sábado, 18 de julio de 2015

La hermandad I: El nigromante

La hermandad I: El nigromante
Capítulo 1º. Los gwynt.

El viento azotaba con fuerzas las grandes estacas de madera clavadas sobre el yermo, reforzadas con argenta, y de cuyo extremo salía un enorme hilo de fuerza aurea que conectaba con cada punto de la montaña para evitar su destrucción. La noche comenzaba a desaparecer y junto al alba quedó al descubierto la rotura de una de las estacas, lo cual auguraba la muerte de un hermano. Los hermanos se reunieron en los grandes salones de mármol construidos bajo la montaña por los gwynt, sus ancestros, y tomaron bajo su poder el sagrado memorial. En solemne procesión prestaron su sangre en sacrificio del conocimiento y comenzaron a percibir su historia.

El eterno verdor de la región de Wynce situada en el páramo sur del reino confederado de Liet se consideraba obra de los mismísimos dioses. La fertilidad de sus cultivos, la infinidad de sus recursos e incluso la diversidad de su fauna constituían un objeto de codicia para el resto de reinos independientes que conformaban el continente de Ospentia. Las leyendas que una vez fueron ciertas hablaban de que realmente aquello era el paraíso de los gwynt dónde los humanos pactaron con las fuerzas de la naturaleza para lograr una simbiosis de beneficencia a cambio de ofrecer al primogénito de cada familia en sacrificio al cumplir los diez años. Era por muchos extranjeros considerada una costumbre bárbara que la dinastía de Liet cometía con suma devoción en cada una de sus generaciones, hasta ahora. El rey Peter III de la dinastía Liet XVIIIª tomó a su primogénito y ante la sala del consejo regio se negó a ofrecerlo en sacrificio. Los nobles comenzaron a estremecerse ante la afrenta a los gwynt y decidieron conspirar. Una fatídica tarde el general Priest tomó el castillo y cortó la cabellera del regente y de su familia a excepción del hijo. Por extrañas circunstancias la naturaleza lo había dotado de dos enormes astas que disponía por orejas y patas de cordero. Su mirada aunque inquietante no era contradictoria a los designios de la madre naturaleza disponiendo del atino de relegar la supervivencia de aquel fauno a los designios del bosque de Short.

El bosque de Short constituía el único lugar alejado del control monárquico y de cualquier viajero que se preciara pues nada en su interior discurría dentro de los márgenes de la normalidad. La guardia arrojó al joven fauno a las fauces de un destino voraz. Asustado y lleno de ira solo tenía predisposición para seguir adelante y afrontar su destino. Los árboles sollozaban a su alrededor clamando por la luz que les fue negada y una dulce melodía se hacía cada vez más fuerte. Unas sombras se difuminaron frente a él y de su interior emergió una rocambolesca figura ataviada de negro.

-          No sacrificado da un paso hacia delante. – Habló una extraña voz que parecía provenir de un leve susurro en su interior. – A partir de este momento serás conocido como Outlaw.
Se sentía lleno de ira, odio y desprecio hacia la humanidad lo que le impulsó a ofrecer un decidido paso y postrarse ante el espectro alado.
-          Solo deseo… Venganza. –Contestó.
-          Toma esta daga y vierte tu sangre sobre el recipiente de cobre. Tras la muerte hallarás la paz.

Tomó la daga y se hizo una abertura en el cuello. En silencio contempló como aquella obscena forma de vida a la que pertenecía se descomponía hasta perder el sentido de la existencia. Los gwynt habían jugado con su voluntad y lo habían transformado en uno de los suyos. Si algo hay que tener en cuenta de los gwynt es que solo comparten el nombre, puesto que en general son entes divinos movidos por fuerzas diferentes que penden de la naturaleza de todos los seres. La diferencia entre el ente y el ser es por tanto existencialista. El poder conllevó un enorme sacrificio y su cuerpo quedó relegado a una sombra ataviada de negro con dos enormes astas como únicas partes visibles.




Capítulo 2º. ¡Quiero ser monarca! 

Capítulo piloto, no subiré más de lo escrito.


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