domingo, 19 de octubre de 2014

Máscara

Máscara

Teatro de sentidos, y percepciones,
Mascado en aguas de conspiración.
Un mundo de altas aflicciones,
En el escenario del anfitrión.
Toma la máscara sin dilación,
Ocultando su cercenada sonrisa.
Sus ojos aguileños cual briñón,
Clavan pensamientos en frisa.
Un carnaval de bohemia fachada,
Perceptor del mismo rol.
La oculta disposición calada,
Y plasmada con tornasol.
Silenciada y altanera función,
Que en humanidad rige,
Ocultada en un guión,
Y enmascarada se erige.



domingo, 12 de octubre de 2014

Mesura

Mesura

Cercenado cinismo de impetuoso ímpetu,
Aquel que en tiempo atesorado,
Prevé grandilocuencia por ventura,
Y locuaz sentido minado.
La intriga del desliz bucólico,
Que en una sonrisa pasajera,
Gesticula sin odio,
La afasia que contextúa.
La armonía medida a escala,
Cortés, y firmemente contenida,
Que clama en triunfal marcha,
Y en apariencias cedía.
La mesura de la sublimidad,
Que en gallardía se siente amparada,
Sin trabas, ni revés que librar,

De modalidades zafias.


En el ojo de la tormenta

En el ojo de la tormenta

La situación de alerta estaba alarmando a los bajos fondos. Cenceti no cesaba de mostrar el rostro fruncido frente a una camarilla de políticos que le exigían beneficios que no les pertenecían. Desde que empezó en el crimen organizado había tenido una pauta bien sencilla, la prudencia. Tomó la pluma del Don, pero en esta ocasión empleó el tintero rojo. Con minuciosa tranquilidad comenzó a escribir sus nombres e hizo un chasquido de dedos. Sus hombres acribillaron a los políticos en cuestión de segundos.

    La imprudencia no tardó tiempo en aparecer en el diario local, y los distintos clanes comenzaron a movilizarse en busca de su cabeza. Pese a su vejez Cenceti era ávido y promovió un fondo de reservas para el senador del distrito federal a cambio de inmunidad jurídica. La guerra estaba a punto de estallar en una ciudad sin esperanza.

El comisario convocó a las operaciones especiales al mando de Frank Spencer del FBI. Distribuidos por el puerto lograron el libre tránsito de la Donna china y arrebataron el control a los pandilleros del barrio de la triada. Un bucle con mirada felina se cernía sobre la sombra del Don. Cenceti no temía a la muerte, sino al caos. Criado en la crudeza de las calles siempre quiso convertir aquello en un lugar dónde el honor y el respeto evitaran situaciones viles. Había optado por su carrera en los bajos fondos hasta alcanzar la posición de Don, y desde entonces cualquier asunto recaía sobre sus manos.


En esta ocasión no estaba dispuesto a librar una batalla. Se puso el smoking y bebió su último sorbo de vino. Mientras se deleitaba con el clamor de la ópera se asomó a la ventana y sonrió. Bajó las escaleras y se presentó andando solo hasta las afueras del polígono industrial. Mientras fumaba su último habano una tormenta de metralla silenciosa asomó entre la aglomeración. Fue una fracción de segundo. Apartó su gabardina e hizo estallar todos los explosivos. Un delicioso espectáculo de fuegos artificiales estalló conglomerando ríos de sangre y puentes de pólvora. Después de aquello, se hizo el silencio. La esperanza volvió a emerger.

domingo, 5 de octubre de 2014

Doppelgänger

Microhistorias I: Doppelgänger

En las cercanías del viejo bosque del álamo verde Terry corría con los brazos extendidos en aspa. Le emocionaba sentir el placer de acariciar el viento, el roce de las hojas, el olor de la tierra y el tacto invisible de la naturaleza. Era su lugar en el mundo. Aquel sitio en el que su imaginación alcanzaba aquellas parcelas que los adultos le obligaban a ceder. Al llegar a la mitad del sendero el zócalo de piedra se abría ante un camino de tierra abierta por dos grandes surcos. El verdor daba paso a una exuberante vegetación desnuda y amarilla en su contorno. El silencio mecía cada uno de sus pasos temerosos de avanzar. Uno a uno el contorno de sus sentidos parecía difuminarse hacia un portal irreal. Un ondulado añil dibujaba una atmósfera que parecía soñada. Sentía temor por abrir los ojos y que aquella belleza resultara ser producto de un sueño caduco. 

Decidió no dar un paso más. Plantado en mitad de la nada, miraba hacia atrás y sus recuerdos afloraban como barcos de papel que navegan en el cauce del río hasta ser absorbidos por la corriente y formar parte de ella. Alzó los brazos y entre la abruma tomó el camino hacia los desconocido. La tierra volvía a ser frondosa. Enormes chopos le daban cobijo hasta una especie de cúpula vegetal en cuyo centro se hallaba un espejo. Terry se veía reflejado. Un extraño sentido de percepción le hizo palpitar. Aquél no era él. Al otro lado del espejo había otro mundo. Un mundo movido por constantes que atraen a los polos opuestos. Un mundo en el que la inercia y su magnetismo arrastraban a cada una de sus variables hasta conformar la unión. Terry forzó llegar a través de él hasta verse sumido por la angustia de lo desconocido. Tiró rápidamente, y cayó junto al espejo.

Los restos del espejo quedaron esparcidos. Una mano atravesó uno de ellos. Le realizó señas para que la estrechazara. Terry se incorporó y tomó la mano fantasmal del ente del espejo. Con fuerza se trasladó cerca de Terry. Era como la metamorfosis de una mariposa, un cúmulo de energía cercano a Terry y a la vez tan lejano. Era su Doppelgänger. Tras hiladas de asombro se desvaneció y volvió a quedar presa del mundo del espejo.







Afín

Afín

Equidistantes pasos,
Revestidos del ayer.
Tejemanejen lazos,
En hilado revés.
Apariencias disuasorias,
En realidades perceptivas,
Aforadamente notorias,
En pensamientos furtivos.
Cerciorada y limpia,
Oposición clarividente,
De lejana cima,
Escamosa liendre.
Palabras que dictan,
Concordancias afines,
Y con prudencia, resignan,
Revés que musiten.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Peregrino

Peregrino

Desde la ventana había todo un mundo por descubrir. El sol alargaba sus brazos hasta reflejarse en el cristal e iluminar las entrañas de una habitación perenne. Era una habitación inamovible. Su interior se hallaba cerrado e impermeabilizado. En el suelo, algo convulso y alterado, un hombre se giraba sobre sí mismo. Corrompido por las pesadillas que le atormentarían hasta el final de su vida. No era capaz de hablar, y apenas podía ver más allá del reflejo que la luz proyectaba sobre la mampostería de azulejo. Consiguió erguirse sobre uno de sus pies. No logró mantener el equilibrio y cayó de bruces propinándose un severo golpe en la cabeza.

Una visión espectral asustó al hermano peregrino de la capilla de San Jorge. Con el crucifijo en una mano y el tembloroso temor en la otra, se plantó ante aquella aparición. En sus días como novicio había estudiado sobre la vida de San Antonio y las inspiraciones que la meditación contemplativa le otorgaba. Se preguntaba para sí mismo, ¿será designio del señor? Cogió la cantimplora y le dio un largo sorbo al vino. Una vez se hubo acercado comprobó  que se trataba de un extraño hombre cuyas ropas eran muy diferentes a sus hábitos. Era realmente extraño. Tendido en el suelo fue a levantarlo, y de sus pantalones de tejido grueso y almohadillado escuchó una extraña melodía en un idioma que apenas le era conocido. Considerándose tentado por la curiosidad creyó estar bajo el influjo del ángel caído y soltó al hombre de golpe. Este reaccionó y recuperó la consciencia.

  El extraño hombre sonrío y comenzó a caminar. Saltaba y brincaba. Giraba los brazos de forma enérgica, y levantaba su mirada más allá de la cordillera. El peregrino asustado preguntó sobre su procedencia. El hombre le dijo en un extraño idioma que hacía años había sido condenado a ser preso de la oscuridad. El peregrino no entendió lo que dijo pero vio en su rostro cierto hálito de esperanza. No sabía que pensar para sí mismo. Esa noche compartieron la comida y lograron comunicarse mediante señas.

A la mañana siguiente el hombre tomó una vara de encina y se colgó sobre su espalda un pellejo de agua. No lograba comprender dónde estaba, y ninguno de sus aparatos electrónicos le era de utilidad. Decidió acompañar al peregrino hasta su destino. En el camino respiró y observó parajes que hasta entonces su mente era incapaz de comprender. Por el sendero del viejo molino encendieron una hoguera que atrajo la atención de los moradores de la noche. Un macho alfa había sido destituido en la jauría de lobos y presa del hambre atacó el lugar de acampada. El peregrino tomó una antorcha para ahuyentarlo, pero el lobo se movía por instintos así que se abalanzó sobre su cintura emitiendo dentelladas rápidas que lograron herirle. El hombre caminó lentamente y forcejeó con el lobo para apartarlo del peregrino. Con sus manos tomó una de sus liebres y la introdujo en el lobo hasta que este desapareció.

En la madrugada tomaron el sendero del río nevado. El cauce disponía de un gran caudal y un arranque violento que anegaba las tierras circundantes. Las tierras pantanosas se hallaban sembradas de la muerte de su fauna por causa de las epidemias. El lugar comprendía un hedor destilado e hilarante. El hombre comenzó a experimentar un mareo. Mientras la cabeza le daba vueltas unas imágenes sobre su pasado se proyectaban en su cabeza. En una de ellas se veía así mismo recibiendo una condecoración por sus trabajos de infiltración. En otra contemplaba como era participe de un comando de operaciones dónde acribillaba sin impunidad a los civiles de un estado neutral con el objetivo de liberar unos rehenes que servirían de intercambio. En otra se veía a sí mismo enjaulado por un sistema de comandos especiales para su adiestramiento. Todas aquellas imágenes resultaban difusas e incompletas, había algo que no lograba comprender.

Una vez remontada la corriente llegaron a una ciudad pequeña e inhóspita. Las gentes se hallaban resguardadas en sus viviendas. Caminaron hacia el interior hasta hallar una especie de criba dónde un grupo de campesinos se enfrentaban al sheriff del lugar. El peregrino intentó mediar entre ambos contendientes. El hombre se alejó y tomó un AK47. Se acercó hacia la posición de ambos cabecillas y comenzó a disparar en el cielo. Perplejos, depusieron sus armas. El terror se asomaba por bandera haciéndole recordar aquellos crímenes y excesos de autoridad cuando se adueñó del control militar de un Estado sometido al terror. Volviendo a su realidad bajó el arma y decidió despedirse del peregrino. En ese instante se desplomó en el suelo y perdió la noción.

Al abrir los ojos no veía nada. Estaba siendo arrastrado hacia una especie de patíbulo. En la plena oscuridad y confusión el peregrino se presentó y le dijo antes de desaparecer que su hora había llegado. Sus recuerdos comenzaron a fluir en un baile de diapositivas, y escuchaba como clamaban la muerte de Strider. Un verdugo le quitó el saco de la cabeza, y fue atado en cada una de sus extremidades. Rodeándole una cúpula de soldados armados. No quiso suspirar, y bajo la presión de una bala de metralla directa en el corazón fue como Strider terminó su camino.