sábado, 23 de julio de 2016

La última villa



La última villa

La bolsa era de un tejido áspero y desgastado por el paso del tiempo por lo que Sofía tenía que agarrarla fuertemente con las dos manos para evitar que el contenido se le escapara.  Un paso, dos pasos, tres pasos, no sabía cuánto más iba a poder continuar pues hacía varias millas que la había dejado el autobús sobre la colina del viejo sauce y la edad había mermado sus fuerzas. Finalmente consiguió apretar los muñones y avanzó lentamente hacia una granja que parecía desocupada, viró la bolsa y sintió un crujido en su cadera. El dolor se volvió intenso, pero prefirió morderse los labios antes de gritar, las lágrimas le surcaban las profundas arrugas de la vejez y los ojos se le enrojecieron no sin antes avistar la llegada de un joven y su padre que corrían a socorrerla.

-          Señora, está usted muy mayor para andar sola con tanto peso. Corre Tobías, ayúdala a caminar esta noche se quedará con nosotros. – El hombre de rostro huraña y barba pronunciada se quitó la gorra y echó mano de la bolsa. -
-          Venga, acompáñeme. – dijo Tobías. – Hoy hemos realizado la siembra del trigo y vamos a celebrarlo con una barra de pan de centeno.
-          Eres un joven muy amable, ¿qué edad tienes?
-          Dieciséis años señora.

La granja era bastante amplia, en su entrada disponía de un amplio jardín hortofrutícola en el que había tomates y diversos frutos sembrados para autoconsumo, un establo donde almacenaban el trigo de las fanegas en grandes y alargados recipientes de cerámica, y una caballeriza donde tenían un viejo mulo acompañado por decenas de gatos que parecían haber colonizado el lugar durante largo periodo. Al fondo del terreno se situaba una pequeña torre restaurado con materiales pobres pero que servía de vivienda a sus huéspedes, las paredes de piedra revestida de madera dotaban al conjunto de un melancólico deja vu.   

-          Me alegra tener compañía inesperada, mi nombre es Tomás. Dígame señora, si no es mucho preguntar, ¿qué es lo que lleva en su bolsa?
-          Verá… - se bebió la sopa rápidamente y cogió una hogaza de pan. – Llevo a mi marido.
-          ¿Su marido? – preguntó exaltado Tobías.
-          Bueno -esgrimió una sonrisa. – Más bien lo que queda de él. Es una larga historia.
-          La noche es joven, pero no se demore demasiado. Por cierto, ¿cuál es su nombre?
-          Sofía, y no le haré esperar. Hace sesenta años viví en la villa del sauce negro, y ahora vuelvo a enterrar a mi marido.
-          La villa del sauce negro, creo recordar que era un pueblo al Este de aquí. Lamento comunicarle que ya no se encuentra habitado.
-          Comprendo… - se quedó pensativa. –
-          No se preocupe mañana tenemos libre Tobías y yo la alargaremos a la villa. ¿Qué le ocurrió a su marido?
-          La vejez – de su rostro dejó escapar una lágrima. – Se fue sin mí.

La noche resulto inquieta, el viento arremetía contra la piedra y la madera crujía. Sofía no logró conciliar el sueño y decidió salir a explorar el entorno. En el exterior Tobías se encontraba pintando una especie de cuadro con colores oscuros y dorados y formas que asemejaban a las estrellas.

-          Buenas noches señora, ¿le gustan las estrellas?
-          En otro tiempo me quedaba mirándolas pensando que algún día subiría tan alto que llegaría a rozarlas con las manos.
-          ¿No tenía miedo de quemarse?
-          Jajaja – eres un joven muy especial Tobías. –
-          Eso dice padre, pero no conozco mucho de este mundo.
-          Y sin embargo admiras la belleza de otros mundos.
-          Así es, me gustaría conocer, aunque sé que estoy situado en un punto estático donde nada puede ser forzado, por eso me gustan las estrellas. Las inmortalizo con mi pincel y de ese modo ya no podré escapar de su belleza.
-          Nunca me había reparado en su belleza, aunque ahora mismo mejor será que me acostumbre a obviarla, solo tienes que ver mi rostro para hacerte una idea de que me estoy marchitando y en este mundo ya no hay lugar para mí. Ahora mismo soy un manchón en una estela de belleza imperecedera.
-          Está usted muy versada.
-          Y tú eres un joven muy inteligente.
-          Si usted lo dice, será mejor que vaya a descansar. Mañana tenemos excursión. Buenas noches señora.
-          Buenas noches Tobías.

A la mañana siguiente Tomás reparó el carro y se llevó a la vieja mula con ellos. En el carro echaron la bolsa y los avíos para el camino, y dejaron a Sofía descansar sobre el lomo de la mula mientras él y su hijo Tobías emprendían la marcha. Al cabo de una hora dejaron atrás las lindes de la granja y se adentraron sobre viejos caminos orientales de tierra que conducían a una especie de villa abandonada.
La villa estaba despoblada y destartalada, la mitad de sus viviendas se encontraban en ruina y la fuente de mármol estaba seca. Para Tobías aquello era la viva imagen del terror, asustado se quedó parado.

-          Bien -dijo Tomás con una voz ronca y cansada. - ¿Dónde lo enterramos?
-          Mm… -Sofía estaba reviviendo su infancia, recordando cómo le gusta estar descalza sobre la fuente, como aquellas viviendas volvían a ser hermosas a sus ojos y el verdor la rodeaba por doquier. – Tenemos que bajar hasta el lago, allí hay una cueva que comunica con una isla cuando la marea está baja y sobre esa isla hay una pequeña casa que el padre de Ricardo construyó.
-          ¿Te refieres a la cabaña del pesquero? – preguntó Tomás.
-          ¿Quién era el pesquero? – preguntó Tobías.
-          Sí, esa misma casa. Verás Tomás, Ricardo, mi marido, era el hijo del pesquero. Cuando murió su padre nosotros abandonamos la villa y nos casemos, pero de eso ya hace mucho tiempo.
-          Cuando era pequeño el viejo pesquero, creo que se llamaba Rafael, era un hombre callado pero amable. Me enseñó a pescar y me dejó coger una de sus barcas para jugar con mis amigos. Ahora lo único que queda de él son recuerdos.
-          Recuerdos, sí. Pero hasta los recuerdos son hermosos. – respondió Sofía.
-          Será mejor que nos pongamos en camino o se nos hará tarde.
-          Antes de enterrar a mi marido podríamos pasarnos por mi casa, aunque esté destruida me gustaría contemplarla una última vez, y de paso tomar un aperitivo.
-          ¿Dónde se encuentra?
-          Al pie de la colina, a veinte minutos de donde estamos.
-          En marcha.

La sorpresa fue mayúscula al encontrar la casa intacta. Era la única casa situada al pie de la colina, y se trataba de una pequeña mansión de piedra rodeada de una amplia cancela de hierro que se encontraban abiertas. Al entrar el jardín se encontraba apagado y marchito, Sofía sacó la llave y les instó a entrar al interior.

-          Está un poco más sucia que de costumbre, pero es así como la recuerdo.
-          ¿te gustaba pintar? – preguntó Tobías.
-          Me apasionaba captar la belleza, como a ti Tobías. Para mi cada uno de estos cuadros era un mundo, aunque después de tantos años creo que son el testigo de un tiempo perdido.
-          Pues será mejor que no perdamos más el tiempo, voy a partir unas longanizas y unas hogazas de pan para tomar.
-          Gracias por el almuerzo. – dijo Sofía.
-          La comida es el espejo del alma, solo cuando la tenemos caliente podemos estar felices de verdad. – dijo Tomás antes de terminar la primera hogaza.

Al terminar Sofía se despidió de su hogar y se marchó con un libro bajo el hombro. Tomaron el camino de la fuente y desde ahí se apresuraron hacia el lago antes de que la marea impidiera su tránsito. Tomaron el camino directo y corrieron a través de la lúgubre cueva hasta llegar a la casa de madera. Pese a llevar tiempo abandonada la madera de la casa estaba en buen estado y se diría que aún podía seguir siendo habitable, era de un color magenta aclarado por el agua salada. 

-          Será mejor que descansemos esta noche en la casa. – dijo Sofía.
-          He visto barcas que podrían llevarnos al sur del lago, y desde ahí tomar el camino de las luciérnagas hasta la granja. – dijo Tomás.
-          Padre, sería un tránsito largo para la anciana. – dijo Tobías.
-          Muy bien, que ella decida. Primero será mejor preparar el entierro de su marido. – declaró Tomás.
-          Será mejor que entremos.

El interior de la casa de madera disponía de tres habitaciones de estilo rustico: una habitación con utensilios de cocina daba acceso a un aseo y una habitación con literas. En el interior había una gran mesa que presidía el lugar y sobre la cual se encontraba una foto en la que aparecía el viejo pescador con su sonrisa cenicienta junto a su hijo que miraba sonriendo al fotógrafo. Sofía se acercó y tomó un segundo libro que se lo dio a Tobías para que lo guardase.

-          Bien, esta madera pertenece al primer barco que construyó mi esposo, y desgraciadamente encalló. Serían sus deseos que depositara sus restos junto a los de su creación bajo la cala que hay en esta isla.
-          Será mejor que lo hagamos rápido antes de que oscurezca. 

Con cuidado Sofía depositó los restos de su difunto esposo junto a la madera de su primera barca y dejó que Tomás les prendiera fuego. Contemplaron la llama largo rato, al apagarse Tomás cogió la mano de su hijo y contempló como Sofía desaparecía junto a una sonrisa en su rostro. 

-          Hijo mío, esto en verdad ha sido una historia extraña.
-          Sofía, ¿era un espíritu?
-          Un espíritu muy raro si ha viajado tanto para llegar hasta aquí a depositar los restos de su difunto esposo. Sin duda hay algo en esta historia que no cuadra. Creo que un presente inoportuno nos ha sido otorgado.
-          Estos libros parecen diarios llenos de recuerdos.
-          Será mejor que los guardes, cuando volvamos a la granja tendrás una buena historia que vivir.



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