martes, 6 de octubre de 2015

Parte III. El reino de las lamentaciones

Parte III. El reino de las lamentaciones

[Cuarenta años antes]

El glorioso palacio de los ancestros de Henry, conquistadores y constructores auspiciados por la revolución industrial, se hallaba en decadencia. Los maltrechos muros de armazón macizo sostenían pequeñas vidrieras y tragaluces cuya presencia parecía ejercer una especie de espejismo del esplendor de antaño. Sentado en su trono miraba de soslayo los recuerdos de Alisa su amada esposa fallecida por una enfermedad que le había torturado el alma y para quién Micolash hubo consolidado su último suspiro. A su lado izquierdo estaba su hija Annalise con la mirada plácida y la esperanza de la juventud, y a su lado derecho Micolash de lengua viperina pero de astucia actuada que ejercía de representante de la iglesia de la salvación y consejero personal de Henry a quién ayudaba con sus espías. La puerta principal se abrió de par en par y la guardia salió a recibir con honores a Gherman.

-          Bienvenidos seas, cazador. –El rey se acomodó y con gesto de desdén prosiguió.- Cómo se estipuló serás recompensando con la sangre de la lamia.
-          ¿Cazador? Oh, a sí me llaman ahora. Mis disculpas majestad, tengo un asunto pendiente con Micolash.
-          No seas impertinente – intervino Micolash- y disfruta del placer de haber puesto fin a la pesadilla. –Depósito el frasco de sangre de lamia en sus manos- a partir de ahora serás el guardián de la pesadilla.
-          Vos sois la pesadilla.
-          Me ofendéis, no estoy aquí más que para servir a su majestad. Dados vuestros leales servicios tomaré esta ofensa como un leve acto de rebeldía propiciado por la enajenación y el cansancio. Podéis retiraros.
-          Majestad, desde cuando Micolash habla por vos.
-          Te recompenso y solo recibo ofensas por tu actitud. Mi amada… Mi amada Alisa muerta por la negligencia de todo el reino. Malditos seáis, malditos sean todos… Palabras vacías ante oídos necios que no logran entender la grandeza del amor. Bebed la sangre de la lamia, sé inmortal y desapareced de mi vista. –Levantó la mano con el dedo índice señalando en dirección a Gherman y un semblante oscuro atormentando su ser- Te maldigo, un día en el que el crespúsculo torne rojizo el reino será lamentado y de la lucidez un ser levantará su reposo para iniciar la cacería, ese limpiará mi reino y será vuestro verdugo.

Gherman retiró el monóculo y acachó la cabeza en señal de respeto y consternación antes de retirarse. El salón del trono quedó vacío. Annalise se marchó y acudió en dirección a la gran catedral. El camino se hizo oscuro pero no tenía por qué perturbarse ya que Aileen le otorgó protección con su diestro mandoble y luz con su antorcha. La catedral se mantenía llena de acólitos observando con incertidumbre como el cielo acogía un lucero de desesperación, en la sala central encontró al padre Gascoigne.

-          Princesa, temí por vuestra seguridad. ¿Qué ocurrió Aileen?
-          Locura, enajenación y manipulación.
-          Comprendo. Micolash envenenó el corazón de tu padre.
-          Padre – intervino Annalise- tengo miedo. Rezo cada noche pidiendo por mi padre, por vos, por el reino pero tan solo observo la locura de mi padre aumentar. Pensé que todo terminaría cuando Gherman acabara con la pesadilla.
-          Yo no pedí esa misión princesa –repuso Gherman quién había aparecido de improviso-.
-          ¿Qué haces aquí? –Preguntó el padre Gascoigne-.
-          Procuré que Annalise no tuviese ningún percance, no me malinterpretes Aileen.
-          No lo hago.- Repuso Aileen.
-          Bien. Bueno, la oración no siempre nos otorga respuesta a los males que nos aquejan. ¿Qué podemos hacer Gherman?
-          Por favor, salvad a mi padre –imploró Annalise-.
-          Micolash ha pactado con los demonios, lo que unido a su locura acabará por hacer de la pesadilla un estado eterno en Yharnam. Cuando terminé con las bestias que aquejaban a nuestros hermanos hallé respuestas oscuras relacionadas con la sangre.
-          Bestias, todos acaban convirtiéndose en bestias –repuso el padre Gascoigne.-
-          Este frasco de sangre de lamia es una falsa. Las lamias son seres mitológicos, la sangre que contiene hace que la sangre de los cazadores se mezcle con la de seres celestiales creando abominaciones. Es lo que Micolash usa para perpetuar la pesadilla.
-          ¿Has tomado su sangre?
-          Sí, lo hice pero no sin saber a qué me exponía. El pacto con los celestiales está sellado y una nueva pesadilla será inminente.
-          ¿Algo podremos hacer? – preguntó Aileen.
-          Esa es la razón por la que me hallo ante vosotros. Tu padre debe morir, y tú, Annalise, debes de ocupar su lugar. Solo así podré encerrar a Micolash y pactar con los celestiales.
-          Serás una bestia – intervino el padre Gascoigne.- Es arriesgado y la cacería no terminará pero al menos podremos posponer la pesadilla hasta la llegada de un nuevo cazador. Tienes que saber que lucharé contra ti si es necesario.

La nueva partida de caza consiguió el apoyo de la mayor parte de los acólitos que se levantaron en armas. La plaza del palacio se llenó de agitación.

-          Majestad, Gherman y su hija están a las puertas junto al padre Gascoigne y sus acólitos.
-          Malditos sean, ¿qué clase de bravuconerías le habrán injuriado a mi pequeña?
-          Si me permitís acabaré con vuestros problemas.
-          Hazlo.
-          Será un placer majestad.

Micolash emergió ante la muchedumbre.

-          Heme aquí ante ustedes para declarar lo terriblemente perturbado que se encuentra nuestra majestad ante tal motín.
-          ¿Qué te hizo vender el alma al diablo? – preguntó el padre Gascoigne.
-          Oh, padre, loado sea el Dios de la salvación. Yo no deseo que nada de esto llegue a mal puerto pues no es con el diablo con quién pacté, sino con quienes están a la derecha de Dios padre. Escuchad siervos, dejad las armas o temed la oscuridad y el castigo que caerá sobre toda Yharnam.
-          ¡Enfréntate a mí si tienes agallas! –bramó Gherman- Esos ángeles que proclamas no son más que demonios celestiales.
-          Esos demonios como tú los llamas me han hecho mucho más poderoso de lo que crees. Acepto el honor de tu desafío pues es tu sangre la que ansío desde que iniciaste la cacería.

El cuerpo de Micolash mutó en una especie de monstruosa obscenidad de vísceras, órganos y sangre protegido en su torso por una capa de piel dura que desprendía ácido. Sus extremidades se multiplicaron por tres, de su espalda dos enormes alas emergieron y su rostro se transformó en dos grietas oscuras repletas de colmillos. Aileen huyó para poner a salvo a Annalise y el padre Gascoigne retuvo a los acólitos dejando a Gherman actuar libremente. Aunque maltrecho por las secuelas de la pesadilla Gherman era alto, fuerte y esbelto con el pelo corto y una espesa barba negra que le cubría el rostro. Tomó firmemente el hacha de dos manos y potenció su poder con viales de sangre. Estocada tras estocada el hacha rechinaba ante la superficie de Micolash quién lo esquivaba con facilidad y agitaba violentamente sus alas. Protegiéndose con los brazos se abalanzó sobre el torso y ejerció un ataque visceral que logró herirle en las alas dejándole expuesto a la toxina. Los efectos de la toxina lo hicieron percibir una realidad alternativa por lo que descuidó sus movimientos y el ácido gorgoteó sobre su barba dejándole un profundo surco en la barbilla. Rodó sobre sí mismo hasta recuperar la cordura y arremeter un golpe violento que logró cerciorar tres de las extremidades de la bestia.

Micolash huyó y raptó a Annalise. Gherman y el padre Gascoigne acudieron al enfrentamiento entre Aileen y Micolash dónde en su locura este volvió a adquirir apariencia humana momento que aprovechó el padre Gascoigne para depositar en su cabeza la jaula de la Fe con la que contendría su poder mágico. Ante la mirada de todo el mundo el rey Henry acudió al pódium central de la plaza.

-          ¡Oh, dioses celestiales tomad mi sangre y acabad con esta locura! – Con una daga ritual se rasgó la comisura del cuello y lentamente vertió su sangre sobre los recipientes.

Un enorme ser amorfo con extremidades y alas parecidas a las de una serpiente descendió del cielo y devoró a Henry.

-          Mi nombre es Ebrietas, hija del cosmos. Acepto el sacrificio, Micolash será a partir de este momento el huésped de la verdadera pesadilla y sobre Yharnam habrá paz hasta que el ciclo renueve y un nuevo cazador participe en la cacería.
-          Maldita sea, enfréntate a mí – espetó Gherman.
-          ¡Oh Gherman! ¡Mi querido e inmortal Gherman! Tuya será la responsabilidad de perpetuar el ciclo de pesadilla.

Ebrietas desapareció y el padre Gascoigne seguido de sus acólitos felicitó a la princesa, y se acercó lentamente hacia Gherman.

-          ¿Comprendes que debo matarte?
-          Padre, ya cargo con la culpa de no haber parado a la pesadilla.
-          La perpetuarás y llenarás la Fe de monstruos. Ese Micolash, maldito hereje, si lo hubiese sabido antes… Ese no es el asunto, debes morir.
-          Mi sangre no solventará nada, y profetizado está que el próximo cazador acabará con la pesadilla. ¿Deseas matarme y no solucionar de raíz los problemas que nos aquejan?
-          Crees que soy tonto. No dejarás que tu verdugo acabe contigo.
-          Solo si no es digno.

-          ¡Ya basta! – gritó Annalise.- Ahora yo soy la reina del crepúsculo. Desapareced de mi vista. Necesito… Necesito… Soledad. 


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