lunes, 9 de mayo de 2016

El penitente de la edad del vapor. Capítulo 1- Un asesinato premeditado



EL PENINTENTE DE LA EDAD DEL VAPOR

Capítulo 1. Un asesinato premeditado

Bajo las pobladas calzadas de piedra y cemento existía un enorme complejo de proporciones casi laberínticas cuya distribución no atendía a patrones aparentes. Se trataba de galerías abiertas mediante martillo y pico con suelos desnudos y llenos de pedruscos, y techos destartalados y débilmente iluminados con ceras de manteca de cerdo cubiertas de pringoso aceite de maíz.  En su interior una procesión de penitentes caminaba de forma agotada ahogando sus silencios bajo vanos intentos de percibir una respiración que se hacía cada vez más apagada hasta llegar a una especie de depósito con una superficie no superior a un estadio del fútbol sobre el cual extraían con la fuerza de la desesperación y el latir de las cadenas pequeñas muescas de carbón, al que denominaban el oro negro, y que acumulaban sobre oxidadas carretas tiradas por turnos en silenciosa penitencia. Las minas constituían un mundo olvidado, un mundo de indeseables, un mundo tan cruel como necesario.
El mundo de la superficie por el contrario era el mundo del progreso, el mundo del mañana, el idilio del futuro. Enormes estructuras de hierro sustituían las viejas estructuras de piedra, las máquinas de vapor revolucionaban las distancias y el mercado mercantil se expandía hacia las colonias. Materiales preciosos como el oro y el marfil inundaban la ornamentación de los escaparates más suntuosos mientras que olores de especias exóticas y tés de muy diversa procedencia dotaban a la ciudad de un aire mágico. La contramoneda a este idilio se encontraba en la proliferación de burdeles y barrios marginales. La criminalidad ascendía como la espuma y el cuerpo de policía apenas podía resolver los delitos de un asesino en serio que disfrutaba penetrando y destrozando a sus víctimas desde el interior. Los grupos por el dominio de las barriadas de la ciudad estaban ejerciendo su dominio y el gremio de asesinos controlaba la región sur del Estado menor.
Esta historia comienza con Julius un advenedizo que había perdido a su padre en las galeras mercantes y había crecido bajo la educación nihilista de los suburbios convirtiéndose en un pillo con grandes dotes de mangante. No era el más fuerte pero su ingenio y habilidad le evitaban pasar hambre. Un día al despertar encontró una moneda con la cara de un águila de cuatro cabezas cuya morfología conformaba el mundo. Esa mañana se puso su mejor camisa y un chaleco raído que disimulaba su ligero sobrepeso, se posó sobre el espejo y peinó su alborotada cabellera pelirroja y acicaló la barba. Su imagen representaba la de un noble venido a menos aunque su mirada denotaba astucia y pillaje. Se ajustó la cinta y cargó varias dagas en las piernas. Con la moneda apretada fuertemente en su mano corrió hasta el barrio del salitre donde se encontraba la zorra de metal un antiguo pub donde el opio era el más famoso de sus platos. Se posó sobre la repisa de la barra y pidió unos gramos de opio mientras se preparaba la pipa. A su lado un extraño hombre bien vestido y con mirada furtiva se le acercó.
-          Disculpa, creo que no tenemos el honor de conocernos.- Dijo aquel hombre con una sonrisa enigmática.
-          ¿Y usted, es?
-          Mi nombre es Holmes, y siento curiosidad sobre su persona. Viene muy elegante para acabar en un sitio tan destartalado.
-          Lo mismo podría decir de ti.
-          Cierto, aunque me considero algo estrafalario. ¿No lo ve? Mi camisa es de fino brocado de seda y mis pantalones son de lana gris, no podría definirme como un caballero.
-          Bueno.
-          Dígame, ¿busca a alguien?
-          A ti no, precisamente.
-          En eso te equivocas mi pelirrojo amigo.
-          Me estás poniendo de los nervios.
-          Relájese, se lo ruego.
Julius tomó una daga y se dispuso a hincársela a Holmes en el tobillo cuando este previó sus golpes y lo dejó tendido en el suelo probando el sabor de la sangre que emanaba de su nariz.
-          Desde luego, no hay nada como el opio.
-          ¿Qué quiere de mí?
-          Quiero esa moneda que tiene en el bolsillo.
-          ¿Qué moneda?
-          Oh, vamos, no se haga el listo. Yo mismo se la di. Quiero hacer de ti un asesino, ¿estarás dispuesto?
-          Recuerdo tu nombre, tú no te dedicas a resolver asesinatos.
-          Solo aquellos que en la hermandad no perpetramos. Míralo de este modo, yo soy tu instructor y como prueba inicial necesito que termines con nuestro amigo Jack.
-          ¿Jack? ¿Jack el destripador?
-          Ese apelativo es infundado, es tan solo un pobre diablo que ha olvidado nuestro credo.
-          ¿Credo?
-          Sospechaba de tu ignorancia, aunque sobre ese cumulo de carbón ennegrecido que tienes por sesera sospecha que se alberga vida inteligente. El Credo de la hermandad de asesinos: “nada es posible. Todo está permitido.”
-          ¿Qué es precisamente lo que tengo que hacer?
-          Esta noche sobre las ocho una de nuestras putas estará esperando en el embarcadero para actuar de cebo, tu deberás asechar en las sombras y traernos su cabeza.
-          ¿Qué valor tiene su cabeza? Podría matarlo y punto.
-          Oh, pronto lo descubrirás. Ahora si me disculpa debo dirigirme a la clínica de mi buen amigo Watson, tenemos un crimen que resolver. Tenga un buen día.
Julius estaba cabreado así que se pasó el resto de la tarde fumando opio a cuenta del señor Holmes y acudió al lugar de la cita. Escaló el edificio que había frente al puerto del Támesis y observó a la puta sonreír a todos los barcos mercantes que pasaban. A la hora acordada un extraño enmascarado ataviado con una capucha se acercó a raptar a la mujer. Julius le lanzó una de sus dagas y logró desarmarlo. El enmascarado desenvainó una espada y atravesó la garganta de la puta brotando una especie de fuente de sangre. Rápidamente le lanzó una piedra que le rozó en la rodilla izquierda y le hizo perder el equilibrio, se acercó y empuñando un trozo de hierro se enfrentó al enmascarado.
-          Jack, ¿eres Jack?
No obtuvo respuesta, el hierro comenzó a centellear y la espada consiguió rasgarle el chaleco y perforarle el abdomen. Desconcertado, se tambaleó y cayó inconsciente.
[…]
Al despertar se encontraba en una celda de comisaria. El señor Holmes se encontraba en las instancias contiguas hablando con el primer oficial de la policía.
-          Impresionante sr Holmes, me ha traído nada menos que a Jack el destripador.
-          Era obvio que este individuo era Jack. En la escena del crimen la puta presentó múltiples contusiones y aberturas realizadas con esta espada que parece ser la responsable del factor responsable de todos los crímenes en serio perpetrados hasta ahora.
-          Una labor encomiable, nuevamente se lo agradezco. Mañana será ajusticiado en la plaza real para dar ejemplo al resto de rateros que pululan por nuestra ciudad.
-          Tengo un destino mejor para Jack, ¿qué le parecen las minas oficial? Es un destino peor que la muerte, así purgará por todos sus crímenes.
-          Es usted un genio Holmes.
Aquella situación le parecía una broma de mal gusto. A la mañana siguiente lo desnudaron y lavaron con un barreño de agua recogida de la cisterna. Sobre sus pies colocaron gruesos grilletes de hierro oxidado y lo vistieron con una gran túnica negra cuya capucha escondía su rostro. Entre varios policías lo montaron sobre un carromato cerrado tirado por dos mulas.

Continuará.