domingo, 22 de noviembre de 2015

Buscadores de Apariencias

Buscadores de Apariencias

1.     Frank

La ciudad es demasiado pequeña. Huye.

[1 hora después]

-       Frank Miggle, pero por favor llámeme Frank. Soy lo que anda buscando, emprendedor a tiempo parcial y observador a tiempo completo. Pero, bueno, eso ya usted lo sabe Sr Callington. Usted está aquí por una razón, pero usted no piensa contármelo, digamos que siente cargo de consciencia. Y, sí, también me dedico a  expurgar su alma. Porque… Es necesario, ¿verdad señor Callington? No diga más, está en las manos adecuadas.

Frank Miggle tenía tan solo 30 años pero su aspecto era de muchos más, quizá fuese porque se dejó crecer las canas, por su expresión malhumorada, por su ropa de tonos grisáceos o por disponer de un rostro marcado por una juventud turbia. Su trabajo tampoco era agradable, en términos estrictos era un asesino, aunque él se presentaba como un emprendedor que apostaba por los vivos.

Cerca de la Avenida Follet un Chevrolet del 82 se encontraba cercando el callejón Preston. Frank dejo la Vespa y encendió el mechero en forma de pistola que tenía en el bolsillo de la chaqueta, en silencio se fue acercando hacia el Chevrolet y empañó con su aliento el cristal de la parte trasera. 3,4,5 fueron los números que salieron a la luz. Continuó andando y se mantuvo de pie sobre una gran alcantarilla situada bajo el hospicio de Saint Claire, pronunció los números, y una gran estela apareció teletransportandolo a una especie de receptáculo de madera. Frank abrió la puerta y presentó la sentencia del Sr Callington sobre una repisa, una vez obtenido su pasaporte de entrada salió del receptáculo y accedió a una lujosa galería que conducía a una especie de ciudad subterránea. Al entrar un batracio vestido con ropa humana se le acercó.


-       Frank, amigo mío, ¿qué le trae por aquí?
-       Trabajo, Sr Spok.
-       Extraño, pues cumplimos a rajatabla la no interferencia con el mundo de los humanos.
-       Un jodido cabrón usurpó la apariencia de la hija difunta del Sr Callington.
-       Comprendo, y hará de sicario, ¿me equivoco?
-       No, ha supuesto bien.
-       Pues, verás, ahora mismo, no puedo permitirlo.
-       Tenemos un trato Sr Spok.
-       El trato no es que mate a toda nuestra población. Corren malos tiempos y los seres fantásticos vivimos como podemos. Unos nos mantenemos al margen y otros como los diablillos de cornuales, las hadas o los troles proliferan en vuestro mundo con apariencia humana, ¿qué mal hay en qué un descerebrado allá suplantado la vida de una difunta?
-       Me está aburriendo, ¿me dejará pasar?
-       Por supuesto que no, ¿qué se ha creído?
-       Pues… Tendré…
-       ¡Oh, vamos! No puede matarme.
-       No voy a matarle. Voy a pasar con o sin su consentimiento.

Frank empujó al batracio y corrió hacia la posada esquivando las miradas de los licántropos y elfos.

-       Le puedo ayudar en algo.
-       No vas a hechizarme con tu belleza, bella ninfa.
-       ¡Oh, qué desconsiderado!
-       ¿De qué es la marca que llevas en el cuello?
-      

Tomó un plato y lo lanzo en dirección a la ninfa, atrayéndose la mirada de todos los enanos y goblins que bebían en la taberna. El sonido la inmovilizó y tomó del bolsillo su linterna para dirigirla a la marca en forma de calavera que tenía en el cuello.

-       Eres tú.
-       ¿Vas a matarme? Tan solo quería divertirme.
-       Solo es trabajo, querida. Prometo que será rápido.
-       Maldito humano.

Sacó el revólver y disparó sobre el cuerpo de la ninfa que se deshizo en lágrimas saladas y llantos de desesperación. Los licántropos, vampiros, diablillos y magos irrumpieron en la taberna y ataron a Frank a un poster.

-       Batracio asqueroso, suéltame.
-       No Frank, esta vez no.
-       Yo solo hago mi trabajo.
-       Y nosotros solo queremos vivir en paz sin interferencias de humanos.
-       Pues no os hagáis pasar por humanos.
-       Debemos hacernos pasar por humanos porqué ellos no nos aceptarían tal cual somos. No somos monstruos Frank, ni fantasías, ni seres mágicos. Somos seres vivos, reales Frank, y necesitamos de recursos para vivir, ¿lo comprendes?
-       Suéltame.
-       Frank, a partir de ahora serás un buscador de apariencias.
-       No, ¿qué… Qué me habéis hecho?
-       Convertirte en uno de nosotros. Ahora eres un sinsombra, y si quieres disponer de apariencia humana deberás corromper a los tuyos, absorber su esencia y adquirir su apariencia.
-       ¿Qué pasaría si no lo hago?
-       Sencillo, te convertirás finalmente en sombra y jamás volverás a ser humano. Soltadlo hombres lagarto.

Frank cayó de bruces contra el suelo.


Al despertar todo estaba oscuro, su cuerpo se había vuelto inmaterial y podía traspasar cualquier tipo de superficie. En su cabeza miles de voces emergían y unas oscuras formas dibujaban las siluetas que parecían emular a los transeúntes de la ciudad.

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