viernes, 20 de noviembre de 2015

Una crítica cultural: Fahrenheit 451

Una crítica cultural: Fahrenheit 451

Ray Bradbury escritor estadounidense conocido por su implacable criterio de ofrecer libros de fuerte carga moral que en la mayoría de las ocasiones constituyen la fuente de su pensamiento sobre temas tan polémicos como el papel al que está destinado la humanidad en su proyección espacial, la tensión metafísica de su existencia o su crítica al valor de la cultura dentro de los límites conceptuales de progresión del individuo. Sus obras se diluyen dentro de un clima poético y de cierto romanticismo inspirado en la cotidianidad de la vida diaria de las personas; y siempre dentro del núcleo de pensamiento en el que plantea que el destino de la humanidad consiste en recorrer espacios infinitos y padecer sufrimientos, que no llevan a la felicidad, con el mero fin de ser espectadores de la eternidad.

En términos literarios, sus obras son densas y no orientadas a la paciencia o comprensión de cualquier lector. ¿Por qué lo describo de este modo? Lejos de resultar pedante, este escritor condensa tantos contenidos en tan pocas páginas y una tensión constante desde un inicio –que suele estar pesimamente marcado- que genera agobio y necesidad de ejercer una comprensión lectora superior a otras novelas de esta temática. Los diálogos de Bradbury tienden a ser la excusa perfecta para constituir micro ensayos, y sus descripciones se centran en aspectos de crítica y demarcación con la realidad lo cual hace de su obra una paradoja de ficción lejos del matiz realista que se le tiende a conceder.

Centrándonos de lleno en Fahrenheit 451 el escritor remarca en cada una de sus páginas la importancia que disponen los libros como apertura del saber, lo cual no siempre conlleva a la felicidad. Plantea un mundo futuro, quizá distópico o quizá ideal, dónde los Estados ejercen una coerción camuflada al otorgar libertad de incumplimiento de normas de seguridad vial, etc., y persecutora de los libros. Los libros son planteados como medios que acercan al ser humano a sus preocupaciones morales más inmediatas y por tanto generan infelicidad, lo cual hace que los medios de masas constituyan un enorme placebo capaz de hacer que las personas se abstraigan de ejercer crítica sobre las actuaciones estatales, tendentes al belicismo, y dispongan de un pensamiento uniforme de felicidad postergada y banal. Muchos autores comparan los planteamientos de Bradbury con la enorme imposición de los medios de masas actuales como las franquicias de cine, la televisión basura (programas del corazón, etc.), las radios que divergen en distintos pensamientos uniformes bajo espectros de pluralidad o incluso el internet en el cual la censura –y el espionaje- es el pan de cada día. No obstante, un punto a favor, de nuestra inmediata realidad, sería que la cultura es un complemento para cualquier mente despierta que permite avivar las llamas del ave fénix sin caer en la desesperación de un mundo abocado a la simpleza de conocimiento. Uno de los grandes problemas en la actualidad proviene de aquellos que la ejercen e imparten creando una generación de ilustres pedantes que la conciben como elemento de pedigrí o superioridad. Lejos de tales pamplinas e idioteces cada persona dispone de una personalidad y crítica admirable, y la cultura debe constituirse como el medio por el cual expresar, potenciar y aprender a marcar las directrices de su propio camino a la felicidad. Nadie debe dejarse influir por nadie, autores que gustan a unos pueden no gustar a otros, simplemente deben tomar sus propias riendas y elegir que faceta les resulta más placentera potenciar.


Ray Bradbury si algo realiza con esmero es proponer al lector una especie de trato, ficticio o real –cada uno como lo quiera concebir-, de compromiso con uno mismo, de autodescubrimiento, y de templanza a la hora de construir su propio mundo ideal. Un mundo ideal que en relación al resto de mundos ideales pueda armonizar en la esfera social y potenciar la crítica constructiva. Es decir, la cultura es el baluarte que el individuo toma para desvalijarlo y construir sus propios cimientos hacia una sociedad más armónica. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario