viernes, 11 de diciembre de 2015

Entre ríos de esparto y mierda

Entre ríos de esparto y mierda

El barro formaba surcos en los adoquines de la calzada ocasionando que el empedrado de piedras no fuese el más idóneo para el transporte de esparto. El carro de madera prensada y sujeto con lienzos de diluido metal tambaleaba ante el lento paso de la mula rocinante. No era un día de mucha concurrencia de caminos pues las nubes estaban omnipresentes y el cielo amenazaba tormenta en cualquier momento inesperado. Pedro tomó la rienda de la mula y apretó la marcha, sin embargo y por ocurrencias del destino el carro tropezó con un adoquín y ladeo la mercancía haciendo que parte del contenido saliera disparado hacia delante llegando a parar a los pies de un viejo hidalgo de bragueta.

-         Injurias,  y recochineos. Habrase creído vuesa merced que tal afrenta pasaría por alto.
-         Solo es un mal día – repuso el comerciante.- Corrijo, un fatídico día. No deseo vuestra justicia mi señor, recogeré la mercancía y compensaré por tales agravios.
-         Como ve vuesa merced – el hidalgo se quitó la capucho y mostró una amplia cabeza impoluta de la cual ningún pelo emanaba de ella-, no tengo pelillos que tirar a la mar. Exijo un duelo, así es la ley y así habréis de corresponder.
-         Sea pues –dijo el comerciante nervioso. Cavilando unos instantes, respondió.- ya que diestro no soy ni en el arte de la sardina, ni en el arte de la espada, le propongo señor un duelo más honorable al cuál sin duda usted no podrá rechazar –su sonrisa se ensanchó de repente- pero tened en cuenta que como contrapartida si gano el duelo y la vida se me perdona también deberá abonar el doble de la cantidad correspondida a aquellos bienes que perdí en tal descuido.
-         Y, ¿de qué se trata pues? –preguntó el hidalgo con impaciencia.-
-         Adivinanzas. Sé qué los hidalgos sois tan bravos que vuestras espadas movéis como si garras de dragón se tratase, y tan inteligentes que no os dejáis embaucar por ningún truhan que precie estima por su vida.
-         Sepa vuesa merced que sus halagos poco valdrán en tal contienda. Acepto el duelo y sus condiciones, así disfrutaré mientras vueso pescuezo rebano como tal alimaña que sois.
-         Sin duda, mi señor –sonrió el comerciante.- Ahí va la primera, ¿qué salta hacia atrás o hacia delante sin tener piernas, en ella sucesos acontece y si ella se olvidara su señoría y yo no estaríamos en tal disputa?
-         ¿Me toma por idiota, bribón? La memoria, sin duda.
-         Sin duda, mi señor tiene usted buena memoria y también gran agudeza. Acertó de pleno.
-         Bien, a ver si eres capaz de acertarla, ¿quién bebe sin tener sed, come sin tener hambre y por mucho que trague nunca se sacia?
-         Mm… Es usted muy ágil, señor. Sin duda se trata del río.
-         Supongo que era de esperar algo tan sencillo. Pregunta.
-         Muy bien, no se ponga nervioso mi señor. ¿Qué tengo en las botas?
-         ¿Eso qué clase de adivinanza es?
-         Una muy buena, en ningún momento pusimos reglas mi señor.
-         Debes darme tres oportunidades o morirás aquí mismo.
-         Así se hará mi señor, tres oportunidades constantes y sonantes que tiene.
-         Barro.
-         No.
-         Una suela.
-         No. Le queda una mi señor.
-         Maldito, debí haber sabido de vuestra indecencia.
-         Tengo todo el tiempo del mundo, pues el tiempo es tan ancho y salado como el mar. Basto en la eternidad, y salado para quienes su paladar adentran.
-         Pies.
-         Error, mi señor. He ganado la apuesta.
-         Maldito seas.
-         Ha dado su honor, debe cumplir su palabra.
-         Y sin duda lo haré, por mi honor, no por el tuyo maldita escoria. A todo esto, ¿qué tiene vuesa merced en las botas?
-         Mierdad, mi señor. Mucha mierda.

Pedro, el comerciante, tuvo un día de mierda sin duda. Un día de infortunios eso no se puede negar. Y una cartera tan grande como todo el oro que pudo almacenar. Logró llegar a su local antes de que la lluvia arreciara los senderos, y desde entonces puso en práctica el dicho popular: “mucha mierda”, haciendo alusión a la suerte y la buena fortuna.


Colorín, colorado, esta historia tocó a su fin.


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