lunes, 13 de noviembre de 2017

¿Cómo escribir?



¿Cómo escribir?

Es conveniente saber que el escritor no nace de oficio,
Y al igual que carpintero su labor aprendió,
Por lo que quién pretenda escribir,
Ciertos pasos debe seguir.
Lo primero, el hábito del lector,
Pues todo libro perfecciona la labor de corrector,
Evitando empleo de uso lingüístico sin atisbo de dominio,
Y favoreciendo desarrollo de coherencia sobre mundo finito.
Lo segundo, creativo énfasis en la imaginación,
Llevando a lo real e irreal a la fricción,
En un guionizado escenario,
De gran jolgorio.
La guinda final,
Dulce paladar en enlatado papel,
Que se nutre de un entusiasmo abismal,
Y no es más que inmortalidad sobre plateado mantel.







martes, 7 de noviembre de 2017

La anciana que olvidó ser joven



La anciana que olvidó ser joven

En el país de Ingary, donde avaros magos hacen artificios,
Sophie era la mayor de dos hermanas, Lettie y Martha,
Hijas de un próspero sombrerero bien acogido,
Que la mala fortuna condujo a una acolchada mortaja.
La madrastra dispuso librarse de todo cargo,
Para Lettie ser la pupila de una habilidosa hechicera,
Para Martha ser la amada aprendiz de un panadero honrado,
Y para Sophie la desdichada fortuna de ser sombrerera.
El nefasto destino de Sophie era el de tejedora,
Y, en ocasiones, hablar a las prendas de su monotonía,
Hasta que una vieja arpía asomó su nariz tronadora,
Y por bufonerías volvió su juventud en decrepita ceremonia.
Sophie, ya anciana y maldita, dejó atrás la disidía,
Guiada por rumores de un malvado mago, no cesó su marcha,
Y finalmente llegó al castillo que Howl presidía,
Un enorme amasijo de hierro que de su vagabundeo cesaba.
Tras su majestuosa fachada solo había suciedad,
Donde un aprendiz de lengua vivaz trabajaba sin cesar,
Y Calcifer, un horrible demonio sin atisbo de piedad,
Hizo un trato con Sophie para liberarse de su pesar.
Howl, encantado con hebras de oro y ojos como mares,
A la vieja Sophie acogió, junto a un perro pulgoso,
Y, más tarde, al espantapájaros como paje,
Y así la troupe caminó hacia destino gozoso.
La vieja arpía, bruja maldita del páramo,
A Howl logró hechizar, coincidiendo en regio mandato,
Pues un rey holgazán reclamaba la búsqueda de su hermano,
Y la vieja Sophie no pudo hacerlo sensato.
 
La vieja arpía su magia vio marchitar,
Retornando su ancianidad a un alma ya cansada,
Que Sophie logró perdonar sin apenas rechistar,
Y, juntos, logrando escapar.
Calcifer moribundo, veía a Howl consumirse en magia oscura,
Y una lluvia de estrellas dio a Sophie una pista,
Calcifer volvió al marchito corazón de Howl sin costura,
Y, el hechizo de Sophie, quebró sin abdicar.
La anciana que olvidó ser joven,
Esa persona ya no era Sophie,
Ni tampoco el apuesto espantapájaros de acople,
Y menos el gallardo y hechizado perro de redoble.

Poema inspirado en la obra: El castillo ambulante de Diana Wynne Jones.



domingo, 22 de octubre de 2017

¿Qué pasó con el arrecife de cristal?



¿Qué pasó con el arrecife de cristal?

No intento ser poético, de hecho no sé muy bien si lo que escribiré se adecuará a lo que realmente viví o será fruto de mis delirios. No escapé, no conseguí salir del oscuro túnel aquella noche pese a terminar con éxito mi cometido, así que puede que esta grabación no la escuche nadie y tan solo quede en las postrimerías de mi moribunda existencia. Lo primero que ocurrió fue una movida con alguien de la pasma, un agente de paisano me exigió detener el vehículo tras el suyo en la A-69, y eso fue lo que hice, me paré y asentí realizar una prueba de alcoholemia que resultó salir negativa. Retomé mi camino sobre el volante de un viejo volvo de los años noventa y me dispuse a recoger a un idiota que necesitaba de mis servicios. Al llegar al lugar acordado solo encontré a un viejo vestido con un traje roído que me ofreció un paquete y una dirección, nuevamente tomé la carretera y apreté el paso hasta los límites que la fiera me permitía cabalgar. 

Crucé carreteras desiertas con paisajes agrestes, pueblos abandonados e industrias que quedaron olvidadas tiempo atrás. No sabría discernir el tiempo que pasé al volante, ni la motivación que me impedía desviarme del camino, pero finalmente llegué a una vieja ciudad portuaria, casi abandonada y ahora hogar de un moribundo pueblo de ancianos decrépitos donde ocasionalmente dejaban atisbar lo que antaño fue su gloriosa juventud. El volvo apenas podía maniobrar entre calles empedradas que no permitían prescindir de la segunda marcha, y las manzanas de contornos irregulares a veces desembocaban en avenidas cerradas al tránsito de vehículos. Tras unas horas logré llegar a la dirección que coincidía con una antigua mansión de empedrado caído y llena de maleza en su exterior. Al tocar a la puerta una joven morena y de ojos almendrados color verde tomó el paquete e intentó sonreír mientras lo recibía. Me conminó a esperar en la entrada de su hogar, y subió por unas escaleras de mármol que conducían a una habitación que me impedía ver que había más allá.

El grito fue desgarrador, y la mansión parecía estremecerse y agrietarse conforme el contorno del alarido crecía en potencia. Subí rápidamente a la habitación y encontré el cuerpo de una anciana yacente en el suelo sin señales de haber sufrido agresión, aunque el charco de sangre lo podía percibir como reciente. La chica de cabellos morenos solo tartamudeaba algo inherente a un arrecife de cristal. Con un falso sentimiento de culpabilidad al ver que el sobre contenía las cenizas de su difunto abuelo, supuse sin el menor atisbo de duda que la anciana había sufrido un infarto. Le ofrecí mi chaqueta a la chica, y cuando se hubo calmado logró articular algo referente a un pasado que volvía para atormentar a su familia, y que si deseaba cobrar el servicio de chófer debería llevarla al viejo faro de la región, situado a una jornada y media de la población.

La carretera se volvió peligrosa y constantemente tuve la sensación de que las sombras se desplazaban en busca de algo que no era de mi incumbencia. En el último tramo de un recodo que daba a un precipicio saltó un cervatillo herido que terminó por morir obligándome a derrapar de forma involuntaria, y en la lejanía los alaridos eran cada vez más sonoros. Quizá fuera que la locura atenazaba mi ser, pero tenía que terminar mi trabajo pues una vez que me propongo algo lucho hasta conseguirlo. Al alba llegué al faro y subimos las escaleras de aquel extraño vestigio de un pasado inmerecido. La chica se echó las cenizas de sus difuntos sobre su piel y recitando extrañas palabras en un lenguaje olvidado se arrojó a las profundidades del mar. Aterrorizado me asomé y para mi sorpresa no contemplé su cadáver, sino que en la lejanía se podía vislumbrar brillos extraños sobre los arrecifes que poblaban sus turquesas aguas. Al volverme, encontré una bolsa amarilla llena de dinero. Cogí el coche y volví a mi trabajo de chico del reparto. Pero, desde entonces, algo comenzó amenazar mi alma. Me sentía intranquilo, intenté bloquear el pensamiento sobre lo sucedido pero pasaron los años y aquel arrecife de cristal era perenne en mis pensamientos. El dinero me condujo a una vida de vicios prohibitivos que me hicieron evadirme aunque no olvidar nunca lo vivido, y finalmente opté por un nuevo trabajo de chico del reparto, uno en el que acabé en la letanía de un túnel cuya luz aún no logro alcanzar. Si alguien escucha mi relato, por favor, no comentan mi error. No acepten ser mensajeros de la disidía o la maldición será una constante en sus vidas.