lunes, 15 de septiembre de 2014

Babilonia

Babilonia

La barcaza de John no era más que cuatro maderas sujetas con cordeles de esparto. Nada más que tesón y aplomo frente al venturoso y libertino océano. Amarrado sobre las estacas salientes de savia endurecida surcó sus brazos a la orilla y comenzó a remar hasta que el hambre y la sed hicieron mellar su voluntad.

Al abrir los ojos contempló mareado como había arribado sobre una especie de isla de grandes sillerías y maleza por doquier. Su cuerpo era más pasto de las criaturas carroñeras que junto a él moraban que de su propia voluntad. Tambaleándose agarró una astilla a la que prendió fuego con un poco de licor y yesca, y la agitó fuertemente hasta disipar las sombras de la muerte. Arrastrándose tras el haz de luz que desprendía la antorcha logró contemplar lo que eran las ruinas de una antigua colina.

El sendero cesó de mostrarse, e imponente escombros de materia sinuosa se vislumbraron delante. Un añil azulón de matices plateados se moldeó hasta crear la figura de una mujer de rostro sollozante y oscuros rizos desencadenados. Con un ligero movimiento de muñeca le hacía gestos para que John se acercara a tomarla. Sus ojos no veían en aquello más que un milagro. Siguió sus pasos y al alzar el brazo aquella efigie desapareció.

Se hallaba sobre jardines florales repletos de suculento fruto y embaucador aroma. Gozando de aquellas lindes tomó cuanto necesitó para poder erguirse nuevamente y adoptar el semblante victorioso que en tantas otras batallas había portado. John era un superviviente de cuya homérica odisea se proclamaba el vencedor.

Orgulloso de su proeza más inmediata entró a una especie de palacio dominado por la escoria y abandonado por el tiempo. Imaginaba joyas, oro… Y aquello imaginado pretendía hacerlo suyo. Nuevamente aquella mujer de luz volvió a indicarle el camino de salida. Rehusó, y siguió explorando lo que por destino habría de otorgarle la riqueza. Al llegar a una especie de salón columnado y revestido de imponentes relieves tomó sobre sus manos una bolsa de incuestionable valor.

Emergieron millones de espectros encadenados arrastrando su incauta alma hacia una especie de corredor. La desesperación fue pausible, y la mujer volvió a aparecer. Ante sus ojos mostró el rostro carente de ojos y de carne. Era la muerte a quién John guiaba sobre su corredor.

Liberado nuevamente de tal martirio la parca se materializó en un basilisco que se enrolló sobre sí misma y con ávida rapidez alcanzó a su presa. Nuevamente inconsciente.


Cuatro maderas y cordeles de esparto surcaban las aguas sobre el horizonte de las ánimas. Sobre ella había un espectro arrodillado contemplando con calma como al fin sería el dueño de su propio destino.

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