martes, 21 de abril de 2015

Libreria Flash, Granada

Librería Flash

Deambulando por la Calle San Anton en Granada, entre la media de un café y un tiempo de espera para la cotidianidad, decidí pasarme por un pequeño rincón de estanterías con temática fantástica y de ciencia ficción. Tras un período de retorno a los clásicos necesitaba alguna novedad que me entretuviese así que decidí preguntar por las recomendaciones de un avezado librero con cierto ingenio a la hora de plantear estrategias de venta, atención al comprador y bagaje literario.

Los libros a los que me presté comprar por recomendación fueron:

-       Pohl, Frederik, 1977: “Pórtico. Los anales de los heeche.”

Sinopsis: un grupo de humanos descubre una base espacial, legado de una civilización huida de nuestra galaxia mucho antes del origen del hombre. Esa base abandonada es el misterioso Pórtico, que en otro tiempo se abría a todas las maravillas del Universo… y a todos sus horrores.

Sin haber profundizado y dado que se trata de una edición de Febrero de 2015 por la editorial Nova presenta un esquema coherente de ideas con una narrativa fluida, quizá adaptada a la novela actual. Desconozco por completo al autor que parece haberse conformado como una cabeza de la ciencia ficción mundial. ¿Será un digno sucesor de Asimov? Según el librero es una historia cerrada que dado su éxito se volvió trilogía.

Precio: 8 euros.

-       Canavan, Trudi, 2004: “Crónicas del mago negro I. El gremio de los magos.

Sinopsis: cada año los magos de Imardin se reúnen para realizar, junto con la guardia real, una gran purga en las calles de la ciudad: la vacían de vagabundos, pícaros y maleantes. Son maestros en las diversas disciplinas de la magia y saben que nadie puede oponérseles. Pero su escudo protector no es tan impenetrable como creen.

Porque Sonea, una joven de origen humilde, está furiosa tras ver que su familia y sus amigos van a ser expulsados de la ciudad. Toda la rabia acumulada por años de injusticia va concentrada en una piedra que Sonea lanza contra las fuerzas del orden. Para sorpresa de todos, la piedra atraviesa la barrera invisible y derriba a uno de los magos.

El peor de los temores del Gremio se ha hecho realidad: hay un mago sin educar en las calles. ¡Un mago fuera de la nobleza! Deben encontrar a Sonea cuanto antes, porque se trata de una persona con un poder tan enorme que, descontrolado, representa una amenaza tanto para quien lo posee como para el resto de la ciudad.

Se trata de una edición de Julio de 2014 de la editorial DEBOLS!LLO que aún no empecé. La recomendación me perfiló a la autora como una revelación australiana que se ha documentado durante décadas de aquello que no existe pero merece ser documentado, lo cual se tradujo en un éxito mundial que nos lo permite disfrutar en una edición económica y manejable. Espero que no defraude, puesto que esta saga parece que va de menos a más en calidad.

Precio: 9’90 euros.

-       Sanderson, Brandon, 2012: “El imperio final. Nacidos de la Bruma 1.”

Sinopsis: Durante mil años se han caído las cenizas y nada florece. Durante mil años los skaa han sido esclavizados y viven sumidos en un miedo inevitable. Durante mil años el Lord Legislador reina con un poder absoluto gracias al terror, a sus poderes y a su inmortalidad. Le ayudan los “obligadores” e “inquisidores”, junto a la poderosa magia de la alomancia. Pero los nobles han tenido a menudo trato sexual con jóvenes skaa y, aunque la ley lo prohíbe, alguno de sus bastardos han sobrevivido y heredado los poderes alománticos: son los nacidos de la bruma. Ahora, Kelsier, el superviviente, el único que ha logrado huir de los Pozxos de Hathsin, ha encontrado a Vin, una pobre chica skaa con mucha suerte… Tal vez los dos, unidos a la rebelión que los skaa intentan desde hace mil años, consigan cambiar el mundo y la atroz dominación del Lord Legislador.

Esta edición de octubre de 2014 por la editorial ediciones b la reservo para el final puesto que parece la más interesante, la más larga de las novelas con un total de 666 páginas y la primera recomendación.

Precio: 17’10 euros.

Os dejo el enlace a la página para aquellos que no seáis de Granada:




Saludos.

Chronicles of a reader.

Ciudad de cristal


Ciudad de cristal

Henry recogió el fichero del último caso para entregarlo a la cámara emisora de control. Con sumo cuidado lo envolvió en una fina película de papel cebolla y lo depositó en el receptáculo de emisión. Posó el dedo anular e índice sobre el detector, y marchó en dirección al depósito 14. Las instalaciones eran de dimensiones colosales pues simulaban el entorno vivo de una ciudad cuyos límites estaban bien definidos por extensas cristaleras que la separaban de un mundo baldío. Depositó sus pies sobre la calzada y mediante un comando de voz dio la orden de transportarlo hasta el depósito 19. Una vez allí tomó identificación de su número de serial y se introdujo sobre una cámara rellena de un líquido que transmitía potentes electrodos por medio de pulsiones electromagnéticas, cerró los ojos y se desconectó.

Al otro lado de la cámara emisora se situaba el bastión de control como una enorme elipse adornada de una arquitectura cristalizada que otorgaba resistencia y altitud. Su interior se estructuraba en una especie de red tejida en hebras que permitían el acceso a departamentos portables que se desplazaban rápidamente entre la planta una a diez. En la cúspide un enorme estudio teatralizaba una estancia robótica sobre la que un anciano atlante mantenido con vida gracias al desarrollo de nano tejidos saludaba con avidez a su nieta Alindra, la cual pelirroja y activa, quizá inquieta y de tez purpura tomaba sobre sus manos el peso de una esfera que emitía una extraña luz violeta. 

-       Alindra, cariño no toques eso. – replicó el anciano.
-       ¿Qué son? – preguntó interesada.
-       Una simulación.
-       Pues no tienen pinta de atlantes. –replicó con desdén.
-       Son terrestres, recreaciones de los últimos vestigios de la humanidad.
-       ¿Humanos? Abuelo, los humanos se extinguieron hace milenios. Son solo leyendas, e incluso he leído en algún manual que se está debatiendo sobre su existencia.
-       Una vez no fuimos muy distintos a humanos, parte de nuestra civilización contactó con ellos en un pasado muy remoto e incluso fundaron un pequeño enclave.
-       ¿Qué quieres decir?
-       Los humanos eran nuestros hermanos inferiores, el eslabón perdido. Seres racionales sin la capacidad de transmutar su mente y viajar en las postrimerías del espacio-tiempo.
-       No entiendo abuelo, ¿qué son exactamente?
-       Son cyborg con apariencia humana, su último vestigio y nuestra gran fuente de conocimiento. Todo esto que ves ante tus ojos recrea una ciudad, dentro de ella los cyborg recrean la actividad terrestre ofreciéndonos un museo vivo.
-       Esto es impresionante, ¿y para qué sirve?
-       Nos ofrece un testigo atemporal de aquello que desconocemos por olvido. Capsulas de aquello que nunca comprenderemos.

Alindra perpleja por el impacto de la colosalidad de la ciudad de cristal decidió aventurarse a explorar, y tomó un camino que simulaba la recreación de la vida doméstica de los humanos. Al entrar en una especie de estructura de adobe, enmarcada con vigas de madera, que servían a su vez de sostenimiento, y cubierto con revestimiento de cal comprobó como un extraño humano ataviado con una especie de coraza púrpura y falda sacaba de una especie de cámara, de la cual emanaba un gélido viento, una especie de receptáculo de vidrio que contenía una especie de refrigerio de consistencia gaseosa. La humano hembra ataviada con una falda decorada con círculos y rebordes de tejido calentaba la ducha mediante la fricción de piedras de composición volcánica. Alindra intentó llamarles la atención sin obtener una respuesta. Hiciese lo que hiciese parecían estar programados para ignorarla. Frustrada salió de aquella estructura y se encontró con una especie de humano ataviado con traje que se le quedaba mirando fijamente. No pestañeaba, y en su rostro una bucólica sonrisa comenzó a adquirir un matiz cada vez más siniestro.

-       ¿Puedes verme? – preguntó con voz pausada pero sin expresión.
-       Tú también tienes ojos, ¿acaso no puede verme extraña señorita?
-       ¿Qué eres?
-       Yo soy yo.
-       ¿Quién? ¿Yo?
-       Yo soy yo.
-       Eso ya lo sé, ¿humano?
-       Yo.
-       ¿Sabes responder alguna otra cosa?
-       Error. Puedo responder siempre que precise.
-       ¿Por qué estás aquí?
-       ¿Qué es aquí?
-       Hablo de la ciudad. Eres un cyborg.
-       No, soy humano.
-       No, los humanos eran seres vivos.
-       Yo estoy vivo.
-       No me refiero a eso. Abuelo dice que eran como nosotros, tú no eres más que una inteligencia artificial.
-       Te equivocas, soy humano. Tú no eres humana.
-       Soy atlante.
-       ¿Atlante?
-       Hija de las estrellas, miembro de la raza soberana del universo Andrómeda.
-       Tú hablar demasiado, ¿tú saber?
-       Bueno, adiós.
-       Espera. Llévame con el resto de humanos.
-       No puedo hacer lo que me pides, no existen.
-       Yo existo.
-       Tú no eres humano.
-       Te equivocas.

Alindra tomó el cyborg de la mano y se dirigió corriendo a una enorme torre decorada con extraños símbolos y dos lanzas puntiagudas que emitían un giro ascendente de izquierda a derecha. Allí un grupo de cyborg ataviados con trajes con símbolos extraños se enfrentaba en discursos absurdos para ganarse el favor de otros cyborg ataviados con taparrabos. El cyborg soltó su mano y su cara comenzó a emitir chispas hasta quedar en una expresión socarrona.

Por las radiales de las calles se trasladaban en masa dos brigadas ataviadas con un uniforme azul y verde, lo tomaron y resetearon su CPU mediante electrodos. Su mirada volvió a iluminarse adoptando un color rojo intenso.

-       ¿Se trata de un replicante? – exclamó un cyborg ataviado con un hábito marrón y plateado.
-       Parece ser una anomalía de conciencia, con reprogramarlo bastará.
-       ¿Quiénes sois?- preguntó Alindra.
-       Restauramos el orden entre los cyborg para que sus circuitos se acojan solamente a la recreación de la ancestral cultura humana. Si emiten pensamiento sería peligroso.
-       ¿Peligroso? ¿Para quién?
-       Para el legado, no olvide que se encuentra en un museo. Ahora si me permite, tendrá que acompañarme con su abuelo.
-       ¿Qué le harán?
-       Reprogramarlo, si vuelve a fallar será ejecutado.

Alindra tomó al desmemoriado cyborg de las entrañas metálicas que tenía como manos y se largo corriendo. Las brigadas del orden se dispersaron y corrieron tras ella, por lo que no tuvo más remedio que arremeter contra uno de los cyborg y montarse en un vehículo de dos ruedas que asemejaba a una especie de tronco-roca. Cuando llegó despistarlos se encerraron en una especie de zulo subterráneo dónde apenas alcanzaba la luz y comenzaron a andar por unas especies de canales radiales que parecían converger en una estructura dispersa y poblada por restos de cyborg inservibles.

-       ¿Qué te va a pasar?
-       Recuerda, yo humano.
-       ¿No habían borrado tu memoria?
-       Recuerda, yo humano.
-       Me pones de los nervios, ¡estás estropeado!
-       Mira, más humanos.

La oscuridad cedió ante miles de bombillas parpadeantes, y tras ella una tribu de cyborg surgió entonando una especie de ritmo tribal.

-       ¿Quiénes sois?
-       Los atlantes nos llamáis replicantes –respondió un cyborg de aspecto maduro y con la mandíbula descolgada.
-       No comprendo, ¿qué son los replicantes?
-       Tu abuelo inició un experimento a expensar del consejo para transmitir el reflejo de las emociones humanos en la inteligencia artificial. Lo tomaron por loco y pronto descartaron su proyecto. Poco a poco, y a expensas de la autoridad, tomó el control sobre un par de cyborg y les introdujo el genoma humano que una vez se fosilizó.
-       No entiendo, ¿qué os hace peligrosos?
-       ¿Peligrosos? Dependemos de vuestra energía, no podemos vivir sin vosotros. El hecho de que hayamos desarrollado inteligencia autónoma os hace plantear que seamos así.
-       ¿Qué mal puede haber?
-       Con una fuente de energía ilimitada seríamos inmortales e iríamos desarrollando conocimientos que nos son vedados. Por ello nos persiguen y corrompen con objeto de evitar que algún día resultemos una amenaza.
-       ¿Y ahora qué sois?
-       Estamos esperando nuestra muerte. En el momento en el que no quede energía moriremos.
-       ¿Estáis dispuestos a morir?
-       No hay alternativa, pero salva al replicante.
-       Yo, humano.

Un fuerte estruendo sobrevino de las estancias de arriba. Alindra volvió al departamento superior con el cyborg y llegó hasta el laboratorio de su abuelo. El suelo estaba quebradizo y un reguero de sangre mostraba el camino hacia un cadáver que yacía colgado. Alindra cargó sobre sus espaldas el cadáver de su abuelo y tomó con sus manos al cyborg, una vez conectó su mente con la materialidad circundante cerró los ojos fuertemente y retornó a su hogar de Palls. Tenía planteado acudir al concejo, pero antes debía enterrar a su abuelo según las tradiciones. Depósito su cadáver sobre la gran roca de Vulcan y extrajo las partes mecanizadas, inclinó su cabeza en señal de respeto y dejó que la madre tierra hiciera desaparecer el cuerpo hasta quedar en la nada.


Continuará…


miércoles, 8 de abril de 2015

Cuando fui un perro...

Cuando fui un perro

No siempre fui joven, tuve que morir ocho veces para darme cuenta de lo que significaba la vida. Esa constante sensación de madurez subjetiva que las pautas morales marcan como modelo a seguir. ¡Menuda tontería! Lo fácil que era la vida por aquel entonces. Las mañanas cinematográficas que al alba parecían enfurecer y al sentido ennegrecer servían para despejarme de las migrañas del desfase del día anterior. Siempre enfurecido conmigo mismo, ¿por qué no podía ser eternamente joven como los aristócratas? Me hallaba indignado con la escasa relevancia social que mi baja cuna me había dado por ventura. Odiaba profundamente la segregación social. No alcanzaba a comprender la dinámica de complejidad de un mundo que me parecía tan ridículo como insustancial.

Si pretendo que esto sean mis memorias, tendré que presentarme. No soy más que nadie que pueda leerme pese a la fanfarria literaria que de mí se procese. Mi nombre es Leonardo Puzzi, sí, ese patético escritor que llegó a presidente del ministerio de asuntos extravagantes, ¿o eran asuntos internos? Mi infancia vino marcada por la búsqueda de lo imposible. Las calles me apadrinaron, y sin poder recibir una educación digna fui acogido por los grandes maestros de la vida. Escobar y Martínez, dos antiguos gerentes que habían sido enajenados y malvivían bajo el fondo de una botella de vino. No eran personas agradables, pero supe convivir con ellos. En dos años que estuve con ellos aprendí el significado de envejecer, y el secreto de la sociedad. No hay mayor alegría que la felicidad inmaterial. Por aquellos entonces discrepaba de todos aquellos asuntos, ni siquiera sabía lo que era la materialidad. Todo pasaba tan extrañamente rápido.

Un día mi vida cambió. Un hombre de 90 años, y con un rostro juvenil se paró ante mí. Me tendió una manta. Era raro, ¿cómo una persona tan mayor podía ser tan joven? No aparentaba mucho más de veinte años, pero había algo en él que difería del resto. La vida le había hecho estragos el alma. Se sentía difuso, y con intención de remediar su extraña vida. Se sentó junto a mí, y sacó de una elegante bolsa de terciopelo ocre un libro sobre la gran aventura del psicoanálisis. No emitió palabra alguna, ni siquiera una verborrea de júbilo. Guardé silencio, y observé maravillado aquél hermoso libro. Su portada raída de color azul estaba bordada con hilo plateado, y hojas trenzadas servían de porte a las enseñanzas que habría en su interior. Comencé a leer, y las lágrimas brotaron de aquel extraño individuo. Me levanté, y acto seguido tomó un frasco en cuya pegatina se podía leer ‘elixir’, acto seguido desfalleció. Con tan solo diecisiete años lo cargué sobre mi espalda y llegué hasta el antiguo centro de rehabilitación. Lo que ahora es un edificio abierto en aquellos entonces era una fortaleza. Los negros, personas ataviadas de cuerpo entero, bloqueaban la entrada a aquellos que no poseyeran números. Al ver el rostro marchito del hombre, en minutos hecho un cadáver, estallo una alarma. Uno de ellos me empujó como si fuese un animal, y se llevaron el cuerpo a la sala quirúrgica.

A partir de ahí entendí lo importante que era tener una identidad. Comencé lo que para muchos es una vida normal, para mi aquello era una vida de perros. Me dirigí rápidamente a la antigua mansión en la que pasé mis primeros años. Al llegar mis padres se alarmaron. Era comprensible. Me escapé con 8 años para ser feliz, y ahora veían en mí a un viejo joven. Desarrapado, desaliñado y rebosante de suciedad. Las criadas me llevaron a una especie de balneario dónde las aguas se enturbiaron. Me cortaron mi preciada melena, me secaron, y vistieron. Ahora disponía de un reloj que a partir de entonces me haría esclavo del tiempo, y una corbata tan ceñida al cuello que no se lo desearía ni al peor de los chuchos. Disfrazado de persona fue cuando sentí ansias por ladrar y llegar a tiempo a conocer la perspectiva de un mundo que me era bastante curiosa.

Acepté sus extrañas pautas de comportamiento pero rehusé de tomar elixires. No quería tener siempre 17 años como mis padres, quería envejecer, vivir, morir… Mi jerga no era la adecuada para ese mundo, pero mis ojos poco a poco se consumían entre libros de psicología, sociología y política. Cuando la vida real me hizo preso de la imposibilidad de vivir mi propio mundo, sentí la necesidad de proyectar algo que fuese más allá de esa razón tan inhóspita que Montesquieu en su día presentó como el fusil del hombre para alcanzar el progreso del conocimiento. Yo, yo mismo buscaría mi propio hueso. Una meta que mereciera ser vivida. Fue entonces cuando conocí a mi otro yo. Mi yo del espejo. Un personaje tan curioso como irreal a ojos de la consciencia. Lo observé detenidamente y comprendí aquello que mis siete vidas planteaban mostrarme.

¿Sabéis que una vez fui un delfín? ¿No es curioso como la libertad no entiende de fronteras cuánticas? Sir Thomas Flawkes, apodado el delfín de ultramar. Era un mundo muy diferente. La gente envejecía y vivía en plenitud sin importar su condición. Había un código de honor no escrito, y aspiraciones por las que miles de hombres ofrecían su voluntad sin desdén. Las costas del atlántico eran surcadas con violencia por una naturaleza que ponía a prueba el frenesí del hombre. En una pequeña parcela del terreno baldío entre nueva Constanza y liber pater había una pequeña pero fugaz embarcación que en autroros tiempos sirvió a la corona inglesa con sumo placer. La exigencia por parte de la madre patria le llevó a cuestionarse su propio sentido de pertenencia, y se halló sumido en las ansias de riqueza. Sus ojos ennegrecieron, y por su sable goteó la sangre de quienes no eran precavidos. Al romper el código de honor su vida fue a la deriva. La flota inglesa bordeó en tierra su tesoro, y sobre su último cañón una bruma de pólvora y esperanza barrió con maestría el horizonte.

Hubo un momento en el que llegué a dilucidar si aquellas historias que mi otro yo me transmitían eran reales o no. Quizá era un desdoblamiento de mi personalidad, quizá me estaba volviendo loco, o quizá fuera un genio. Daba igual, pensé que todos aquellos mundos de ficción deberían tener cavidad en el resto de mundos, así que escribí todo cuánto me era transmitido. Nunca antes había sido escritor, y desde entonces me afilié en las filas del patetismo literario.

Mi vida fuera de los mundos de ficción discurría en un sentido títere. Arrastrado por el pensamiento colectivo que cada vez afligía y cuestionaba mis pautas de actuación. Tanto leer a los grandes psicólogos me permitía descifrar el lenguaje oculto aunque en su praxis me volvía el ser más patoso del mundo. Tal fue así, que comencé a descuidarme y aspirar a una ambición que otros momentos y ahora me parece absurda.

Cinco años estudiando derecho e incrementando mi patetismo literario me llevaron a convertirme en aquello que siempre habría de odiar. Un ser moldeado a imagen y semejanza de los que los eternamente jóvenes esperaban de mí. Comencé a practicar sus hábitos y a perder la conciencia de la crítica. Recobré una razón metódica impartida, y olvidé el sentido del sentimiento. Había renacido por tercera vez en un mundo que imbuía mis constantes vitales hasta sentirme fuera de mi mismo.

El mundo se hallaba agitado. La gente pobre y vieja se echaba a las calles reclamando la dignidad perdida. Los ricos y jóvenes resguardados bajo la protección de los negros declaraban un estado policial y represivo. Sobre los gigantes de asfalto la ignorancia y la esperanza decaían a manos de quienes decían servir al pueblo. En aquellos momentos la crispación social me era indiferente. Acababa de ser ascendido a ministro de interior, y mi tarea era doblegar a aquellos que representaban todo lo que un día fui.


Cada mañana al despertar sentía que nada lo que hacía me llevaría a buen puerto. Esa toma de consciencia, y quizá remordimientos, se me olvidaban. Pasaban en desajeno ante una buena taza de café y el periódico. El consejo parecía confabular sobre el enriquecimiento de sus haciendas, mientras olvidaban que todo aquello era una burbuja que pronto no tardaría en explotar. Tal es así que la noche roja del 22 de Abril los cristales rotos del espejismo arquitectónico no allanaron mi preocupación, más bien confirmaron mi sorpresa. Viví aquello como un escarmiento. No éramos un mundo feliz. La felicidad era una cuestión relativa, y de unos pocos frente a la gran masa que demanda equidad y progreso. Los altos consejos del Estado no tardaron en destituirnos e iniciaron una labor represiva. Fue en ese momento cuando fallecí nuevamente. No podía seguir manteniéndome al margen de todo aquello. Había que actuar, y enmendar lo enredado.

martes, 7 de abril de 2015

Memoria

Memoria

Imprecisiones de una realidad diluida en tintes coloridos,
Para una memoria de tonalidades vivaces y fluidas,
Que en pensamientos adormecidos,
Dejan la mente compacta.
Literatura de prosaica realidad,
Aurora de sentidos verídicos,
En cuya vertiginosa afinidad,
La estulticia esconde el hocico.
Trascendental y pernicioso,
Tiempo enmarcado,
Armonioso,
Acabado.