el asfalto no es más que un paseo hacia su propósito, y su vista tan limpia como clara refleja una mirada esperanzadora.

-          El departamento está irreconocible, ¿qué ha pasado con mi oficina? ¡Cago en la ostia, me suspenden un mes de sueldo y me encuentro con toda esta mierda del papeleo y para colmo, no tenéis un maldito café! – dijo airado.
-          Ahora ladras, pero sabes muy bien cuáles son las consecuencias de tus actos. Se acabó el café por una temporada, ahora tendrás que llevar el uniforme y encargarte de dirigir las próximas redadas. Se te ha anulado el visado de inspector, así, que, supongo, enhorabuena.- declaró el inspector Dylan Ferguson.
-          Soy consciente de lo que es la justicia en esta mierda de ciudad, solo una tapadera moral para que los poderosos puedan violar la ley sin más sanción que la destitución de uno de sus inspectores. No, no vengo aquí a que me humillen nuevamente. Dejo la oficina, de hecho tengo en mis manos una carta de renuncia que humildemente he redactado para el inspector jefe y estoy seguro que la encontrará bastante gratificante.
-          Siempre te he dicho que eras un tipo raro Avery, pero ahora veo que tu estupidez es palpable. Lo único que vas a conseguir renunciando al departamento es que se te declare sujeto peligroso y tengamos que perseguirte.
-          Contempla la oficina y dime, ¿qué ves?
-          Veo a un estúpido que va a cometer una estupidez. – declaró Ferguson.
-          ¿¡De verdad!? Eso es todo lo que vas a decirme, compañero.
-          Ya no seremos compañeros.
-          No, no lo seremos. Espero que eso te resulte reconfortante.
-          Me resultaría más reconfortarle no tener que matarte la próxima vez que nos veamos.
-          Yo. No puedo decir lo mismo. Adiós Dylan.

La ciudad es lo que podríamos denominar como un gran amasijo de hormigón armado que discurre entre truculentas formas por agrestes parajes de grafitis y marketing digitalizado. En esta sociedad solo existen dos tipos de personas el poderoso y el servidor, aquellos que no pertenecen a ninguno de los grupos sociales son declarados criminales en potencia y perseguidos para ser ejecutados en pasarelas para diversión de todos los ciudadanos, pero por encima de todos ellos está el líder un gran sistema corporativo de androides que regulan las normas de comportamiento y culturales, omitiendo todas aquellas referencias o modos de lenguaje que puedan incitar a la gente a razonar. En esta tiranía donde el hijo del hombre domina a una sociedad tan sistematizada como mecanizada se encontraba Avery Preston. Puede que a sus cuarenta y siete años todos pensaran que sería un hombre acabado destinado a ser cazado como conejo de indias para ser conducido al pelotón de fusilamiento semanal, pero porta el semblante de una esperanza y un hombre con esperanza se aferra peligrosamente a la vida.

Dylan era un pensador, o al menos él pensaba que era un tipo inteligente, y en mi caso desconozco si lo es o simplemente se movía impulsado por una rebeldía tardía contra el sistema. Lo que es cierto es que no daba un paso en falso y siempre tenía un plan de contingencia, y en este caso sabía dónde dirigirse. Colocó en su bolsillo un nanochips de apariencia y adoptó la forma de un joven de estrato medio para poder eludir las patrullas de ciber-caninos y llegar hasta la amplia avenida del emporio Winston donde las gigantes calles de asfalto en radial se encontraban decoradas con múltiples comercios dónde abundaba todo tipo de ocio salvo el literario. Finalmente, los suburbios se encontraban en el viejo casco perteneciente a la Edlin del siglo XXI donde vivían los marginados y todos aquellos considerados por la sociedad como infraseres y criminales en potencia. Aunque la apariencia fuese de ruinas, bajo las cloacas se había creado todo un submundo donde los proscritos vivían, comerciaban y saciaban sus apetencias. El vacío legal de su existencia hacía que eventualmente se les abriera la entrada a determinados miembros de los estratos de Edlin que querían adquirir ciertos gustos que en su ciudad les era negado como podía ser el comercio de libros o las asociaciones de debate. En este lugar tan horrible y poco propenso a la depravación, donde sus habitantes solían ser barbudos y con el pelo largo, Avery conocía a una joven chica pelirroja de ideas extrañas con la que había colaborado en más de una ocasión.

-          Hola inspector, ¿qué le trae por aquí? ¿Shakespeare?
-          Ya no soy inspector cariño, así que llámame Avery y ponme un chocolate caliente.
-          Es extraño, normalmente los de la ciudad solo vienen aquí a leer a Asimov y tomar té.
-          El té es una pijotada, Rose.
-          Tiene un aroma particular, a veces afrutado, pero la textura del chocolate es más atemperada para el paladar.
-          Ya sabes que a mí me van las cosas fuertes. He escuchado por ahí que hay un grupo de frikis que confabulan contra esos malditos androides.
-          Shh… Avery, aún no he encendido el fuego. Deja que el chocolate se caliente.
-          ¿Sabes algo, o no?
-          Sé que existe un grupo de antiguos robots y humanos que imbuidos por extrañas ideas de un tipejo llamado Bakunin quieren desmantelar el Palacio del líder, pero no te convienen eres demasiado listo como para meterte en esas tropelías.
-          ¡Ah, sí! ¿Y qué crees que debería hacer?
-          Sigue tus instintos. En diez años has limpiado la ciudad de psicópatas y ajusticiado a desviados entre los poderosos. Te temen, te quieren ver muerto, pero no todos.
-          No todos –se escucha en un grito a la lejanía- Bienvenido, hermano. Mi nombre es Walter. – dice un extraño hombre negro ataviado con capucha y con profusa barba.
-          ¿Y tú quién eres? – Preguntó Avery.
-          Yo soy la solución a tus problemas. Únete a mí y buscaremos la alianza con todas aquellas sociedades alejadas de Edlin que viven en conexión con la naturaleza. Sé que eres un hombre leído pues he conocido tu interés por autores como George Orwell, pero al igual que un Marco Polo hizo en los albores de nuestra civilización yo he viajado y he conocido el mundo más allá de estas fronteras de cemento y hierro, y puedo asegurarte que existe vida orgánica y, sobre todo, armonía.

Continuará…


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