miércoles, 8 de abril de 2015

Cuando fui un perro...

Cuando fui un perro

No siempre fui joven, tuve que morir ocho veces para darme cuenta de lo que significaba la vida. Esa constante sensación de madurez subjetiva que las pautas morales marcan como modelo a seguir. ¡Menuda tontería! Lo fácil que era la vida por aquel entonces. Las mañanas cinematográficas que al alba parecían enfurecer y al sentido ennegrecer servían para despejarme de las migrañas del desfase del día anterior. Siempre enfurecido conmigo mismo, ¿por qué no podía ser eternamente joven como los aristócratas? Me hallaba indignado con la escasa relevancia social que mi baja cuna me había dado por ventura. Odiaba profundamente la segregación social. No alcanzaba a comprender la dinámica de complejidad de un mundo que me parecía tan ridículo como insustancial.

Si pretendo que esto sean mis memorias, tendré que presentarme. No soy más que nadie que pueda leerme pese a la fanfarria literaria que de mí se procese. Mi nombre es Leonardo Puzzi, sí, ese patético escritor que llegó a presidente del ministerio de asuntos extravagantes, ¿o eran asuntos internos? Mi infancia vino marcada por la búsqueda de lo imposible. Las calles me apadrinaron, y sin poder recibir una educación digna fui acogido por los grandes maestros de la vida. Escobar y Martínez, dos antiguos gerentes que habían sido enajenados y malvivían bajo el fondo de una botella de vino. No eran personas agradables, pero supe convivir con ellos. En dos años que estuve con ellos aprendí el significado de envejecer, y el secreto de la sociedad. No hay mayor alegría que la felicidad inmaterial. Por aquellos entonces discrepaba de todos aquellos asuntos, ni siquiera sabía lo que era la materialidad. Todo pasaba tan extrañamente rápido.

Un día mi vida cambió. Un hombre de 90 años, y con un rostro juvenil se paró ante mí. Me tendió una manta. Era raro, ¿cómo una persona tan mayor podía ser tan joven? No aparentaba mucho más de veinte años, pero había algo en él que difería del resto. La vida le había hecho estragos el alma. Se sentía difuso, y con intención de remediar su extraña vida. Se sentó junto a mí, y sacó de una elegante bolsa de terciopelo ocre un libro sobre la gran aventura del psicoanálisis. No emitió palabra alguna, ni siquiera una verborrea de júbilo. Guardé silencio, y observé maravillado aquél hermoso libro. Su portada raída de color azul estaba bordada con hilo plateado, y hojas trenzadas servían de porte a las enseñanzas que habría en su interior. Comencé a leer, y las lágrimas brotaron de aquel extraño individuo. Me levanté, y acto seguido tomó un frasco en cuya pegatina se podía leer ‘elixir’, acto seguido desfalleció. Con tan solo diecisiete años lo cargué sobre mi espalda y llegué hasta el antiguo centro de rehabilitación. Lo que ahora es un edificio abierto en aquellos entonces era una fortaleza. Los negros, personas ataviadas de cuerpo entero, bloqueaban la entrada a aquellos que no poseyeran números. Al ver el rostro marchito del hombre, en minutos hecho un cadáver, estallo una alarma. Uno de ellos me empujó como si fuese un animal, y se llevaron el cuerpo a la sala quirúrgica.

A partir de ahí entendí lo importante que era tener una identidad. Comencé lo que para muchos es una vida normal, para mi aquello era una vida de perros. Me dirigí rápidamente a la antigua mansión en la que pasé mis primeros años. Al llegar mis padres se alarmaron. Era comprensible. Me escapé con 8 años para ser feliz, y ahora veían en mí a un viejo joven. Desarrapado, desaliñado y rebosante de suciedad. Las criadas me llevaron a una especie de balneario dónde las aguas se enturbiaron. Me cortaron mi preciada melena, me secaron, y vistieron. Ahora disponía de un reloj que a partir de entonces me haría esclavo del tiempo, y una corbata tan ceñida al cuello que no se lo desearía ni al peor de los chuchos. Disfrazado de persona fue cuando sentí ansias por ladrar y llegar a tiempo a conocer la perspectiva de un mundo que me era bastante curiosa.

Acepté sus extrañas pautas de comportamiento pero rehusé de tomar elixires. No quería tener siempre 17 años como mis padres, quería envejecer, vivir, morir… Mi jerga no era la adecuada para ese mundo, pero mis ojos poco a poco se consumían entre libros de psicología, sociología y política. Cuando la vida real me hizo preso de la imposibilidad de vivir mi propio mundo, sentí la necesidad de proyectar algo que fuese más allá de esa razón tan inhóspita que Montesquieu en su día presentó como el fusil del hombre para alcanzar el progreso del conocimiento. Yo, yo mismo buscaría mi propio hueso. Una meta que mereciera ser vivida. Fue entonces cuando conocí a mi otro yo. Mi yo del espejo. Un personaje tan curioso como irreal a ojos de la consciencia. Lo observé detenidamente y comprendí aquello que mis siete vidas planteaban mostrarme.

¿Sabéis que una vez fui un delfín? ¿No es curioso como la libertad no entiende de fronteras cuánticas? Sir Thomas Flawkes, apodado el delfín de ultramar. Era un mundo muy diferente. La gente envejecía y vivía en plenitud sin importar su condición. Había un código de honor no escrito, y aspiraciones por las que miles de hombres ofrecían su voluntad sin desdén. Las costas del atlántico eran surcadas con violencia por una naturaleza que ponía a prueba el frenesí del hombre. En una pequeña parcela del terreno baldío entre nueva Constanza y liber pater había una pequeña pero fugaz embarcación que en autroros tiempos sirvió a la corona inglesa con sumo placer. La exigencia por parte de la madre patria le llevó a cuestionarse su propio sentido de pertenencia, y se halló sumido en las ansias de riqueza. Sus ojos ennegrecieron, y por su sable goteó la sangre de quienes no eran precavidos. Al romper el código de honor su vida fue a la deriva. La flota inglesa bordeó en tierra su tesoro, y sobre su último cañón una bruma de pólvora y esperanza barrió con maestría el horizonte.

Hubo un momento en el que llegué a dilucidar si aquellas historias que mi otro yo me transmitían eran reales o no. Quizá era un desdoblamiento de mi personalidad, quizá me estaba volviendo loco, o quizá fuera un genio. Daba igual, pensé que todos aquellos mundos de ficción deberían tener cavidad en el resto de mundos, así que escribí todo cuánto me era transmitido. Nunca antes había sido escritor, y desde entonces me afilié en las filas del patetismo literario.

Mi vida fuera de los mundos de ficción discurría en un sentido títere. Arrastrado por el pensamiento colectivo que cada vez afligía y cuestionaba mis pautas de actuación. Tanto leer a los grandes psicólogos me permitía descifrar el lenguaje oculto aunque en su praxis me volvía el ser más patoso del mundo. Tal fue así, que comencé a descuidarme y aspirar a una ambición que otros momentos y ahora me parece absurda.

Cinco años estudiando derecho e incrementando mi patetismo literario me llevaron a convertirme en aquello que siempre habría de odiar. Un ser moldeado a imagen y semejanza de los que los eternamente jóvenes esperaban de mí. Comencé a practicar sus hábitos y a perder la conciencia de la crítica. Recobré una razón metódica impartida, y olvidé el sentido del sentimiento. Había renacido por tercera vez en un mundo que imbuía mis constantes vitales hasta sentirme fuera de mi mismo.

El mundo se hallaba agitado. La gente pobre y vieja se echaba a las calles reclamando la dignidad perdida. Los ricos y jóvenes resguardados bajo la protección de los negros declaraban un estado policial y represivo. Sobre los gigantes de asfalto la ignorancia y la esperanza decaían a manos de quienes decían servir al pueblo. En aquellos momentos la crispación social me era indiferente. Acababa de ser ascendido a ministro de interior, y mi tarea era doblegar a aquellos que representaban todo lo que un día fui.


Cada mañana al despertar sentía que nada lo que hacía me llevaría a buen puerto. Esa toma de consciencia, y quizá remordimientos, se me olvidaban. Pasaban en desajeno ante una buena taza de café y el periódico. El consejo parecía confabular sobre el enriquecimiento de sus haciendas, mientras olvidaban que todo aquello era una burbuja que pronto no tardaría en explotar. Tal es así que la noche roja del 22 de Abril los cristales rotos del espejismo arquitectónico no allanaron mi preocupación, más bien confirmaron mi sorpresa. Viví aquello como un escarmiento. No éramos un mundo feliz. La felicidad era una cuestión relativa, y de unos pocos frente a la gran masa que demanda equidad y progreso. Los altos consejos del Estado no tardaron en destituirnos e iniciaron una labor represiva. Fue en ese momento cuando fallecí nuevamente. No podía seguir manteniéndome al margen de todo aquello. Había que actuar, y enmendar lo enredado.

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