jueves, 5 de noviembre de 2015

Sedición

Sedición

Quiero escribir, o más bien empezar una historia. Una historia profunda, pasional, fallida y sinceramente humana. ¿Quién soy yo? El significado que le otorgamos a determinados valores es superfluo como el discurrir de la brisa arrastrando las hojas del otoño. Personificamos a la justicia para tergiversarla, mitificamos el amor para inundarlo de desatinos y adornos comerciales, e incluso osamos mirar en dirección del sol y sentir en él nuestro propio ombligo. No hay lugar para cuestiones tan banales en aquello que quiero contar pues más allá del conformismo, del continuismo, del mero discurrir de las hojas se esconde la conciencia. La conciencia como entidad racional rehúye del esfuerzo, abraza la estulticia, y a veces –y solo a veces- logra la sedición. Benditas sean las calles de la lujuria, la crispación electoral, la voraz hambre de la codicia y el más delirante de los principios pues gracias a ello tengo una historia que contar.

-       Señor Juan, ¿qué ha ocurrido con el alumbrado? – se rascó la cabeza Diego, el barrendero, mientras miraba con desasosiego los estragos causados por las borracheras de los jóvenes.
-       Elecciones Diego. Elecciones. – apagó el cigarro y sacó otro de su cartera.- ¿Ves esto? ¿Qué me podrías decir que es?
-       Un cigarro, señor Juan.
-       ¿Y por qué me llama señor Juan?
-       Es usted el concejal de urbanismo.
-       Lo era, ahora hay elecciones. Nada pinta bien, maldita sea, nada pinta bien. Esos hippies, esos desarrapados hijos de su madre pueden quitarnos la alcaldía.
-       Son modas señor Juan, no se preocupe. Ya verá como salimos de esta, y después de todo, todo serán ovaciones.
-       Invertiría hasta el último billete en gente como usted, pero por desgracia el bolsillo no llega a tanto. El mundo está cambiando, si Felipe levantara la cabeza.
-       Buenos días Juan –intervino Lourdes-, tan temprano y de tertulia, ¿qué le trae por aquí?
-       Buenos días Lourdes, y Dios esté con usted. Necesito tomar el fresco, mañana se abren las urnas.
-       Ah, sí, cierto. Pues no se preocupe usted que ya verá como todo saldrá bien.
-       Pero si no han hecho nada – intervino Carmela- de verdad creen que va a ocurrir un milagro.
-       Buenos días Doña Carmela, ya veo que se levanta usted de un humor de mil amores –la saludó Lourdes-.
-       Buenos días Doña Carmela –dijo Juan secamente-.
-       Buenos días, buenos días, y buenas tardes, y buenas noches. Tengo que ir a pasar revista del paro y seguro que no me da tiempo a guisar el potaje. Ay, menos mal que mi Carolina es muy apañá y cuida de sus hermanos. Bueno, no me entretengo, hasta luego.
-       Hasta luego Doña Carmela, y a usted también Lourdes.
-       ¿Ya se marcha señor Juan?
-       Ah, sí, tengo que levantar al holgazán de mi hijo para que atienda el bar. Esta juventud ya no entiende de valores, con lo saludable que es madrugar.
-       Dígamelo a mí, mi Susanita se tira todos los días de mariscadas con los amigos. Válgame el señor, se creerá que el dinero crece en las ramas.
-       ¡Qué tenga un buen día señor Juan! –se despidió dándole dos besos en las mejillas robustas y bien afeitadas de Juan-.

La nada. Juan no dejaba de darle vueltas a las palabras de Doña Carmela. Eran ciertas. Nada habían hecho, y nada harían. Juan siempre pensó que para que el orden se mantuviera nada había que tocar lo cual incluía rechazar cualquier idealismo y banalidad de la juventud. Para Juan la juventud era el gran gigante a abatir pues representaba el perjuicio mental del ser humano incompleto, una mente incapaz de cavilar y poner los pies en la tierra. Tomó en su mano la gaceta del mundo y caminó en dirección a la gran avenida de los tumultos. En el discurrir de la avenida Juan contemplaba con aplomo y orgullo el andar de quiénes pasaban delante de él. Personas trajeadas, con zapatos bien encerados y sombreros de copa. Todos y cada uno de ellos parecían salir de un mismo molde. Sumido en sus pensamientos tropezó hasta dar con el bordillo y quedar postrado de rodillas. Un golpe sonoro y fuerte. Perdió el conocimiento.

-       Hola señor Juan.
-       ¿Dónde estoy?
-       Venga ya, pensé que tú y al menos tú serías más original. Siempre te preguntas lo mismo una y otra vez, ¿sabes? Ya resulta cansino. Digamos que yo soy el señor Juan.
-       Pero eso es imposible, ¡Yo soy Juan!
-       Ah, ¿de verdad?
-       ¡Lo soy!
-       Supongamos que dices la verdad, ¿yo debería mentir?
-       ¡Mientes!
-       Banal, muy banal señor Juan. Hasta ahora crees controlarlo todo. Pero no es así.
-       Lo pagarás muy caro…
-       Y encima con amenazas, ¿de verdad no comprende su situación?
-       La comprendo.
-       ¿Y no las retira?
-       No.
-       MM… Está bien. ¿Cuál cree que es la solución?
-       Váyase a la mierda, cabrón.
-       Comprendo. Comprendo. Vamos a jugar a un juego, voy a orquestar tu muerte.
-       Maldito, libérame.
-       Ya eres libre.

Convulsionado, de su mandíbula brotó sangre ahogándole en su propia agonía e inconciencia. Las personas se agrupaban en torno al ya cadáver de Juan quién palideció ante el asombro de los viandantes. Las autoridades no tardaron en acudir y un gran cordón policial aisló la zona en busca de respuesta. El cadáver fue transportado a la funeraria.

-       ¡¿Quién lo diría?!, tan sano.
-       Tan hijo de puta.
-       No digas eso de la mano que nos da de comer.
-       Está bien, pero es la verdad.
-       Cierto.
-       ¿Qué hacemos? La situación parece clara. Tropezó, se dio un fuerte golpe que le hizo perder el conocimiento y hacerse una herida en la garganta que terminó por ahogarle en su propia sangre.
-       Dejémoslo así.
-       Ha sido un día agotador. Me marcho a la oficina.
-       Adiós Tomas.
-       Hasta luego Lucas.

Lucas se montó en la moto de patrulla y llegó a la comisaría justo para fichar. Ya eran casi las 14 horas, por lo que colgó el uniforme y se fue a ver a Francisca.

-       Cariño, ya he llegado.
-       Lucas amor mío, ¿te has enterado?
-       ¿De la muerte del concejal?
-       No, ¿ha muerto Juan?
-       Digamos que se levantó con el pie izquierdo.
-       No seas cruel.
-       Que descanse en paz. ¿Qué es lo que pasa amor?
-       Las elecciones, han hecho un boicot al partido ciudadano.
-       Serán cabrones.
-       O sea, que es ilegal.
-       Lo he entendido, cariño. Cada día vivimos en una dictadura. Todos los partidos que se turnan más preocupados por dividir la ciudad que por satisfacer los problemas de los ciudadanos. No te preocupes cariño, todo llegará. ¿Crees en el destino?
-       Por supuesto, sino nunca hubiésemos estado juntos.
-       Pues confía, las cosas cambian y si no lo hacen pues la cambiamos nosotros.
-       ¿A la fuerza?
-       ¿Cómo si no?

¿Cómo si no? Ese interrogante le rondó horas a Lucas por la cabeza. Estaba enfadado, realmente enfadado por aquellos que habían demonizado lo que él vivía como una profesión digna y de vocación. Lucas no era un sicario, era un ciudadano por encima de colores, corrientes. Encendió la televisión y en la cama junto a su esposa se quedó dormido.

-       Hola Lucas.
-       ¿Hola? ¿Cómo qué hola? ¿Estoy soñando?
-       Efectivamente, estás soñando.
-       Nada de esto es real, por tanto.
-       Estás pensando, ¿no crees que no hay nada más real que eso?
-       Lo cual hasta resulta absurdo.
-       Lucas, ¿qué haces?
-       ¿A qué te refieres?
-       ¿Qué intentas?
-       Nada. Definitivamente nada.
-       ¿Por qué?
-       ¿En qué me beneficia?
-       No te comprendo. Te quejas por puro vicio o de verdad contemplas la precariedad que te rodea.
-       Quejarse es una cosa y actuar otra. Mi salario pende de mi silencio.
-       Cuando te quiten la cama donde dormir con tu esposa, ¿qué harás?
-       Comprarme otra cama.
-       ¿Y si te la vuelven a quitar?
-       Comprarme otra cama.
-       ¿De dónde sacas tantas camas?
-       ¿Y de dónde sacas tanta gente deseosa de quitármela?

Lucas despertó y fue al bar. De camino encontró a Julián un zarrapastroso obrero que llevaba más de diez años en desempleo en subsistía de una pequeña prestación en la beneficencia de los vecinos.

-       Buenas noches Julián, ¿qué tal la jornada?
-       Nada de trabajo, y mira, 3 pesetas para un cartón de vino.
-       No deberías beber.
-       ¿Y tú me lo vas a prohibir?
-       Solo es un consejo.
-       Consejos, y más consejos. ¡Qué fácil es darlos cuando no se está en la situación! Sepa usted que el vino calienta de noche y olvidar me hace.
-       ¿Qué necesita olvidar?
-       Todo, empezando por mi existencia.
-       Pero no diga eso Julián, da gracias de estar vivo.
-       Daré gracias cuando disponga de dignidad. Cuando la dignidad no sea cuantificable sino inherente al ser humano daré las gracias, pero no a Dios, sino a vosotros, a nosotros, a todos los seres humanos.
-       Le dejo con sus tropelías filosóficas.
-       Hasta luego.

Julián abrazó fuertemente el cartón de vino cuyo sabor agridulce le iba poco a poco entumeciendo los sentidos. La vista se le borró y el mundo desapareció.

-       Hola Julián.
-       ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Estoy muerto?
-       ¿Desearías estarlo?
-       ¿Y qué más da si lo estoy o no? No es vida lo que tengo.
-       ¿Y qué es?
-       ¿Qué es me preguntas? Nada, absolutamente nada. Sin dignidad nadie puede vivir.
-       ¿Y por qué no te rebelas?
-       ¿De qué serviría? Carezco de todo tipo de poder en cualquiera de sus manifestaciones.
-       ¿Consideras el poder por encima de tus posibilidades?
-       Sí.
-       Rotundo, dime Julián, ¿cuál es tu anhelo más profundo?
-       ¿De verdad lo preguntas?
-       Sí, ¿cuál es?
-       Vivir dignamente.
-       Pues rebélate.
-       No puedo.
-       Si tú no lo haces, nadie lo va a hacer por ti.

Julián despertó en medio del jaleo de la manifestación de estudiantes. Vitoreaban en contra de la ilegalización de los nuevos partidos ciudadanos surgidos en la ciudad. Uno de sus portavoces, un joven con rastas y barba se acercó y le dio unas monedas.

-       Buenos días Julián.
-       Buenos días Carlos.
-       ¿Todo bien?
-       Dentro de lo posible.
-       ¿Por qué no se nos une?
-       ¿De qué serviría?
-       Vamos, toda ayuda es fuerza y la fuerza de los ciudadanos es la voz del pueblo que se manifiesta contra el tirano.
-       Tráeme algo de comer y ya tendré un motivo para manifestarme.
-       Cuando la comida llueva del cielo todos viviremos en la calle, mientras tanto debemos defender los derechos.

Carlos se acercó ante la puerta del Ayuntamiento, mientras los devotos acudían a votar, y la abstención de voto ciudadano era cada vez mayor. En el trascurrir de la mañana acudió al bar y se sentó a esperar. Cansado de trasnochar entornó los ojos hasta que el subconsciente le traicionó.

-       ¿Carlos?
-       Si tío, soy Carlos.
-       Vaya, es la primera vez que me topo a alguien con esa confianza.
-       Soy idealista.
-       ¿Qué es para ti ser idealista?
-       Plantear pequeñas metas que permitan cumplir metas aún mayores.
-       ¿Y para qué?
-       Para la paz mundial tío, ya sabes, no sé si me explico bien, una sociedad mejor y todo eso.
-       ¿Y todo eso?
-       A ver, ¿qué te pasa?
-       Nada.
-       Ves, ese es tu problema. Solo actúas de forma pasiva.
-       ¿Sabes quién soy?
-       Sí, claro. Tú eres el mundo.
-       ¿El mundo?
-       Tú, yo, y el resto de personas.
-       ¿A sí?
-       Sí, sin más. Es hora de actuar.
-       Actúa.
-       No, actuemos. Juntos. Todos.

Carlos despertó y se encontró con cientos de personas que vestían su ropa de diario, de diversas profesiones, clases sociales y poderío económico. El hijo de Don Juan, Felipe, Lucas, el propio Julián, Belinda, Carmela, Diego, Lourdes, Susana, Francisca, José y tantos otros nombres que desconocía pero que igualmente allí estaban de pie, frente al comicio electoral. De forma ordenada y conjunta todos entraron y depositaron su papeleta al partido que había sido declarado ilegal al grito de <<sedición>>. Restituido, puesto y electo por clamor popular el pueblo tomó el control del poder que de ellos emanaba y el engranaje que viraba hacia una ciudad más justa comenzó a rodar.


Sedición, ¿eh? Excelente palabra. ¿Y tú, eres un sedicioso?

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