miércoles, 23 de noviembre de 2016

La luz de la verdad-Fragmento



La luz de la verdad

Muchas profecías predicen y son pocas las que aciertan, en la ciudad Ygdrial la casta de procuradores dicta todas sus sentencias junto a la lectura del códice de su fundación: <<el mundo toma un cáliz bruñido con la dualidad y lo derrama sobre las esperanzas de las virtudes más inconstantes, y de esa oscuridad emana el renacer de la luz.>>

Capítulo 1. La codicia

Tras la noche siempre aparece la luz abriendo camino y despejando las inocuidades del pensamiento humano. La degradación deja paso a la perversión para la cual el pecado es su manifestación más prematura, pues de las entrañas de la codicia el hombre queda presa de un espíritu animal capaz de hacerlo retroceder a su esencia más primitiva, el depredador. La luz ha brillado en días mejores y los matices han sucumbido a una dualidad exacerbada que ha permitido la creación del cuerpo de caballeros de Dios, el último bastión humano contra los depredadores, y entre ellos hay un caballero con la torpeza necesaria y la fuerza otorgada para adentrarse en las tinieblas y no ser consumido. 

Preus, ataviado con una fina cota de malla tejida por las sacerdotisas del Capitolio, tomó la hoja de Ygdravil y prestó juramento en el Altar del Único donde el sumo inquisidor aguardaba para rociar las gotas de agua bendita sobre el yelmo plateado con el símbolo del dragón. Ante los procuradores levantó su mirada y juró: <<Yo, Preus caballero de Ygdrial, consagro mi existencia a defender la Fe de los depredadores que condenan a la humanidad. Yo, como parte de un todo, defenderé la resistencia de la humanidad contra el apocalipsis y obedeceré los dictámenes del sumo inquisidor.>>

La ceremonia, pese a la austeridad impuesta como norma de los procuradores, quedó como un acto solemne ante las puertas cerradas del único, quién residía dentro de la mastodóntica catedral de piedra siempre cerrada en la parte más elevada del Capitolio. Preus vestido como caballero de Dios tomó su primer cometido y acudió a las defensas del ala este de Ygdrial. Enormes barracones protegidos con una imponente muralla de piedra sobre mampostería de aluminio se tambaleaban ante los constantes ataques de los depredadores. La orden de arqueros mantenía la seguridad en los perímetros cercanos al capitolio mientras cientos de caballeros a campo descubierto blandían sus aceros y derramaban su sangre. Preus desenvainó a Ygdravil, cuyo fulgurante filo parecía brillar con luz propia, y se dispuso a correr hacia la carnicería.

El campo de batalla era un lugar aterrador y los crímenes allí cometidos poco juego podían dejar a la imaginación. Los caballeros mermaban ante embestidas de bestias y depredadores bien pertrechados que atravesaban sus corazas y ocasionaban una anarquía sumida en el terror. Preus puso su espada en posición vertical cubriendo sus antebrazos y tomó un impulso que salvó la vida del caballero de la retaguardia al desviar un proyectil de alcance medio.

-      Esto es un caos, huye y salva tu vida.
-      No te he salvado para huir, sino para luchar junto a ti. Soy Preus, y desde hoy dirigiré las defensas del ala este de Ygdrial.
-      Mi nombre es Argus, y no te tomes tan a la ligera tu cometido. La humanidad está condenada y el cronometro pronto llegará a cero.
-      No si puedo evitarlo, reorganiza la retaguardia y quedaros defendiendo el perímetro. Cuando esté asegurado envíame un destacamento de los seis mejores hombres que tengas, vamos a explorar el origen de esta contingencia.
-      Ya, veo, tenemos aquí a otro héroe más dispuesto a morir con honores. El problema es que aquí queremos vivir y con acciones temerarias no ganamos nada contra estos demonios.
-      Tu problema yo lo llamo cobardía, y esa fue la causa de la decadencia de la humanidad.
-      Vamos, no se lo tome así, ahora mismo iré a cumplir mi cometido.
-      ¿No te olvidas de algo?
-      ¿De qué?
-      Eres un caballero, defiende tu honor con tu palabra. La palabra lo es todo.
-      Sí, señor.

El arenal quedaba dilatado entre los aullidos de las bestias que poco a poco acabaron ensartadas y despachadas por el filo de Ygdravil. Preus contaba con la fuerza de su juventud y la constancia que había tenido que adoptar para llegar a ser caballero, pero incluso para alguien como él no parecía tan clara las motivaciones de los depredadores de atacarlos cuando había habido un periodo de relativa calma. Agobiado por el número de enemigos no tuvo más remedio que retroceder junto a la retaguardia y sopesar sus posibilidades.

-      ¿Con cuántos hombres cuento, Argus?
-      Puedes contar conmigo y este zoquete de aquí, dice llamarse Parthos, el resto…
-      El resto solo es carne dispuesta a dejarse despedazar -le cortó Parthos-. Mi nombre es Parthos y estoy dispuesto a matar a toda bestia si con eso logro vengarme.
-      La venganza lleva a la ira y la ira al descontrol. Somos la esperanza de la humanidad, ¿lo tomarás bajo esa premisa?
-      Si con ello logro calmar mi sed de venganza, que así sea.
-      ¿Qué arte dominas?
-      Puedo ensartar dos bestias con una misma flecha y también dispongo de un gran manejo del hacha.
-      ¿Y tú, Argus?
-      Ejem, jefe, eso no se pregunta. Dios me dio la providencia de alterar la naturaleza, puedo protegeros con escudo algún tiempo, pero si mi vida corre peligro tened en cuenta que prevaleceré en mi bienestar.
-      Puedo asumir tales imprevistos. Bien, en marcha.

Preus, Argus y Parthos avanzaron rápidamente hacia el frente de los depredadores y solicitaron audiencia con su líder. Las bestias los rodearon y un depredados ataviado con una oscura capucha azabache les guio hasta una pequeña empalizada donde les ataron las manos y los condujeron hacia un recinto tan cerrado como oscuro.

-      A llegado a mis oídos que han mandado esos humanos a luchar a un justiciero contra mi retargudia.
-      Mi nombre es Preus.
-      El hijo de Claudio, yo maté a tu padre.
-      Mi padre se condenó el solo, era un estúpido y un cobarde que solo ambicionaba la fama.
-      ¿Y tú qué ambicionas, asqueroso humano?
-      La verdad.
-      La verdad es que vais a morir.
-      No lo tengo tan claro, ¿piensas devorarnos?
-      Los depredadores, como nos llamáis, no comemos humanos. Sois tan tercos que pensáis en nosotros como auténticas bestias.
-      Nos matáis, controláis bestias, ¿hay alguna diferencia? -preguntó Argus.
-      Estúpido humano si quisiera oírte hablar estaríamos en otras circunstancias. Yo vivo y vosotros muertos, pero, aunque es condene a la muerte pienso que podríais ser de utilidad.
-      ¿Qué quieres decir?
-      Vosotros los humanos conquistasteis nuestras tierras, arrasasteis con nuestros reinos y creasteis toda una mitología sobre nuestra especie, y aun así mientras sepáis luchar no ambiciono vuestra extinción. Nuestro pueblo está esclavizado bajo el yugo de los 7 pecados capitales. Una vez, estos, fueron humanos como vosotros que se volvieron parias y adquirieron poderes fuera de toda justicia divina. El primero de ellos, el demonio de la codicia, ambiciona vuestra ciudad pues su deseo más aciago es matar al Dios que protegéis bajo los muros de la catedral. Si lográis vencerlo, yo y mi pueblo nos retiraremos a nuestro reino. Y si no lo hacéis quedáis condenados a una muerte horrorosa.
-      Preus, no lo escuches, es uno de los cabrones que mataron a mi familia -gritó Parthos.
-      Cálmate Parthos, como dije ambiciono la verdad. ¿Dónde se encuentra el pecado de la codicia?
-      Aceptas el trato, pues.
-      Sí, así lo haré.
-      Excelente, mi ejercito cesará el ataque contra la retaguardia durante 48 horas. Dirígete al desierto carmesí, si en ese tiempo no has logrado vencerle arrasaremos la ciudad.
-      Así sea, pues.
(…)

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