jueves, 29 de septiembre de 2016

Las historias del hombre relato



Las historias del hombre relato

El despacho se sentía apretado. La suma de documentos archivados y colocados de forma ascendente sobre la mesa impedía a Felipe observar todo aquello que ocurría más allá del  dominio de sus brazos. Su vista siempre centrada en el ordenador esperando que en cualquier momento su vida diera un vuelco, quizá no radical pero si más animado. Cuando se tendía de brazos en busca de las injerencias fiscales del departamento de contabilidad contaba en su cabeza pequeñas aventuras que nunca estaban destinadas a cumplirse. Su bendito descanso era el café dónde los estirados de sus compañeros hablaban de asuntos banales mientras Felipe se limitaba a asentir con objeto de no parecer más estúpido de lo que sus compañeros a priori pensaban de él.

Hablar de Felipe es hablar de un hombre cartón, trazado desde temprana edad por el terrible temperamento tradicional de su padre y sometido a una estricta doctrina que limitaba el ocio a su mera imaginación. Jamás se montó en un columpio cuando era niño, tampoco pudo leer literatura sin que mediara en ellos pretensiones pragmáticas, y sus relaciones con el resto de sujetos de la sociedad se limitaban a asentir, agradecer y seguir su rumbo de vida sobre una carretera tan llana como plana. Lo más curioso era su vestimenta pues siempre hacía gala de elegantes pantalones de tejido cosido a medida que acompañaba con una camisa azul lisa y una fina corbana negra que caía sobre su pecho. Su rostro presentaba unos ojos tan negros como apagados, una cabellera morena corta y una nariz halagüeña. Era un rostro vulgar atrapado en el cuerpo de una persona rancia, un hombre que había nacido hombre y cuya niñez luchaba por escapar de tal destino. Más allá del cartón Felipe era un cumulo de universos, un diagrama estridente de pensamientos superfluos e imaginarios que dotaban de luz aquellos menesteres tan umbríos que su diario le deparaba. Pero, ante todo, Felipe era una persona ordenada.

Tras el café Felipe dejaba cuidadosamente su chaqueta sobre el ropero de la sala de estar y se disponía a proseguir sus tareas de contable hasta el anochecer. La noche lo sumía en un dinamismo que despertaba su mente, y sus ojos oscuros adquirían matices grises que se difuminaban con el entorno. La última puerta de su simplista mente quedaba abierta y vestido con el manto del capricho nocturno acudía rápidamente a su hogar para desquitarse de la máscara perfeccionista del día. Lentamente se desvestía y dejaba su ropa bien doblada sobre la mesera del cuarto, se desnudaba y se quedaba perplejo delante del espejo. Tras cavilar durante excelsos minutos Felipe abría el armario y se vestía de negro en un conjunto de pantalones, sombrero, camisa, y mosca que hacían contraste con un elegante chaleco blanco que le otorgaba un aire rejuvenecedor. Era tan metódico que protegía sus ojos difuminando sobre ellos pigmentos de cera oscura y se colocaba una máscara de arlequín figurada. Al terminar su sesión de autocontrol cerraba cuidadosamente su vivienda y se disponía a sumirse en el mundo pernicioso del desenfreno.

Los comercios cerrados dejaban lugar a espacios abiertos donde decenas de jóvenes se agrupaban buscando los lugares más regocijantes del fornicio y la depravación. Felipe siempre solía guardar la compostura hasta llegar al local con el cartel más luminoso de la ciudad, el Pub Gloria, donde todas las noches sin excepción la meretriz Gloria se sentaba junto a él y tras una educada presentación escogían el más agreste de los riojas y se disponían a intercambiar impresiones falaces sobre cosas absurdas ajenas a su propia realidad. Tras aquella velada Felipe la tomaba de la mano y le contaba un relato tan breve como intenso. Aquella noche Felipe recordó el primero de sus relatos ‘La mujer mecánica’:

<<Había una mujer tan preocupada por su vanidad que alcanzó la enfermiza obsesión por querellarse con todo aquel que se cruzaba por su camino. En sus ínfulas de máxima egolatría se topó con un espejo y el grito de espanto fue tan estruendoso que perdió la voz. Desde ese momento tuvo que centrarse en organizar su vida, y desde entonces su labor comenzó a ser apreciada por quienes la rodeaban hasta el punto que cuando recuperó la voz ya no sentía la necesidad de hablar.>>

Terminado el relato Felipe dispuso una cordial despedida y se encaminó a su hogar bajo la estela del horizonte marcada por un nuevo día en la apretada oficina.



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