jueves, 14 de mayo de 2015

Crónicas de un proscrito: El umbral perdido

Crónicas de un proscrito: El umbral perdido

Es sencillo recordar lo que ha de acontecer, y no necesariamente tiene porque ocurrir. La noche es cada vez más oscura y no hay nada que me impida desvanecer en sus delirios. La cabeza me daba vueltas y el corazón me sobresalta, cada latido es una condena que lastima mi espíritu y obliga a mi orgullo a replegarse de la vida. Maldije cada instante en el que Morie se aventuró a jugar. Nada está escrito.

-       ¿A qué no adivinas lo que tengo, cariño?
-       Morie, ¿eso es un dado maldito? No juegues conmigo.
-       ¡Oh, vamos! No seas plasta. Solo es una vieja antigualla elfica.
-       Mi padre murió…
-       Bue, bue, buee… ¿Te irás a casa llorando?
-       ¡NO ME INTERRUMPAS! – saltó enojado.
-       Me conozco esa historia. Esto es un juego, no la guerra.
-       Es peligroso, los elfos lo usan para capturar almas. Antes prefiero morir a quedar bajo el yugo de su esclavitud.
-       Muy filosófico, sí señor. ¿Recuerdas que fueron masacrados? NO EXISTEN.
-       Sigue siendo peligroso.
-       Muy bien, lo que tú digas. No loo… ¡Oh espera! Vaya, se me ha caído.
-       ¿Qué ha salido?
-       Un 27. ¿VES? No pasa nada.
-       Espera, ¿dónde estamos?
-       No seas ridículo…
-       No seas idiota, mira a tu alrededor. Todo es oscuro, y solo hay árboles y candiles.

Un enorme bosque de secuoyas se levantaba sobre nosotros. Sus troncos eran tan gruesos y sus ramales tan altos que no había posibilidad de albergar luz más allá de la procedente de claros dispersos. No era una oscuridad profunda, sino más bien escarlata, y en el centro de cada claro un pequeño candil emitía una centelleante luz plateada. Tenía la sensación de andar perdido en otra época, más salvaje y no por ello más peligrosa. Intuía sonidos extraños que me pusieron en alerta con el arco tendido sobre el antebrazo, y Morie estaba más hermosa que nunca al dejar que la brisa recorriese cada uno de las hebras de miel que conformaban sus cabellos al mismo tiempo que sus labios adquirían una contextura de cereza. Era una semielfa, la única subclase de elfos existentes en la actualidad. Conservaba la belleza de su raza opresora y por ello era marginada. Nos conocimos… Bueno, esa historia creo que la dejaré para otra crónica. El caso es que acabemos juntos como renegados.

Avancemos hasta llegar al segundo claro y montemos un campamento, que dado la escasez de equipaje no resultó ser más que una pequeña hoguera con un pequeño lecho creado con ramal y follaje de las encinas que había dispersas. No tardemos demasiado en caer presa del manto somnífero de la suave brisa nocturna. Al amanecer los primeros rayos escarlatas nos brindaron la oportunidad de conocer a un peculiar ser.

-       Estáis muertos.
-       ¿Tú crees? – respondió Maure. - ¿Y qué se supone que eres tú? ¿Nuestro verdugo?
-       ¡Oh, no querida! Yo también lo estoy.
-       Bienvenido al club de tarados – repuse.
-       Más vale que te expliques, o seré yo tu verduga.
-       Estáis en el umbral de la inmortalidad, el lugar dónde las ánimas de los muertos elficos descansan.
-       Genial, ¿acaso tengo cara de muerta?
-       Decidme pues, ¿qué hacéis aquí?
-       Esta preciosidad, se aburría, y ya sabes… Tiró el puto dado.
-       Cielo, eres un amor. Estoy dubitativa, ¿de verdad está mierda nos ha traído aquí?
-       Salió 27, ¿sabes lo qué es cosa rara?
-       Soy un enano, repite eso y te ensarto.
-       Y yo un proscrito, vuelve a amenazarme y antes de que mesas tu sucia barba te rebanaré la cabeza de un flechazo. Veamos, ¿plomo o plata? ¿Tienes alguna preferencia? ¿Qué opinas Adriana, digo Morie?
-       NO VUELVAS A LLAMARME CON EL SUCIO NOMBRE HUMANO. SOY MORIE NO ADRIANA. ¿Qué tal si le clavas el puñal?
-       Hecho.
-       Espera.
-       Sí, ¿puedes servirnos de algún tipo de utilidad?
-       Se lo que significa el 27.
-       No jodas, ¿y de qué se trata maese suciaco?
-       Un poco de respeto…
-       Repite eso, y cenamos enano a la parrilla.
-       Se trata de la condena número 27. En el libro de las profecías del maestre Mïnt se hablaba de un artilugio con el que rememorar el sufrimiento de un caído. Lo empleaban los elfos para generar disciplina entre sus mandos más jóvenes.
-       Morie, ¿eso es cierto?
-       ¿Y a mí qué me cuentas? Soy una bastarda.
-       Y vaya bastarda…
-       ¿Insinúas algo?
-       Nada.
-       Eso pensaba.
-       Explícate maese barbudo, y traduce esa milonga que pretendes colarnos.
-       Solo podréis escapar de aquí superando a la muerte. Buena suerte.
-       Suerte que deseo compartir contigo, serás el primero en morir. Venga, suelta ese juguete de metal y camina delante de nosotros. Un solo movimiento y servirás de abono al bosque.

El enano era patoso pero tenía un conocimiento bastante certero del territorio por el que se movía. Avanzábamos en círculos o esa era nuestra impresión. Por el camino centenares de muertos se levantaban para revivir sus muertes, ¿había algo más patético que eso? Lo cierto es que era un entretenimiento dentro del paseíto en aquel estrafalario lugar. Al final nos condujo hasta una especie de claro más grande que los anteriores con una oscuridad inquebrantable. Del claro emergieron figuras monstruosas que iban siendo repelidas con relativa facilidad hasta que conformaron un enorme dragón de fauces como dagas sedientas. Una centellada bastó para arrancarle la cabeza al enano, así que no nos quedó otra que ponernos a la defensiva. Maure invocó enormes bolas de escarcha que congelaron sus pies mientras que con el arco disparé dos proyectiles de mitrhil que quedaron enganchados entre las escamas. Desplegó las patas de la escarcha y agarró a Maure. Grité para atraerlo hacia mí y lancé dos dagas contra el vientre del gusano. Maure cayó muerta sobre mis brazos. Envuelto en ira vi nublado mi ser y arremetí con quebrantahuesos con tal vileza que la espada quedó clavada en el cuello del gusano. Sus ojos enrojecían y su sangre caía sobre mí en agonía.


La cabeza me daba vueltas y el corazón me sobresaltaba, cada latido es una condena que lastima mi espíritu y obliga a mi orgullo a replegarse de la vida. Maldije cada instante en el que Morie se aventuró a jugar. Nada estaba escrito. Hediondo y casi exhalando mi último aliento tomé el corazón de la bestia y lo mordí. El dolor se triplicó pero de mi volvió a brotar la vida. Tomé el cuerpo de Maure y vertí su sangre sobre su garganta, sus ojos grises se enfocaron fuertemente sobre mí y con sus brazos tomó con fuerza mi mano. El instante de celebración fue seguido de un desmayo y al despertar nos encontrábamos nuevamente a las afueras de Folkshire.


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