lunes, 17 de octubre de 2016

La muerte es caprichosa



La muerte es caprichosa

Gwendolyn, la última de las valquirias,
Aguarda pacientemente al magnánimo Odín,
Quién abstraído en su mirada fría,
Le permite, a su pesar, morir.
Oswaldo ha quedado prisionero,
Bajo las garras de la impía muerte,
Sin aguardar con desasosiego,
La esperanza de los que vuelven.
Muertos ahora, vivos ayer,
Gwendolyn corre con presura,
Entre sombras y carne,
Abriendo los despojos que surjan.
Tenues son las luces,
Y escabrosa la celda,
Pero en su interior surge,
El amor que acecha.
Afilada es la lanza,
Que la valquiria empuña,
Pero su bravura, aún más afilada,
Aguarda oculta.
La muerte aparece,
Mostrando sus cegadoras manos,
Ofreciendo macabro trueque,
Y su alma clamando.
Gwendolyn se dispone a luchar,
Depositando su azar en el anillo,
Cuyo recuerdo parcial,
Es símbolo de amor adscrito.
Oswaldo cae presa de la pesadilla,
Dando fuerza a la muerte,
Quien transforma su ser afectiva,
En la desolación que prende.
Gwendolyn logra perforar,
Su más aciago terror,
Pues no dispensa desolar,
Y ofrece a la muerte el temor,
La lanza Psypher desgarra la muerte,
Socavando la unión de vivos y muertos,
Limitando en dicha suerte,
El final de todo sueño.
Oswaldo recobra el sentir,
Y la vida vuelve a emerger.
Gwendolyn se muestra gentil,
Y la eternidad le hace prometer.
Caprichosa fue la muerte,
Cuyas almas en vida ansía,
Para una existencia tornada efímera.


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