lunes, 1 de septiembre de 2014

El mago chiflado

El mago chiflado

La tarde en el páramo era apacible para Wulf el velloso. Su nariz aguileña y su naturaleza huraña eran buenas amantes del trabajo bien recompensado. Todo el trigo había sido almacenado, disponiéndose a montar los aparejos sobre una mula, y marchar a Gong bajo el calor del hogar.

 Cientos de álamos se incendiaron abriendo el camino de la tierra yerma hacia los campos de Wulf. Un enorme amasijo de fuego y pelos fue a parar a los pies del enano. Wulf cogió el rastrillo y echó estiércol sobre el fuego hasta que este quedó difuminado y un hombre aparentemente de barro apareció ante sus narices.

-       Buenos días, enano. Soy Flin, ¿Dónde me hallo?
-       ¿Qué has hecho maldito animal? Mi tierra, mi tierra…
-       ¿Tierra? ¡Ah, sí! Espera, me sacudiré el barro.
-       Has incendiado mis tierras, ¿podrás pagarme?
-       ¿Dinero? Lo que vendo son palabras.
-       No me vengas con pamplinas.
-       No, mi buen señor enano. Soy un mago.
-       ¿Tú, un mago? Págame.
-       Solo tienes que decir que deseas.
-       ¿No es evidente? Oro.
-       Augstuh.
-       ¿Qué dices?
-       Ese es el nombre del oro.
-       No quiero su nombre, quiero oro.
-       Oro no tengo, lo que vendo son palabras.
-       Por Khort, lo pagarás.

Wulf agarró al supuesto mago y lo lanzó sobre el montón de estiércol. O eso creyó el avaro enano. Augstuh era el nombre del viento, quién lo transportaba siempre y cuando no fuese él quien lo llamara.

 Para Flin el mundo de la magia eran palabras y supercherías. Jamás había experimentado grandes proezas como los grandes, y jamás le hicieron falta. No quería llegar a nada. Para él, creer era poder. Aunque fuese el más inútil del mundo, creía que era un buen mago.

Las tierras del avaro enano quedaron muy atrás. El viento lo sacudió en las lindes de pardo seco, cercanas a Folk. No era una ciudad grande, pero sí lo suficientemente bulliciosa como para necesitar de sus servicios. Al llegar a sus gigantescas puertas muros de piedra escarlata amurallaban lo que parecía ser la entrada a la boca de un dragón. Los edificios se disponían blancos y esbeltos cuál fauces, mientras el estandarte del dragón rojo ondeaba por doquier.  Acudió a la plaza dónde los artistas vendían su espíritu.
Agitó las manos fuertemente y tiró una piedra sobre la que inscribió una runa. Centelleando, se elevó y absorbió en su núcleo toda una serie de materiales desechados hasta configurar una figura humanoide de semblante endurecido. Esa figura marchó corriendo por el mercado explotando sobre la tienda de una elfa silvana.

-       Mis arcos, y mis flechas. Te va a costar caro, maldito chiflado.
-       Puntas hirientes mi buena señora, nada más.
-       Probarás el filo de estas puntas, sino repones tu estropicio.
-        Las piedras no son buenas consejeras, es a ellas a quién debéis culpar.
-       Sinvergüenza, devuélveme lo perdido.
-       No tengo con qué pagaros.
-       Entonces, trabajarás para mí.
-       ¿Y qué desea la buena señora?
-       Recoged las mellas, afilad las puntas y traed madera.

Flin agitó su rama de sauco y gritó enfervorecido hasta quedarse atónito. La madera ensamblaba el metal, este se afilaba y por último se disponían sobre escombros con forma de urna. Las piedras volvieron a tomar vida, y el golem de la nada surgió.

Sus ojos brillaban más sus movimientos eran toscos. La vida de dónde emanaba, fluía y desaparecía. No dispuesto a retroceder, agarró lanza hiriente y sujetó a Flin del mentón.

-       Dadme vida, dadme vida.
-       Nada que no esté escrito puede vivir.
-       Escribir, escribir.
-       No soy un cronista, valeroso golem.
-       Pues tu alma arrancaré.
-       Está bien, está bien… Petrogk. Bienvenido a la vida, valeroso golem.

El viento volvió a ser invocado y de su estruendo trajo consigo  a Wulf el velloso. Golem, elfa, enano y mago juntos palabras arribaron, y pusieron su esperanza en el desenlace oportuno. Unidos por conveniencia partieron al bosque de Olaf dónde la ninfa áurea aguardaba en milagrosa impiedad.
Atravesaron bosques cantores y riachuelos de escala plateada, las montañas eran azules y los cielos dibujaban senderos sinuosos. El día se hacía noche, y la noche eternidad. Al fin abandonaron las páginas escritas y llegaron al bosque de Olaf.

Flin esgrimió profundas palabras carentes de significado, y tras una cortina de estrellas apareció la ninfa áurea.

-       ¿Qué buscáis conocer aguerridos aventureros?
-       Aquello de lo que no disponemos.
-       Oro.
-       Aventuras.
-       Vida.
-       Las palabras ya están escritas.
-       ¿Qué dices?
-       Habéis atravesado los confines de la imaginación para pedir cosas que ya tenéis.
-       Mi magia es una falsa, ¿cómo voy a dar vida a las piedras?
-       Quiero vivir.
-       Mis tierras fueron arrasadas por un chiflado, quiero oro.
-       Me aburro en una ciudad trivializada, quiero aventuras.
-       De tus palabras emanaron piedras en movimiento, vida. Tus tierras son fértiles, y tras los escombros siembra hallarás. Has vivido mil aventuras al llegar aquí. No comprendo la naturaleza de vuestra petición. Todo está escrito, y lo que no vuestros actos lo harán.


La compañía se retiró, y Flin volvió a llamar al viento. Se dice que desde entonces un mago chiflado con ínfulas de poder recorre los horizontes en busca de historias que escribir.


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