sábado, 7 de noviembre de 2015

Magos y centellas

Magos y centellas

-       ¿Eres tú? ¡Insensato! ¡¿Cómo te atreves!? Ni una palabra más, ni una estúpida y mísera palabra más. Cualquier cosa que ahora mismo salga de tu morbosa boca me importa un bledo, así que atiende y escucha con atención. Ahora eres un mago, ¿sabes acaso lo que eso significa?
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-       Bien, lo suponía. No podía esperar menos de un palurdo como tú. ¡¿Qué eres?! ¿El hijo de un porquero? Sucio vagabundo, tu destino acaba de ser ligado a la magia y de ella vivirás y morirás. ¡Oh, sí! La muerte es inevitable, y si de mí dependiera arderías dolorosamente sobre los artificios del averno pero sin embargo la vida es caprichosa, y ahora tienes un hálito de esperanza. Bien, bueno, no perdamos más el tiempo, ¿quieres? Toma tu varita y márchate. Lo que hagas con tu vida no es asunto mío, vete. Vete, bien lejos. Espero no volver a verte.

La vida de un adepto de la magia no es fácil, nada fácil. La magia es caprichosa y cualquier cosa que de ella se produzca conlleva un gran mal. Los magos son proscritos, blasfemos, sinvergüenzas y nada de fiar. Cuando un hombre comete un mal queda a merced de la magia y esta puede convertirlo en mago o dejarlo a su libre albedrío. Tú ya no eres humano, te acaban de conceder la varita del mago. ¿Qué puede significar eso? ¿Aventuras? ¿Maravillosas? ¿Responsabilidad? Nada. Nada de eso. Acabas de condenarte, tu vida se acaba de convertir en un infierno. Perseguido por todos, amado por nadie. ¿Qué será de ti? ¿Acaso tus actos pueden enmendar el camino del mago?

¡Oh, puedes olerlo! Huele a mezquindad, gloria y banalidad. Ante ti se alza la ciudad de Palantia. Una gran urbe, no me cabe la menor duda. Es más, sus altas torres de porcelana y sus fuentes de oro escarlata esconden actos deplorables. Rostros esmaltados de sonrisas como perlas esconden tras de sí oscuras malevolencias que requieren de tus servicios. Por supuesto, vas a acudir a esa ciudad. No te quedes embelesado por sus maravillas, pues no son para ti. Corre por sus calles insensato y busca, busca cualquier rastro que te conduzca a un trabajo. Miradas inquisitoriales, sonrisas falsas, todo aquello que pueda requerir tus servicios.

-       ¿Es usted un mago?- preguntó el caballero del emblema de dragón.
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-       Sin palabras. Bien, pues. Requiero de tus servicios, ¿me puedes ser útil?
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-       Bien, comprendo. Tan solo es un pequeño trabajo. Han secuestrado a mi hija y la tienen prisionera en la torre de las palomas. No es un trabajo muy difícil, si no estuviese custodiada. La quiero de vuelta. Cómo lo hagas y lo que hagas no me importa, ¿lo comprendes?
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-       Espero resultados. Retírate.

Una misión fácil, ¿eh? ¿De verdad te puedes fiar de su palabra? Bueno, tú a lo tuyo. Muy bien. Ve y rescata a su hija, igual algo haces bien. ¡Quién sabe!

La torre de las palomas continúa impoluta, y su altura es tan demencial que solo un loco se atrevería entrar. Sin puertas, ni ventanas la oscuridad impregna su interior y el único acceso es por las alcantarillas. Asquerosas, putrefactas y malolientes, vaya modo de empezar tu aventura. Prosigues tu camino con determinación, tampoco te queda otra. Vaya, ¿qué es aquella luz? Ya puedes vislumbrar la salida. Pero. Ei, ¿qué es eso? Vaya un trasgo aguarda. ¿Sabes lo que hacer? Un ligero movimiento de varita y harás estallar su cabeza en artificios, pero… ¡Eso atraerá a las ratas! Aham, con que tienes ¡escrúpulos! Estupendo, estupendo, te has vuelto invisible.

Ale, por fin estás en la primera planta. Una planta vigilada por mamporreros con ojos de gato. ¿Curioso, verdad? Vaya, vaya, ¡qué apasionante! ¿Cómo? ¿Qué haces? Levántate, bueno vale. ¿Tanto miedo tienes? ¡Cobarde! Mis disculpas, no sabía lo que ibas a hacer. Inconscientes, y de un solo golpe.  Corres como una gacela, ¿nunca te lo han dicho? Has llegado a la mitad del camino, la puerta hacia la azotea está guardada por un caballero con melena de león. Tiene un aspecto muy fiero, ¿qué harás? ¿Lo matarás? Ese es el camino fácil, y lo sabes. Te acachas, ¿acaso crees que no te va a ver? ¡Con qué era eso! ¡Le has retado a una partida de naipes! ¿Y ganarás? ¡Cómo! ¡Cómo lo has hecho! Ah, claro, eres un mago.

La azotea, el tramo final. Una enorme terraza sin balaustra en cuyo centro se haya atada la hija del caballero del emblema del dragón. ¡Un momento! ¿Te acabas de dar cuenta, verdad? La chica tiene el emblema del delfín. ¡Es la princesa! Se acaba de materializar el caballero del emblema del dragón ante ti y parece que está dispuesto a ofrecer tu sangre en sacrificio. ¡Acaso! ¡No, no puede ser! A secuestrado a la princesa y pretende matarle, y a matarte, a ti, si a ti, ¿lo comprendes? Claro, lo vas comprendiendo. El caballero del emblema del dragón quiere hacerse con el trono responsabilizando a su malevolencia, o sea  a ti. Pero no eres un cretino, ¿verdad? Claro que no lo eres.

¿Qué has hecho cretino? Te has dejado matar. Espera, un momento, ¿esto es en serio? Vaya, pues, parece que sí. ¿Por qué lo has hecho? Un momento, te has sacrificado por la chica. Has roto la maldad con un acto de pureza. Bien, parece que hemos llegado al final de esta historia. ¿Cómo era? Y vivió feliz para siempre, siempre, siempre jamás. Sin duda un cuento muy elegante tu sacrificio recorrerá el cosmos y sobre el cielo miles de centellas festejaran que la prosperidad de Palantia no tendrá paragón. Al menos en esta historia.

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