martes, 25 de agosto de 2015

Steamboy y la moral científica

Steamboy y la moral científica

Hace poco me entró curiosidad por ver ‘Steamboy’ una película de animación de estética anime que recoge las desventuras moralistas del incipiente panorama científico que supuso la revolución industrial. El ideal de crear para servir al hombre, la inventiva como modelo de progreso social. ¿A qué clase de progreso nos ha llevado? Pues bien, si bien no lo matiza está película producida por Katsuhiro Otomo en 2004 plantea el debate del progreso como un bien benefactor de las grandes industrias que por aquel horizonte esbozaban sus proyecciones internacionales y maneja un deja vu hacia una posición intermediaria en la que deja entrever que el progreso es inminente y la forma en la que debe ser proyectado depende de las sociedades.



La trama tiene lugar en Alaska, Manchester y Londres entre los años 1863 y 1866, una época dorada para Inglaterra cuya reina, Victoria, disfrutaba de todas las ventajas heredadas de la “Pax Británica” tras la derrota de Napoleón en Leipzig y Waterloo. Pese a ello sufre toda una serie de anacronismos históricos que hacen de su contexto histórico un medio para implementar elementos de ciencia ficción –e incluso personalidades- que el devenir de la historia no debería situar en aquella época (algo similar a Bioshock Infinite, por lo cual no posee rigor histórico más allá de la estética y el contexto geocronológico). Un ejemplo de todo ello lo establece la conversión de Lincoln en el científico Robert Stephenson o la venida de jeques árabes (no olvidemos que se trata de época colonial) como accionistas. Un historiador podría realizar un ensayo de esta película titulado “como omitir cualquier rigor histórico”, aunque se le perdona por ser ciencia ficción sin mayores pretensiones contextuales –igual podría pertenecer a una dimensión alterna, puesto que la hibridación tecnología y biótica aún no existía-.










No hay mejor forma de expresar un argumento que un tráiler:



La estética abrumadora y cargada de detalles muestra panoramas victorianos de ensueño, un coloquio a la altura y una banda sonora magistral que poco o nada debe envidiar a productoras como Studio Ghibli. Estos condimentos hacen de la potencia visual un medidor de empatía que recrea una pretenciosa complicidad con sus personajes protagonistas (destacar que algunos de ellos se asemejan a las caricaturas que juegos como ‘El profesor Layton’ nos trae acostumbrados) que se adereza con una jugosa carga narrativa con cuyo debate inicie esta crítica, y no es para menos dada la tardanza de su realización –10 añazos- y la adopción por su preservada estética steampunk.






En definitiva:

1)     Abre un paquete de palomitas.
2)    Introducelo en el microondas y ponle 4 minutos.
3)    Recogelo e inicie la película.
4)    Reflexiona.
5)    Comparte.

7’5/10.



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