lunes, 25 de enero de 2016

El acertijo del no pensante

El acertijo del no pensante

La luz en ciertas ocasiones resulta abrumadora proyectando sus haces a través de un fino hilo vidriado libre de la opresión del terciopelo que lo cubre y desenvuelto para proyectarse sobre un vasto escritorio de madera de cedro. Un golpe fuerte contra el cabezal de madera chapada de la cama y Verónica enturbió sus pesados ojos haciendo un ademán por salir de su mundo onírico. Sus cabellos revueltos y castaños se habían tintado de oscuro por los trozos de grafito esparcidos por su habitación, y sus ojos de color miel no soportaban la luz lo cual le hacía parpadear y estornudar sin razón aparente. Logró palpar la fría tarima y ponerse de pie. Fugazmente se hizo con unas largas medias oscuras y una blusa de color ocre que le daban un aire informal y distendido pero muy elegante.

Si después de esta descripción aún no la conocéis os diré que se trata de la mismísima Verónica Lefordie, arqueóloga e investigadora londinense famosa por resolver el famoso caso del barón plomado y el ganso yodado. ¿Qué impertinente, verdad? No, no pretendo cortaros el rollo. Solo es un inciso. ¿Quién soy yo? Bueno, aparezco en este relato siempre y cuando prestéis la atención pertinente. Ahora mismo me dedico a describir a una persona muy distinta a la persona que ustedes conocen pues más allá de su renombre mundial existe en mis memorias un mundo diferente y un recuerdo que espero que se torne eterno. Volvamos a la descripción de los acontecimientos, en este fragmento relataré: “El caso del acertijo del no pensante.” Bien, por dónde iba…

Como todas las mañanas el señor Leonardo atendía el tigre de feldespato intencionadamente situado en el hall del Hotel Bradbury. Su obstinada pretensión de la perfección y el lujo extrañamente rozaban la demencia. Desde su alto sombrero de copa, su chaleco de cuadros verdes o su acicalado bigote hasta la exuberante decoración al fresco de sus paredes y el purpura de sus tapices se proyectaba una sombra indefinidamente alargada que por extraños mecanismos le hacían resultar de una pedantería excesiva para su demacrada vejez. Aquella mañana no era ninguna excepción para Verónica quién todas las mañanas bajaba a desayunar no sin antes degustar de la compañía del señor Leonardo.

-       Buenos días señor Leonardo –sonrió y saludo con la mano izquierda de forma despreocupada.-
-       Buenos días Verónica, ¿nota algo diferente esta mañana? –preguntó mientras forzar una sonrisa de satisfacción personal.-
-       Todo es diferente cada mañana. Una vez la luna se oculta un nuevo sol nos arranca de los brazos de lo desconocido para mostrarnos un mundo repleto de conjeturas y limitaciones. Como siempre, -sonrió- es un placer resolverle ese pequeño dilema. La mirada del tigre de feldespato señala una nueva y exuberante obra impresionista.
-       Usted siempre tan perspicaz, por eso me gusta y le dejo permanecer en mi hotel. Se trata de una representación artística del busto pensante del Jembrut. El arte de no pensar, ¿se lo figura? Nada de preocupaciones, ni divagaciones, ni conjeturas… ¿Se imagina un mundo así?
-       Se refiere a: ¿un mundo sin libertad? –cuestionó.- No, creo que no tengo tal honor. Si me disculpa llego tarde a la nueva exposición de ingenios y otras artes. Tenga un buen día señor Leonardo.
-       Ah, sí… La exposición. Lamento tener que perdérmela. Disfrute, espero mañana un reporte.
-       Claro –sonrió-, adiós.
-       Vaya con Dios.

La avenida principal o avenida de los cómicos se conformaba por toda una serie de adoquines dispuestos de forma regular sobre un trayecto sinuoso que enganchaba con distintas tangentes que conformaban manzanas pequeñas e irregulares de viviendas altas, bajas… Coincidiendo todas ellas en una estructura vertical con tejados planos y fachadas grises. Algunas de ellas con pequeñas incrustaciones de granito o mármol. El medio de transporte por excelencia era la bicicleta y el viejo servicio de carruajes tirados por mulas. Corriendo sobre la calzada a paso ligero paró a un viejo carromato.

-       ¿Se encuentra ocupado?
-       Esto es confidencial, policía de Yorkshire.
-       ¿Qué ha ocurrido agente?
-       Un hombre ha aparecido decapitado, y su cabeza parece haber desaparecido lo cual dificultad su identificación. ¿Es usted la señora Lefordie? Por favor, siéntese y hablemos con tranquilidad.

(…)

-       Se trata del museo de la calle Folk. La víctima se encontraba restaurando el pensador en el momento que fue decapitada quedando sus miembros amputados colocados sustituyendo a los miembros de la estatua.
-       Inspector Sly, por lo que aprecio no ha podido ser identificada la víctima. ¿Ha consultado el registro del personal de restauración contratado por el museo?
-       El aviso nos llegó hace apenas una hora, ahora mismo nos dirigimos a realizar la primera inspección. Su ayuda será debidamente correspondida.
-       Ayudaré en todo lo que sea posible.

Media hora más tarde sobre la planicie del museo se hallaba un enorme bullicio de curiosos ante el cese del edificio por un cordón policial debidamente protegido. La muchedumbre murmuraba la posible aparición de un nuevo Jack el destripador con gritos que variaban entre el júbilo por la emoción y el espanto. El inspector Sly caminó a paso ligero escoltado por el teniendo Sullivan. Verónica se tomó un respiro y accedió a hablar con el dueño del museo.

-       Buenos días señor Rupert.
-       ¿Con quién tengo el placer de comunicarme?
-       Soy Verónica, verá, si no le importuna tengo una serie de cuestiones que plantearle.
-       Ehm… Uhm… Bueno. Adelante –sugirió de forma entrecortada.-
-       ¿Ha sido identificado el cadáver?
-       Sí… Se trata del señor Aparicio.
-       ¿Qué me puede contar del señor Aparicio?
-       Estaba obsesionado con la restauración anteponiendo el arte hacia todo lo demás. Fuera de esa anécdota, nada importante. Venía, hacia su trabajo, y se marchaba.
-       ¿Sabe si hubo alguien que pudiera guardarle rencor?
-       No. Bueno, realmente no era una persona muy sociable.
-       Comprendo. Muchas gracias por su tiempo.

La escena del crimen era más desoladora y macabra que lo que un principio pudiese parecer. Sobre un tapiz rojo se hallaban restos de sangre indicando la brutalidad con la que fue asesinado, aparentemente a sangre fría y con un instrumento afilado y contundente. El busto de la estatua dispuesto sin extremidades debido al deterioro se encontraba suplementado por los restos de las extremidades del difunto, y su cabeza no daba señales de estar en ningún lugar observable.

-       Señora Lefordie, ¿qué saca en claro de todo esto?
-       Sin duda es evidente de que se trata de un homicidio premeditado y a juzgar por la aparición de sus extremidades diría que el homicida conocía muy bien su profesión y quizá pueda estar relacionado con el mundo del arte. Su nombre era Aparicio Strong.
-       Según las fuentes el señor Strong se encontraba arreglando el proceso de divorcio con su difunta mujer Shelly y disponía de una situación sentimental con la artista de cabaret mademoiselle Viviane.
-       Lo cual podría conducir a la suposición de que se trata de un crimen pasional.
-       ¿Tiene algo en conclusión?
-       Déjeme contemplar la escena más profundamente, y después retírense. Me pondré en contacto con ambas mujeres, para lo cual requiero de que me faciliten los datos de acceso a sus domicilios y una orden de registro en el caso de que no tuviese más remedio.
-       Uhmm… Eso puede resultar difícil.
-       ¿Confía en mi inspector Rupert?
-       Sin duda, pero se trata de actuar sobrepasando los márgenes de la legalidad.
-       Es la única manera.
-       Está bien, accedo con una condición.
-       ¿De qué se trata?
-       En toda su investigación el capitán Ascot la acompañará permitiendo de este modo vincular su investigación con las acciones del departamento de Yorkshire.

Ascot era joven, tan joven como Verónica o incluso más. Disponía de un pelo corto y alborotado tan oscuro como la noche. Su semblante curioso lo dotaba de un encanto enigmático, y su sonrisa bobalicona hacia entrever una personalidad introvertida. Era veterano de los cuerpos de investigación criminal, y ascendido a capitán con objeto de instruir a los nuevos cuerpos pero un desafortunado accidente con un camorrista hizo que quedara cojo de una rodilla obligándole a realizar asuntos de seguimiento u oficina.

-       Disculpe inspector, no tengo el placer de conocerla.
-       Ella es Verónica Lefordie. Investigadora privada y pasional.
-       Y arqueóloga de profesión –inquirió.-
-       Mucho gusto señorita Lefordie.
-       Por favor, llámeme Verónica. ¿A qué espera?, deme ya el tan deseado apretón de manos y prosigamos con esta locura.
-       Vaya, pensé…
-       ¿Qué sería más comedida? Ya le conozco Ascot. Usted es Willie Ascot, empedernido caballero sediento de justicia, juicioso y por lo que apreció en las manchas de tinta de sus pulgares intento un tanto frustrado de escritor.
-       Pero, ¿cómo?
-       Eso no importa ahora, ¿quiere impartir justicia?
-       No se hable más.
-       Hasta luego inspector Sly.

(…)

La antigua casa del señor Strong se encontraba situada en el barrio londinense de Backerville, en una zona residencial en la que abundaban familias de artistas itinerantes y obreros de la periferia. En la puerta de la unifamiliar se encontraba una placa metalizada de color purpura que ponía: “Residencia Shelley.”

-       Buenos días, ¿se halla la señora Strong en el edificio?
-       Sí, ¿qué desean? –preguntó la abrupta voz de un anciano desde el interior.-
-       Su esposo, el señor Strong, ha fallecido en circunstancias severas.
-       ¡Váyanse de aquí sí saben lo que les conviene!

De repente se escuchó el chirrido de una puerta pequeña acompañado de unos pasos frenéticos. Se escuchó un grito, y luego la puerta se abrió.

-       ¿Quién es usted? ¿Otra de sus queridas?- preguntó la señora Shelly.
-       Mi nombre es Verónica Lefordie, y este es…
-       Willie Ascot, a su servicio, capitán de brigada. Lamentamos concederle la noticia de su difunto esposo.
-       ¿Lamentan? ¿Saben lo que yo lamento? No haber tenido la oportunidad de haberlo matado con mis propias manos después de que se marchase con aquella puta de circo.
-       Por favor, cálmese. Cualquier cosa que diga podrá ser testificada en su contra. Ahora mismo es usted sospechosa de homicidio y tiene que acompañarnos –dijo Ascot en un tono seco, casi doliente.-
-       Ja, por favor Alfred tráigame mi apaño.
-       Por supuesto, mi señora –el viejo mayordomo acudió rápidamente.-
-       Si no me equivoco la querida de su marido es mademoiselle Viviane, ¿cómo la despechó?
-       Cierra la puta boca y resuelva este misterio. Tú, todas solo buscáis el oro y os da igual la felicidad ajena, es más disfrutáis destruyéndola. El ser humano es un ser horrendo que no merece morir, y ante vuestros ojos presenciaréis lo que siempre querréis evitar –en ese instante le entro un ataque de histeria y risa-. LA MUERTE –gritó.-

La señora Shelly tomó de las manos de Alfred una pequeña daga con inscripciones moradas y se dio un tajo en la garganta perdiendo el equilibrio por el acto y quedando tendida en el porche de entrada mientras su sangre tintaba de ocre el mármol.

-       Pero, ¿está usted loco? Venga con nosotros a comisaria… ¿Cómo se le ocurre permitir que se suicide? Queda usted detenido por homicidio imprudente.
-       Por supuesto capitán.
-       Cierre la puta boca, viejo senil.
-       Cálmate Ascot, hay algo interesante en todo este asunto.
-       ¿Se ha matado, Verónica? ¿Qué hay de interesante en un acto tan macabro?
-       Oh, ya lo comprenderás. Por favor llévalo a comisaria mientras investigo el escenario.

[8 horas después]

-       ¿Y bien, qué ha sacado en clave señorita Lefordie?
-       Cuando tiras de un extremo de la cuerda la resistencia ante lo invisible es atroz, al soltar ese extremo pierdes el anterior indicio.
-       ¿Qué insinúa?
-        Debemos de ir al teatro Roquefeler, allí todo se aclarará.

El carro en esta ocasión estaba vacío permitiendo un viaje más cómodo. Al norte de la ciudad se encontraba el barrio de los pajaritos un enorme conglomerado residencial sobre el cual multitud de edificios se transformaban en la noche para acoger los espectáculos más variopintos de los artistas y soñadores urbanitas. Presidiendo la plaza de la concordia un enorme edificio construido en basalto y entramado de madera, con fachadas doradas y una monumental puerta de mármol daba acceso al teatro Roquefeler, recibiendo su nombre por su principal benefactor: Roquefeler, un viejo amargado con delirios titubeantes de poder. En la entrada el personal formaba una especie de guardia a la que accedían personas distinguidas de la vida pública de la ciudad.

-       Buenas noches señor Leonardo, ¿me sorprende verlo por aquí?
-       La sorpresa es para mí, y muy grata además. Esta noche actúa Viviane, la belleza de ópalo, y como comprenderá soy amante de todo aquello destile buen gusto. Dígame, ¿qué le trae por aquí? Esto, digamos que es algo privativo para alguien de su condición. No deseo que me malinterprete, pero la entrada de esta noche puede salir por unas 500 mil coronas.
-       Oh, no se preocupe, vengo por asuntos laborales.
-       Observo que va bien acompañada.
-       Capitán Ascot caballero, que tenga una excelente velada.
-       Igualmente.

Verónica y Ascot tomaron el acceso principal hasta llegar a una especie de habitáculo en cuyo cartel se podía leer:

“El acertijo del No pensante, interpretado por Viviane.”

Un hombre trajeado, calvo y de frondoso bigote acudió a recibirlos.

-       ¿En qué puedo atenderlos?
-       Asuntos oficiales. El señor Aparicio Strong fue hallado en extrañas circunstancias.
-       ¿Supongo que los envía el inspector Sly?
-       Así es. Capitán de brigada Ascot, a su servicio.
-       Hmm… Está bien, pasen. Les daré asientos junto al estrado.
-       Gracias.

El espectáculo comenzó con una combinación de música exótica con movimientos sensuales y muy sugerentes a cargo de Viviane quién sostenía una caja. La caja pasaba de un lado al otro del escenario mientras los espectadores babeaban y realizaban juiciosos comentarios sobre el pulimiento y la belleza del ópalo. Las escenas se fueron sucediendo en un compás de agrestes y extravagantes danzas hasta que una especie de lluvia artificial y acompasada con melodías nostálgicas mojó a Viviane y se le corrió el maquillaje mostrando otro rostro. Para sorpresa de los espectadores se trataba de la señora Shelley Strong. Ante la alarme esta abrió la caja y sacó de su interior su cabeza junto a la de su marido.

-       Señores y señoras, heme aquí muerta junto a mi marido. Él y yo juntos en el sinsentido del no pensante. De los brazos de la muerte he huido, y ahora me encuentro ante vosotros para orquestal un macabro final.

El teatro cerró sus puertas y los espectadores quedaron quietos y en silencio presa del terror y el mal augurio. Verónica aprovechó para esconderse detrás del telón del escenario mientras Ascot se limitó a correr hacia Shelley siendo apresado por un grupo de artistas disfrazados de monos que lo redujeron y sentaron nuevamente.

-       Así me gusta. No tiene por qué cundir el pánico. Se preguntaran, ¿qué ocurrió con su belleza de ópalo? No se asusten, en un segundo saldrá. Cariiño, ven por aquí…
Tras el escenario una fina película de humo emergió y al disolverse Viviane volvió a realizar acto de presencia.
-       ¡Ya basta!
-       ¡Oh, vaya! ¡Pero si es la señorita Lefordie!
-       Os alabo por esta maravillosa actuación, por favor, salga al escenario señor Aparicio Strong.
-       ¿Cómo? Está muerto. Juntas lo matemos.
-       Sí, y por eso los restos hallados se trataban de cadáveres y la cabeza que sostienes no es más que un trapo con impronta al fresco. Dada la distancia del escenario cualquiera pensaría que se trata una cabeza real pues el color de la sangre está muy logrado, ¿ha mezclado magenta con leves tonalidades marrones?

El señor Aparicio salió al escenario mostrando una sonrisa bonachona y permitiendo que los actores abriesen las puertas. Los agentes de policía que condonaban el edificio se introdujeron en su interior deteniendo a los actores cómplices.

-       Ciertamente, se trata de una pequeña y macabra actuación. No lo entienden, mi esposa y yo buscamos la belleza, y gracias a Viviane la tenemos. El terror en vuestras pupilas tras pequeñas dosis de placer y misterio generan un sentimiento de satisfacción dentro de la desconcertante esencia monstruosa encerrada en cada ser humano.
-       Y por supuesto, el museo fue su escenario, ¿me equivoco? La estatua del pensante marginada y profanada para dar muestras de las atrocidades del no pensante. ¿Qué pretendían? – Preguntó Verónica.
-       Esto es intolerable –declaró el inspector Sly.-
-       Por supuesto, me haré cargo de los gastos y destrozos ocasionados. Respondiéndole a usted, señora Lefordie, le diré que él no pensante simboliza la esencia primaria de nuestros instintos. Puede llamarlo marketing o como desee, pero tan solo actuemos en post del arte y de la actuación tan maravillosa que acaban de presenciar. El teatro por esta noche ha cobrado vida y ustedes han sido participes.
-       Haga el favor de marcharse grandísimo patán – declaró el señor Roquefelert-, ya me olía a chamusquina todo esto. Aquí no volverán a emitirse más sus obras, y usted señora Viviane tendrá un considerable castigo salarial junto al resto de actores. Eso es todo por esta noche, por favor, lárguense.

[…]

El jardín botánico situado al este de la plaza de la concordia tenía un aire confortable aquella noche.

-       Supongo, que nuestra colaboración ha terminado señorita Lefordie. Le deseo suerte en sus proyectos.
-       Por favor, estoy consternada. El caso se ha resuelto pero hubo una víctima real. La actriz que actuó como la señora Strong en su domicilio.
-       ¡Ah, por eso no se preocupe! Me acaban de comunicar que el mayordomo Alfred era otro actor y ha contado que se trataba de una máscara. La actriz sigue viva, y en comisaria.
-       Artistas que pervierten la razón, ¿en qué mundo vivimos?
-       Vivimos dentro de un gran teatro, ¿no crees?
-       Podría ser –sonrió.-
-       Nos veremos en otra ocasión, quién sabe, quizá la próxima vez resolvamos algún caso real. Su fama la precede, y no se preocupe por lo de hoy estoy seguro que la mayor parte del público intuía esta macabra actuación.
-       Somos hojas en un otoño incesante, los vientos soplan en muchas direcciones. Estoy deseando ver que sorpresas y misterios encontraré mañana.
-       Eso, me recuerda a un puzle.
-       No seas estúpido.
-       Adiós, qué le vaya bien.

-       Igualmente.

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