lunes, 22 de febrero de 2016

Ambrosía



Ambrosía

Tiránico destino el que sobre cielo se cierne y sobre tierra alumbra la tragedia, desde lo más alto de la torre de marfil dorado hasta la bahía teñida de purpura demora la melodía que se agita mientras la Luna se siente ovacionada ante el plenilunio del otoño del alma. Ambrosía albergaba el corazón de sus gentes quienes temerosos del Dios salado rezan por sus almas y tienden una mano a la tiránica salvación, aunque por más que su esperanza renazca como el fénix de los desolados el destino se torna inminente y abruptamente corrompido.

El Dios salado tejía con sus arpones finos hilos de macabros delirios que provocaban la discordia y el desamparo de los guerreros derrotados ante la negligencia del tarado monarca. El rey Astor III profundamente pervertido se abrió el pecho con una daga y con su mano tomó las últimas gotas de sangre que albergaba su corazón, su semblante se tornó oscuro como la muerte y de sus rizados cabellos grises la corona cayó. 

Amelia lloró amargamente la muerte de padre y todos sus súbditos corearon a su alrededor un bucle de lamentaciones. Una fugaz chispa de alegría conmovió el corazón de la joven princesa quien al ritmo de los pétalos comenzó a danzar y a abrir su voz como un capullo que acabó de florecer. La oda al mar repelió al Dios salado y llenó el alma de todos los habitantes de Ambrosía. Su voz, dulce néctar onírico, se extendió más allá de la Luna y el Sol, rozando como una caricia el clamor de su existencia y brindando por la prosperidad del reino.

La eternidad no es un capricho perecedero y la melodía comenzó a ceder, la princesa clamó al sol tomando el testigo de estrellas pasivas ante su existencia. El Dios salado gritó amenazante y cientos de miles de centellas hicieron de los cielos una espiral de destrucción. La piedra había sucumbido al mar salado, y sobre lecho arenoso hizo aterrizar al tirano. Hermoso y poderoso tirano de semblante pálido y mirada abrupta, comenzó a danzar y su melodía fue tan bella que las gentes se animaron y logró la atención de la princesa. Finalmente tomó de la mano a su presa y la dispuso en ligeros balances sobre melodías pausadas. Un baile delicado y reciproco que hizo parar el tiempo e invertir el espacio. Al terminar tirano desapareció diluido en agua salada y la princesa cayó expulsando de sí su último suspiro.

Ante la muerte de su bien amada princesa sus súbditos iniciaron la búsqueda del elixir de la inmortalidad, la vida eterna hasta entonces negada por los dioses y ahora implorada como último recurso. El tiempo avanzó bruscamente cuan buitre carroñero y los habitantes de Ambrosía optaron por otorgar su sacrificio por una póstuma salvación. Uno a uno bebieron de la cicuta endureciendo así sus cuerpos hasta conformarse en piedra. Ambrosía sobre piedra levantada y sobre piedra sepultada. Ambrosía la ciudad inmortal. Una vez hecho el silencio la oda al mar, la oda al sol y la oda a las estrellas cerró por siempre jamás la partitura de su existencia.



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