sábado, 18 de junio de 2016

Susurros de otoño



Susurros de otoño

Una cosa, y sólo una cosa tan absurda como aguantar la respiración era lo que Maeko necesitaba, mordía el lápiz con desesperación, y clavaba sus profundos ojos de grosellas sobre el papel que acababa de poner en su máquina de escribir. El retintineo del reloj la molestaba y le hacía mecer violentamente sus cabellos azabaches sobre el escritorio, hasta que por fin no pudo aguantar más, cerró los ojos profundamente y aguantó la respiración hasta perder el conocimiento y dejar su flácido cuerpo a la merced del contacto gravitatorio con un pavimento frío y ocre.

Menuda locura, un aroma muy familiar mezcla de lavanda y rosas inundaba sus orificios nasales. No había colores, pues era el mundo de las imperfecciones, pero tan solo con mover los brazos como si fuesen alas podía notar como su cuerpo se elevaba y se precipitaba sobre un eterno vacío marcado por una breve, pero reiterativa, sinfonía de cuerda.  Al mover las manos percibía la brisa que la mantenía, y si prestaba atención breves susurros inundaban todo su ser. Eran solo palabras, sin sentido, en distintos idiomas, y tonos muy variados.

<<MAEKO. MAEEKO.>> Un fuerte dolor le devolvió a la realidad, de su frente una pequeña abertura permitió la irrupción de un maná de sangre e inquietud. Al abrir los ojos notaba con desconcierto como las figuras danzaban rápidamente y una escarcha parecía azotar su piel. Alzó la mano y agarró fuertemente el brazo de su madre, cálido y firme.

-      Maeko, la preparatoria es en dos semanas. No sé qué clase de vida alterna crees tener, pero será mejor que pienses más en tu futuro y dejes de hacer tonterías.
-      … - Maeko nunca discutía a su madre, solo pensaba y dejaba pasar el sermón para volver a cristalizarse en su mundo. El futuro para ella era el presente, y el presente no era más que aquella luz que deslumbra sus pasiones y oculta sus sueños. –
-      Voy a preparar la cena. Tu padre no viene a casa hasta la semana que viene, así que cuando termines lo que sea que estés haciendo baja y ayúdame.
-      … - aborrecía realmente la mundanidad de su madre. –
-      Lo tomaré como un sí. Toma, anda, ponte una tirita y deja de hacer el idiota cariño.

Maeko se desvistió, dejando la ropa en el suelo, y se tumbó en la cama. Volvió a cerrar los ojos, para nunca volver a abrirlos. Deseó tanto ser una con la imperfección que sintió como una metamorfosis la asolaba, su cuerpo convulso estaba consumiendo la llama que la ataba a su mundo y lentamente su piel iba adquiriendo un matiz oscuro. Al abrir los ojos ya no se encontraba en el mundo de lo real, por mucho que se mirara en el espejo su figura era oscura y deforme.

-      Maeko, baja ya y ayúdame a preparar el curry.
-      ¡MAEKO!
-     
-      No, no me encuentro bien, madre.
-      ¡AHHH!

La madre soltó la batidora con premura y observó horrorizada como el cuerpo de su querida Maeko no era más que una sombra. Aterrorizada huyó y volvió a la cocina pensando que aquello no era más que un delirio producto de las brisas del otoño.

Maeko se sentía dentro de una partitura en la que su cuerpo danzaba de una extraña manera y podía situarse en la posición de todas y cada una de las cosas. Era una especie de divinidad etérea capaz de controlar todo aquello que proyectase una sombra. Tiró una pelota y bajó las escaleras botando como si fuese su sombra, al llegar a la cocina dominó la sombra de la madre y comenzó a apoderarse de su cuerpo. Batió rápidamente los huevos y vertió la salsa sobre el curry y la carne, coció lentamente las patatas y terminó de calentar el arroz. Lo dejó todo preparado sobre la mesa y abandonó el cuerpo de la madre, quien quedó sumida en un leve sueño de inconciencia.

Desde las sombras las cosas eran diferentes, eran hilos que podía manipular sin que ella dejara testigo de sus acciones, podía dotar a cada uno de los sentidos del mundo de múltiples significados para después arrebatarlos. El tiempo se le echaba encima y poco podía hacer por postergar su nuevo orden del mundo en el que sus huellas jamás llevarían la potestad de su persona. De tal forma tomó consciencia de su propia individualidad y volvió a cerrar los ojos.

La brisa otoñal traía pensamientos de añoranza, la nostalgia de un mundo que estaba destinado a perpetuarse. El poder es una aflicción que las sombras conocen, pero sin el sujeto poco pueden trastornar, así que el deseo se deshizo y Maeko volvió abrir sus ojos de grosellas. Ahora, frente a su máquina, cerró los ojos y dejó que su cuerpo expresara el sinsentido de la imaginación:

Susurros de otoño…


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