miércoles, 1 de octubre de 2014

Peregrino

Peregrino

Desde la ventana había todo un mundo por descubrir. El sol alargaba sus brazos hasta reflejarse en el cristal e iluminar las entrañas de una habitación perenne. Era una habitación inamovible. Su interior se hallaba cerrado e impermeabilizado. En el suelo, algo convulso y alterado, un hombre se giraba sobre sí mismo. Corrompido por las pesadillas que le atormentarían hasta el final de su vida. No era capaz de hablar, y apenas podía ver más allá del reflejo que la luz proyectaba sobre la mampostería de azulejo. Consiguió erguirse sobre uno de sus pies. No logró mantener el equilibrio y cayó de bruces propinándose un severo golpe en la cabeza.

Una visión espectral asustó al hermano peregrino de la capilla de San Jorge. Con el crucifijo en una mano y el tembloroso temor en la otra, se plantó ante aquella aparición. En sus días como novicio había estudiado sobre la vida de San Antonio y las inspiraciones que la meditación contemplativa le otorgaba. Se preguntaba para sí mismo, ¿será designio del señor? Cogió la cantimplora y le dio un largo sorbo al vino. Una vez se hubo acercado comprobó  que se trataba de un extraño hombre cuyas ropas eran muy diferentes a sus hábitos. Era realmente extraño. Tendido en el suelo fue a levantarlo, y de sus pantalones de tejido grueso y almohadillado escuchó una extraña melodía en un idioma que apenas le era conocido. Considerándose tentado por la curiosidad creyó estar bajo el influjo del ángel caído y soltó al hombre de golpe. Este reaccionó y recuperó la consciencia.

  El extraño hombre sonrío y comenzó a caminar. Saltaba y brincaba. Giraba los brazos de forma enérgica, y levantaba su mirada más allá de la cordillera. El peregrino asustado preguntó sobre su procedencia. El hombre le dijo en un extraño idioma que hacía años había sido condenado a ser preso de la oscuridad. El peregrino no entendió lo que dijo pero vio en su rostro cierto hálito de esperanza. No sabía que pensar para sí mismo. Esa noche compartieron la comida y lograron comunicarse mediante señas.

A la mañana siguiente el hombre tomó una vara de encina y se colgó sobre su espalda un pellejo de agua. No lograba comprender dónde estaba, y ninguno de sus aparatos electrónicos le era de utilidad. Decidió acompañar al peregrino hasta su destino. En el camino respiró y observó parajes que hasta entonces su mente era incapaz de comprender. Por el sendero del viejo molino encendieron una hoguera que atrajo la atención de los moradores de la noche. Un macho alfa había sido destituido en la jauría de lobos y presa del hambre atacó el lugar de acampada. El peregrino tomó una antorcha para ahuyentarlo, pero el lobo se movía por instintos así que se abalanzó sobre su cintura emitiendo dentelladas rápidas que lograron herirle. El hombre caminó lentamente y forcejeó con el lobo para apartarlo del peregrino. Con sus manos tomó una de sus liebres y la introdujo en el lobo hasta que este desapareció.

En la madrugada tomaron el sendero del río nevado. El cauce disponía de un gran caudal y un arranque violento que anegaba las tierras circundantes. Las tierras pantanosas se hallaban sembradas de la muerte de su fauna por causa de las epidemias. El lugar comprendía un hedor destilado e hilarante. El hombre comenzó a experimentar un mareo. Mientras la cabeza le daba vueltas unas imágenes sobre su pasado se proyectaban en su cabeza. En una de ellas se veía así mismo recibiendo una condecoración por sus trabajos de infiltración. En otra contemplaba como era participe de un comando de operaciones dónde acribillaba sin impunidad a los civiles de un estado neutral con el objetivo de liberar unos rehenes que servirían de intercambio. En otra se veía a sí mismo enjaulado por un sistema de comandos especiales para su adiestramiento. Todas aquellas imágenes resultaban difusas e incompletas, había algo que no lograba comprender.

Una vez remontada la corriente llegaron a una ciudad pequeña e inhóspita. Las gentes se hallaban resguardadas en sus viviendas. Caminaron hacia el interior hasta hallar una especie de criba dónde un grupo de campesinos se enfrentaban al sheriff del lugar. El peregrino intentó mediar entre ambos contendientes. El hombre se alejó y tomó un AK47. Se acercó hacia la posición de ambos cabecillas y comenzó a disparar en el cielo. Perplejos, depusieron sus armas. El terror se asomaba por bandera haciéndole recordar aquellos crímenes y excesos de autoridad cuando se adueñó del control militar de un Estado sometido al terror. Volviendo a su realidad bajó el arma y decidió despedirse del peregrino. En ese instante se desplomó en el suelo y perdió la noción.

Al abrir los ojos no veía nada. Estaba siendo arrastrado hacia una especie de patíbulo. En la plena oscuridad y confusión el peregrino se presentó y le dijo antes de desaparecer que su hora había llegado. Sus recuerdos comenzaron a fluir en un baile de diapositivas, y escuchaba como clamaban la muerte de Strider. Un verdugo le quitó el saco de la cabeza, y fue atado en cada una de sus extremidades. Rodeándole una cúpula de soldados armados. No quiso suspirar, y bajo la presión de una bala de metralla directa en el corazón fue como Strider terminó su camino.


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