martes, 3 de marzo de 2015

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Despertares sombríos


El último rayo de luz reflejó el despertar sombrío de una perpetrada ciénaga. Habían pasado meses desde que la eterna oscuridad se hizo sobre Osthagard y ya ni siquiera recordaban lo que era la libertad. Los lascivos latigazos de una esclavitud en ciernes nublaban el juicio de cuántos habitaban en las profundidades sin que hubiera día que desearan librarse de aquellos malditos xenoformos que los habían arrastrado hasta las fauces del abismo para experimentar con los últimos vestigios de lo que muchos aún consideraban humanidad. La humanidad ya estaba perdida, desde hacía mucho. Eran apenas unas centenas al llegar y ahora podían contarse por decenas cuya merma se produjo en el momento en que les inyectaban protoformos. Las muertes eran desgarradoras, la carne se deshacía en hiladas que cercioraban los miembros hasta quedar desintegrados en cenizas. Los pocos que sobrevivieron fueron marcados con fuego candente y separados por nódulos comenzaron a experimentar profundos cambios que los fueron transformando en seres sombríos incapaces de soportar cualquier atisbo de esperanza.

La teoría de cosmos es algo compleja así que intentaré resumirla de la forma más sencilla posible. Compartimos un universo que se pliega para obtener una aceleración de la materia entre puntos opuestos lo que paradójicamente conforma una duplicidad infinita. En uno de esos universos los sistemas no son lugares habitables para la luz lo que favoreció el desarrollo y expansión de los xenoformos. Los xenoformos son conocidos como los habitantes de las tinieblas o como los moradores sombríos. No tienen forma, su existencia se basa en la materialización de la energía negativa y su fuente de motivación es la creación de cuerpos que les permitan materializarse. La humanidad constituyó un experimento fallido de conexión de universos. Los xenoformos se materializaban en el terror de los seres humanos de otros universos a través de sus pesadillas. Despertar no siempre es la opción más adecuada, y las muertes eran equivalentes en ambas realidades. Se concibió Osthagard como la prisión de los condenados, la mayoría de los que llegaron a esa prisión compartían una cosa en común: el tormento por un pasado que desconocían.


Nadie sabe como los xenoformos los eligieron ni las razones por las que fueron presos de aquella tragedia. El reflejo del último rayo de luz los hizo despertar y hallarse libres de las cadenas que manipulaban sus extremidades lo cual causó una fuerte conmoción. Los protoformos los habían consumido casi por completo causándoles un acusado dolor que acabó por sumirles en la inconsciencia. Sus mentes divergieron y se proyectaron hacia sus entidades humanas que al abrir los ojos emergieron como perturbadores en la rareza de la noche. Seres incapaces de soportar la luz protegidos al amparo de la noche. Eran los segadores de almas, los xenoformos.