jueves, 27 de abril de 2017

El lado oblicuo de las cosas



El lado oblicuo de las cosas

Estaba lloviendo otra vez, y el inspector Simmons se veía obligado a bajarse de la moto y buscar refugio en el antiguo barrio comercial Le Fons. La arquitectura del nuevo barroco convertía el alzado de los edificios en abundantes líneas deformes y sobrecargadas con colores tristes y opacos que acentuaban la sinuosidad de un entramado de calles tan oblicuas como imperecederas, salvo los dos ejes principales aún transitados muchas de esas calles conducían a lugares cerrados y por experiencia de Simmons poco recomendados. Solo buscaba una cosa, y no era otra que resguardarse de la lluvia y tomar un poco de Ron para quedarse enmudecido en pensamientos superfluos mientras dejaba las horas pasar y terminaba su horrible turno, puesto que desde que ciertas zonas de la ciudad habían sido declaradas lugares sin ley su labor era tan poco afortunada como peligrosa, y como se puede comprender un hombre como Simmons ya sucumbido por su medianía de edad la emoción no era uno de sus puntos fuertes. Traqueteando con sus descocidos zapatos por el empedrado desigual y sucio de las calles alzó la vista y evitó tropezar con una joven de pelo oscuro y corto, escaso maquillaje y la piel tatuada que transportaba apresuradamente una especie de maletín de piel roída, acontecimiento que incitó su ingenio y le hizo perpetrarse de la turbia idea de descubrir algo que le permitiera relanzar su carrera investigadora si la seguía.

Emily, como se llamaba la chica, se encontraba frustrada y enojada pues se hallaba inmersa en la búsqueda del ingenio de diamante, un mecanismo desconocido pero fascinante, y se había visto obligada a ir en busca de su amigo Pitt para ayudar a programar su nueva computación mensual. En su cabeza tenía implantado un chip nanotransmisor que le permitía percatarse de cualquier peligro que pudiese acecharla y reaccionar en consecuencia, por lo que le fue fácil darse cuenta de la existencia de un hombre alto, aunque de hombres caídos que la seguía, así que optó por despistarlo entre la muchedumbre y observarlo antes de emitir algún juicio a conveniencia. Observó un rostro maduro, mal afeitado pero que pese a la edad conservaba ciertas trazas de belleza, y por su indumentaria pudo corroborar que se trataba de un antiguo inspector caído a menos que ahora deambulaba en busca de prestigio. Analizó las circunstancias y pretendió tomar las cartas a su favor, por lo que cuando pareció darse por vencido se presentó ante el inspector como la agente Sophie del cuerpo de investigación nanotecnológica y le hizo cargar con la maleta mientras le guiaba hacia cierto local poco transitado.

Simmons estaba decepcionado pues la chica había resultado ser un agente de patrulla convencional y recordando sus pautas de comportamiento tomó su maletín y la acompañó ante su destino. Conforme andaba los pies se le iban volviendo pesados y los hombros se le caían dolorosamente ante el peso del maletín cuyo contenido parecía un misterio. Poco a poco la muchedumbre se fue diluyendo y las calles comenzaban a ser más estrechas, las gotas de lluvia le nublaban la vista y cuando pensó que ya no podía continuar sin obtener una explicación plausible una figura de negro y guantes blancos le agarró fuertemente del brazo y le arrastró al interior de una nave, repleta de libros, polvo y muchas cosas viejos y pequeños prodigios del siglo XX. El misterioso hombre resultó ser un androide defectuoso, que vestía con un extraño sombrero de copa, chaleco, bombines y guantes blancos.

Pitt era uno de los pocos androides que seguían en funcionamiento antes de que se produjera la gran desprogramación y los humanos comenzaran a trastear con la biotecnología y los implantes inorgánicos con fines prácticos, pero perdiendo su humanidad en el tránsito y provocando una separación racial entre humanos y ciborgs. Su mecánica era completamente inorgánica y en su cabeza solo tenía un núcleo de computación que ordenaba sus pensamientos y le permitía establecer complejas operaciones de interacción, ya fuera investigar, desarrollar, aprender del entorno o comunicarse con humanos. Emily lo mantenía en secreto como un amigo o confidente que le permitía desarrollar su imaginación y olvidar la desgracia que le supuso pasar de humana a cyborg. Pitt había aprendido en su programación a ser educado, hacendado y respetuoso por lo que ofreció al extraño humano una taza de aceite de engranar y unas pastas rancias que amablemente se vio obligado a rehusar, por lo que le enseñó un panfleto, dibujado por el mismo, donde se mostraba el ingenio de diamante. Se trataba de un artefacto capaz de dotar de alma a un cyborg y volverlo humano.

Simmons comprendió que aquella extraña pareja de tuercas y no humana pretendía que le ayudase a buscar un extraño mecanismo para lograr alguna función que escapaba a sus ganas de razonas en aquellos momentos. Tras rehusar la taza de aceite tomó una pasta rancia, y les ofreció tras unos cálculos deliberados sus servicios privados a cambio de la transferencia de 800 rutz una vez finalizado el trabajo, lo que le permitiría adquirir una serie de caprichos que tenía pendientes y hacer más llevadera la monotonía de su diario, y que para su sorpresa accedieron a ofrecerle.

Emily se sentía un poco confusa acompañada del viejo, pero aún apuesto inspector y de su amigo Pitt o como a ella le gustaba llamarle: tuercas. Abrió el maletín y sacó unos eyectores de adrenalina que se aplicó para estimular sus sentidos y se lanzó a correr perpendicular sobre las fachadas de los edificios mientras dejaba señas luminosas para sus compañeros. El detector que llevaba implantado la condujo ante un extraño circulo que levitaba por la amplia plaza de los presidios y cuyas carpas ornamentadas con grandes bolas doradas que se retorcían en espiral hasta llegar al suelo daba paso a una ingente cantidad de humanos que pasaban a admirar los prodigios de los últimos androides y algunos supuestamente salvajes y primitivos ciborgs sin alma. 

Pitt evitó acceder al recinto por una extraña computación similar al terror experimentado por humanos y ciborgs, y se quedó a las puertas, por lo que Simmons tuvo que pasar a la acción y entrar en ese delirante y extraño circo. Al entrar las puertas de la carpa desaparecieron y una sala oscura le daba la bienvenida, siguiendo la voz tenue pero precisa del director del circo tomó el asiento 442 y se quedó a disfrutar del espectáculo. Con el paso de los minutos extraños elementos de hojalata se sucedían en diálogos de besugos sobre computación y opciones mientras el personal soltaba absurdas carcajadas que enrarecían aún más el ambiente. Finalmente, y lo que despertó su interés, fue ver a Sophie esposada sobre la barra y mostrando a los espectadores las partes mecánicas de las que se componía el cyborg para poco después ante la perplejidad del público transfigurarse como una persona de carne y hueso y lucir un increíble corsé de color morado con ribetes oscuros en las hombreras. Simmons no daba crédito a lo que veía y pensó en haber sido engañado por una especie de estratagema de marketing para ver aquel dantesco espectáculo, dando por finalizada la búsqueda del engranaje de diamante y por supuesto destrozando sus esperanzas de ser recompensado económicamente por todas las molestias que había tenido que tomarse aquel extraño día de lluvia. Para colmo de males el extraño director del circo le invitó a pasar como invitado de honor al escenario y lo presentó como el mecanismo de diamante. Perplejo, miró a su alrededor y su consciencia quedó apagada súbitamente.

Emily golpeó la cabeza de Simmons en un punto que suponía que cayera sumido en un profundo, aunque tortuoso sueño y lo transportó al interior de una habitación para tenderlo sobre un camastro. Cuando pudo abrir los ojos Emily se le acercó y le tendió sobre sus brazos un lienzo en blanco donde poco después comenzó a aparecer en tinta negra un extraño texto donde quedaba relatado todo cuanto había acontecido hasta en aquel momento para después desaparecer y volverse blanco de nuevo. La explicación era muy sencilla, Simmons había olvidado que él era el engranaje de diamante, un ingenio prodigioso capaz de dotar de vida a cualquier ser que, sin llegar a existir, podía hacer que fuesen sentidos y vividos por terceras personas, y debido a su monotonía se había transformado en un rol alterno que realmente no ejercía dejando atrás su vocación de cronista. Pitt sacó de su interior una especie de engranaje dorado y las luces se apagaron terminando con toda la ilusión, poco a poco el escenario se iba diluyendo y todos a su alrededor desaparecían para pasar a las sombras de los engranajes que componían la mente de Simmons.

domingo, 16 de abril de 2017

Bestia




Bestia

Zafia y mezquina fue la bruja,
Deshonesto y prepotente el anfitrión,
Y solo por una afrenta de conjura,
La decadencia y el caos se desató en la mansión.
Pinche, meretriz, juglar y sirvienta,
Todos hechizados en avatares cotidianos,
Mecanismo de un tiempo que empieza,
Y bajo el yugo de la roja rosa se vuelve al ocaso.
La peor disidía sobre el anfitrión recayó,
Su humanidad le fue arrebatada,
La bestia desencadenó la penumbra,
Y sobre tristes alaridos de melancolía sucumbió.
Horrendos cuernos se retorcían en espiral,
Sus dientes eran desgarbados y afilados,
Su piel un amasijo de largas hebras de pelo,
Y sus manos afiladas garras de acero.
Bestia de futuro incierto,
Ser del vicio ufano,
Alejado quedó su sino,
Y solo en un corazón desatado.