viernes, 8 de agosto de 2014

Make it better

Make it better

El pequeño John era muy curioso. Sobre la repisa de la mesa de su abuela había una foto de un hombre de cabellera larga, y barbudo, que le llamaba la atención.

-       Abuela, ¿quién es?
-       John, ese es tu abuelo.
-       ¿Qué le pasó?
-       Antes el mundo era diferente. No había cura, tu abuelo murió intentando hacer del mundo un lugar mejor. Ven, siéntate. Es una larga historia.

Todo comenzó cuando me quedé embarazada de tu padre…

-       Ni un respiro John. Lo único que hacemos es huir, ¿es esa la vida que nos espera juntos?
-       Hacemos lo correcto.
-       Hacemos lo correcto, ¿pero tú te has oído? Lo correcto sería encontrar un hogar, y vivir. VIVIR JOHN. ¿Tan difícil te resulta de asimilar?
-       Muy bien Tris. Alúmbrame, ¿qué hacemos?
-       ¡Eh! Yo pongo la idea.
-       Ni que eso fuese tan fácil. Mira a tu alrededor. No hay vida.
-       Yo no estaría tan segura.
-       Pero, ¿qué dices? Estamos atrincherados en un edificio derruido velando por seguir vivos mañana. ¿De verdad no lo ves?
-       ¡De verdad no lo ves! ¡De verdad no lo ves! Estoy…
-       Shh… Son chasqueadores.
-       ¡Joder!
-       Mantén la calma, vayamos por las tuberías.

El edificio parecía una enorme orquesta macabra. Inquietantes sonidos lo recorrían mientras la naturaleza hacía de su composición estragos. Era un mundo difícil, pero el único que John y Tris conocían.

John se cubría su melena morena y descuidada con una cinta y recubría su rostro de pintura. Dado que superaba los cuarenta años compensaba su escasa movilidad con unas artes asombrosas para ejercer el sigilo. Por su parte Tris tan solo sobrepasaba los treinta, tenía el pelo corto y compensaba su imprudencia con una puntería endiablada.

Corrieron bajo el edificio hasta lograr llegar a la red de alcantarillado. Parecía desprovista de suministros por lo que optaron por salir en el día, y tomar dirección a Boston.

-       Al fin hemos llegado John. Boston será nuestro hogar, ¡NO LA CAGUES!
-       Nos obligaran a servir en las milicias, ¿es eso a lo que llamas estabilidad?
-       En eso consiste la vida en sociedad John. Trabajar y olvidarse de las preocupaciones. Se acabó ser supervivientes, ahora albergamos esperanza.
-       No sé Tris, en Luisiana hubo toque de queda. ¿Recuerdas por qué huimos?
-       Lo recuerdo, fue un error.
-       No sabes lo que dices…
-       Sí que lo sé John. Toca mi barriga. Tenemos un hijo. Si no aceptamos vivir con las milicias, ¿qué esperanza crees que tendrá? Sin leche, sin comida, sin nada John.
-       Si esto es lo correcto, espero que tengas razón.
-       Pues claro John. Venga, pasemos dentro.

La ciudad de Boston se hallaba fuertemente fortificada. Altos muros de paramento conformaban tres hiladas defensivas repletas de artillería. El umbral de acceso era subterráneo. Daba la impresión de convertirse en un mundo propio.

-       Bueno, no hagamos esperar esta locura.
-       Ten fe John.
-       Eso intento.
-       ¿Pasaporte?
-       Aquí tiene, somos supervivientes de Luisiana.
-       Pasen por la sala 4, si son aptos podrán vivir en Bostón.

El complejo de entrada parecía una enorme galería excavada en el subsuelo dónde se disponían parte de los suministros destinados a la defensa. En la sala 3 mataban a los infectados, y estudiaban sus anomalías. Parecía una carnicería, daba auténtico estupor. La sala 4 estaba vacía. Al entrar una bombilla alumbró el interior de la estancia, y apareció el capitán Ford.

-       Dejemos las cosas claras desde un inicio, ¿estáis infectados?
-       No.
-       Desnudaos.
-       Un momento, estoy embarazada.
-       Muy bien, no podrías estarlo si estuvieses infectada.
-       Y tú, chico.
-       Es usted más joven que yo, capitán.
-       ¿Cómo te llamas?
-       John.
-       Muy bien John, ¿y qué tal se te da el arma?
-       Si intentaras algo, acabaría contigo. ¿Responde a su pregunta?
-       Vaya, vaya chico. Tienes agallas.
-       Llámame John.
-       John, si quieres que tu mujer sea atendida te alistarás en la milicia. Vendrás conmigo, tengo algo muy especial para alguien como tú.

Los días parecían volverse aburridos en la tranquilidad de la monotonía. El talento de John le permitió acceder al concejo de la ciudad, mientras que Tris parecía inconforme con el trato que le ofrecían.

-       John, quieren a nuestro hijo.
-       Ya te dije que solo podemos confiar en nosotros mismos.
-       Siempre albergo esperanza.
-       Esta es la esperanza que albergamos, seguir vivos. El mundo se fue a la mierda desde que la mutación del épola convirtió a los infectados en muertos vivientes. No sabemos cuánto nos queda. Las personas se han vuelto desconfiadas, caprichosas y han despertado su instinto primario: la violencia.
-       ¿Algo podrás hacer? Estás en ese puto concejo.
-       ¿Y qué quieres qué haga? ¿Qué vaya con una metralleta y me los cargue a todos?
-       Si por algo te quise, es porque siempre te esfuerzas en lograr hacer lo correcto.
-       No es tan fácil está vez. Estaríamos muertos de intentar cualquier cosa.
-       Huyamos de aquí John.
-       Esperemos a que el niño nazca.
-       Tengo los suministros para alimentarlo meses. Hagámoslo ahora.
-       Joder, es muy precipitado Tris.
-       Está bien, iré yo sola.
-       Tris, no hagas ninguna locura. Baja el arma.
-       No les daré a mi hijo.
-       Baja el arma. Está bien, saldremos de Bostón.

La noche solía disponer de un toque de queda con dos helicópteros patrullando la ciudad. Salieron corriendo por los tejados hasta llegar al yermo. El yermo era un antiguo barrio derruido que no se reconstruyó por falta de recursos. Tenían varios accesos por los que tomaron una galería que los condujo a la antesala de control.

-       Estáis muertos.
-       No, tú lo estarás.
-       ¿A dónde creéis que vais?
-       Nos vamos de este puto infierno.
-       Mira, bajaré el arma. Ves. Ahora daos la vuelta.
-       ¿Qué estás haciendo?
-       Un gesto y no saldréis de aquí.
-       ¿Qué pretendéis?
-       ¡Oh, vamos! Sois vosotros quiénes incumplís la ley. Una ejecución siempre sirve de ejemplaridad pública, a menos que nos cedas a Tris.
-       ¡Qué dices maldito imbécil!
-       Tris cálmate, ¿para qué la queréis?
-       Necesitamos milicianos, y eso es algo que sólo las mujeres pueden ofrecernos.
-       ¡Bastardo, quítame las manos de encima!
-       Ahora mismo se está librando una guerra civil en Bostón, vosotros elegís el bando.
-       Déjanos marchar, y mataros mutuamente si queréis. No tenemos nada que ver.
-       No podemos hacer eso, y lo sabes John.

John desenfundó, y le pegó un tiro al suboficial Steinmann. Aprovechó el descontrol para salir corriendo con Tris no sin que una bala le alcanzara la espalda.

-       Estáis bien, chicos.
-       John está herido. ¿Qué coño está pasando aquí?
-       Habéis elegido un mal día para salir de la ciudad. Ha habido una revuelta, y se ha liado una guerra civil. Si ganan, esta ciudad será presa de la violencia.
-       Nosotros no tenemos nada que ver, déjenos marchar.
-       Ahí está la salida. John no durará mucho tiempo, apenas le quedan horas. Esa bala debe haberle rozado los órganos vitales.
-       Yo. Lo siento Tris. Tendrás que cuidar sola a ese pequeño granuja.
-       Ni hablar. No nos dejes, maldita sea.
-       Siempre… Podrás hacer lo correcto Tris. Ahora déjame morir en paz, no deseo convertirme en un maldito infectado.
-       ­ ¿Qué paso después?

-       Tu abuelo murió, y luché para hacer de esta ciudad un lugar más bonito dónde vivir. Anda, tráeme el casete y ve a jugar un rato.

domingo, 3 de agosto de 2014

Enigmia

Enigmia

Enigmia. La ciudad que siempre brilla. Nunca comprendí esa definición, me parecía un lugar de lo más común. Aunque a veces una urbe puede ser tan confusa como desafiante. Enigmia tenía ese “algo” especial. Cuando comienzas tus andanzas estás deseando escapar de ella, y cuando te marchas lamentas haberlo hecho. Cuando llegué no recordaba quién era y pronto me adapté a su forma de vida.

-       ¿Dónde estoy?
-       Parece que te has dado un buen golpe. Esta gran ciudad es Enigmia.
-       Es extraño, no recuerdo nada.
-       ¿Cuál es tu nombre?
-       Tampoco lo recuerdo.
-       Vaya, sí que tienes un problema. Yo me llamo Sam. Será mejor visitar a Flora, sabrá cómo ayudarte.

Estaba tendido, y no tenía en el bolsillo nada que llevarme a la boca. Las libras no eran canjeables en ese mundo. Salí corriendo tras Sam. Aunque realmente no me costaba ir a su paso. Era un chico rubio y robusto, con una sonrisa bucólica y más inteligencia de la que aparentaba. No parecía ser de clase alta dadas sus ropas raídas.

La calle principal estaba empedrada con grandes sillares de rocas de color. No había ningún color que no apareciese en ella, ni tampoco sillar cuyo color se solapase. Los edificios eran altos, finos y esbeltos. Sus tejados eran planos y conformaban terrazas dónde la gente solía circular en busca de emoción. A medio camino de la plaza y la explanada del gran castillo, estaba la tienda de flora. Centenares de rosas y azucenas cubrían sus zócalos, y una cortina realizada con ramas floradas daban acceso a su interior.

-       Sam, ¿cómo estás? ¿Te han hecho algo?
-       Tranquilízate hermana, estoy bien.
-       Cuánto me alegro… ¡Un momento!
-       No, es ningún mercenario.
-       Mm… Eres muy inocente Sam. Entra dentro.
-       Pero…
-       No hay peros, jovencito.
-       ¿Tú? ¡¡Fuera de aquí!!
-       No recuerda.
-       ¿¡Cómo dices!?
-       Hermana, ¿te acuerdas de nuestra llegada a Enigmia?
-       ¿Tú? ¿No tienes voz? Defiende tu honor, ¿quién eres?
-       Eso quisiera saber yo…
-       Está bien, puedes pasar. Pero no te tomes confianza. Trabajarás para mi, y cuando descubras quién eres te irás.
-       Entendido. Gracias.

Flora puede parecer dura, pero fue muy acogedora. Era pelirroja, de constitución fuerte y ojos brillosos. Parecía mentira que ella y Sam fuesen hermanos. Al principio aprendí de herbología, y poco después mis esfuerzos se centraron en poder dar fruto con mis manos a la tierra. Pasaban los días, y poco a poco comenzaba a sentir que yo pertenecía a Enigmia. Sentía que mi lugar estaba allí.

-       Sam, cada día que pasa os veo como mi familia. Llevamos unos años juntos, pero siento que Flora y tú lleváis toda la vida conmigo.
-       Hace tres años que te encontremos.
-       Sigo sin recordar nada, pero siento que eso ya no me importa.
-       Eso pasa al principio, aquí somos felices sin ser dueños de nuestro destino.
-       ¿Qué quieres decir?
-       Pregúntaselo a Flora.

Habían pasado dos años desde que comencé mi vida, y esa noche tomé el valor suficiente para acercarme a Flora y preguntarle. Sollozaba en su habitación haciendo que sus lágrimas diluyeran el último recuerdo de su pasado.

-       ¿Es mal momento?
-       ¿Tú qué crees?
-       Lo siento, no quiero molestar.
-       Ya lo has hecho, ¿qué querías?
-       ¿Dónde estamos realmente?
-       Llevas dos años, ¿y aún así no sabes dónde estás?
-       Sé que es Enigmia, pero nunca he tenido tiempo de conocer esta ciudad. Cada día que pasa me siento más apegado a ello, pero siento que mi yo del pasado y actual viven en dos mundos radicalmente opuestos.
-       A Enigmia llegas, y de ella nunca sales.
-       ¿Qué quieres decir?
-       Pareces algo cortito. Todos llegamos de algún lugar, pero pronto olvidamos.
-       Sam me comentó que no somos dueños de nuestro destino.
-       No, lo somos. Cronista es quién ejerce su voluntad.
-       ¿Es el rey?
-       Yo no lo llamaría así. Quizá déspota.
-       ¿Qué quieres decir?
-       Los caballeros son un grupo de mercenarios que recaudan los impuestos, y nos hacen llegar noticias sobre nuestro futuro. Estás noticias son repartidas en panfletos dónde se narran acontecimientos que acontecerán.
-       Es algo confuso. Parece que somos parte de una historia.
-       Así es, y no hay nada que podamos hacer.
-       ¿Tú te has escuchado? Podemos investigar.
-       ¿Y acabar desapareciendo?
-       ¿Qué quieres decir?
-       Aquellos que se enfrentan a la autoridad de cronista desaparecen, y al cabo de los días olvidamos que existieron.
-       Eso es cruel, pero considero que hay que resolver este acertijo. Todo esto escapa a la lógica.
-       ¿Cómo piensas hacerlo, figura?
-       Preguntando, ¿quizá tengas alguna idea mejor?
-       Puede ser.
-       ¿Lo harías?
-       Quiero volver con mi familia.

A partir de aquel momento me hice pasar por cronista. Pocos conocían mi identidad, y nadie se atrevía a cuestionarme. El verdadero cronista no daba señales de amenaza ante mi presencia, así que opte por trasladarme a su palacio. Flora y Sam fueron nombrados paladines. Disponían de un grado superior a caballeros, y el mando sobre estos.

Enigmia se volvió un lugar mejor bajo mi mando, o eso pensé. Lo único que hacía era jugar a ser quién no era. Estaba retrasando lo inevitable, el final de aquella historia. Poco a poco la normalidad imbuía la rutina, y la tranquilidad traía perturbadas pesadillas sobre mi pasado. Veía a una niña sollozar, a una mujer que gritaba, y alguien de cuyo cuerpo emanaba sangre. En una de esas pesadillas un enmascarado mantuvo una conversación de lo más inquietante.

-       ¿Crees que estás atormentado? Pues no has visto nada.
-       ¿Eres cronista?
-       Escribí que debías de ocupar mi lugar, pero estás llevando la destrucción a esta ciudad. Si recuperan sus recuerdos, desaparecerán.
-       ¿Qué quieres decir?
-       Tú estás siendo un desenlace oportuno, ¿a qué juegas?
-       Sólo pretendo saber quién soy.
-       A veces la vida nos da segundas oportunidades, ¿por qué os centráis en hacerlas desaparecer?
-       Lo mejor siempre es enfrentarse de frente a los problemas, y asumirlos.
-       Lo correcto no siempre es lo que uno cree.
-       Sí es fin está cerca, que así sea.
-       ¿Y después qué? Te arrepentirás.
-       Puede que así sea, pero ahora no lo hago.
-       Habla claro.
-       Los recuerdos son el motor de Enigmia. Sí la gente cree que esta vida no les pertenece desaparecerá. Volverán a sus antiguas vidas. Enigmia se desvanecerá, y pronto esta historia será olvidada.
-       Deberías dejar que el río siga su cauce.
-       Vaya,  sí que te has vuelto un filósofo. Un escritor siempre busca que su historia perdura.
-       Esta no es tu historia. Estás robando la vida de personas que sí tienen su propia historia para crear algo artificial por tu capricho.
-       Capricho o no, te otorgo el final. Espero que tengas el coraje de afrontarlo.

Me levanté convulso, y salí al balcón. La ciudad era un caos. Muchos comenzaban a recuperar la memoria y decidían huir de Enigmia sin importar las consecuencias. Otros parecían volverse locos por momentos. Otros simplemente desaparecían. Recordé a Flora y Sam, y mandé a los caballeros a una audiencia.

-       Flora, Sam estáis bien.
-       Claro, ¿no serás el responsable de lo que está pasando en la ciudad?
-       Debemos hablar.
-       Vaya, ya lo creo que sí. ¿¡Qué está pasando aquí!?
-       La gente. Está empezando a recordar.
-       Vaya, eso es maravilloso.
-       Sí lo hacen… Enigmia desaparecerá.
-       Todo esto comenzó por ese motivo, ¿o es que acaso el tintero te nubla el juicio?
-       No sé qué es lo correcto.
-       Esto es lo correcto.
-       ¡¡Aww!!
-       ¡¿Qué-Qué te ocurre?!
-       E-Estoy bien.
-       No, no lo estás. Estás en el suelo aquejándote de dolor.
-       Noto como si me hubiesen atravesado el corazón.
-       Acepta el dolor. Recuerda.
-       Es doloroso.
-       Debes afrontarlo de frente, ten agallas. Sé que las tienes.
-       Y-yo estoy muerto.
-       ¡¿Cómo?!
-       Ahora lo comprendo todo.
-       Yo era Lucas, un joven vanidoso que no sabía hacia qué dirección iba su vida. Estaba impaciente por descubrirme a mí mismo. Tenía una mujer, y una pequeña hija. Un día mi hija tuvo una extraña enfermedad y pedí a la muerte que no se la llevara tan joven. Milagrosamente mejoró. Mi mujer y yo nunca fuimos más felices. Mientras cogía el metro de retorno al hogar alguien me siguió. Al llegar a caso lo que parecía una sombra me asaltó, y me arrancó el corazón desangrándome delante de mi familia. Fue entonces cuando aparecí en este extraño mundo.
-       ¿Quieres decir que todos estamos muertos?
-       No, al menos no todos.

Aquella noche me despedí de Flora y Sam, y volví al castillo. Allí tomé un libro con las hojas en blanco, y comencé a escribir una nueva historia. Enigmia volvió a bullir, y todos me olvidaron. Hasta que llegó aquel joven caballero y su aprendiz.

-       No comprendes el poder de Enigmia. Aléjate. Sal de mi historia.
-       Has olvidado quién soy.
-       Nunca olvido.
-       Llegaste olvidando, y parece que los años han hecho mella en tu personalidad.
-       Alúmbrame.
-       Soy Sam, y estas historias deben acabar. Debes dar un final.
-       Yo solo proporciono felicidad, más allá de mi potestad solo existe la muerte.
-       Flora ha  sido condenada como Arcana por tus incautas historias.
-       La justicia la albergan los caballeros.
-       Caballeros que están bajo tu mando.
-       Imploro que la liberes.
-       No me compete inmiscuirme en la historia.
-       Después de todo lo que hizo por ti.
-       Hago todo esto por vosotros. Está claro que solo tendéis a mostraros indulgentes bajo creencias que no son realidades. Está bien. Pondré final a esta historia.
-       Sabía que entrarías en razón.
-       Ocurrirá una gran catástrofe, y la historia terminará con la condena de la gran bruja arcana. Todos volverán a sus mundos, y Enigmia permanecerá en blanco hasta que el destino la haga llegar hacia las indulgentes manos de otro docto escritor.
-       ¿Estás bromeando? ¡¿Cómo puedes hacer eso!?
-       Le Valient, llévelo fuera de palacio. No se admiten más visitas.
-       Así será señor.

¡Qué terco era en aquel momento! Enigmia me estaba consumiendo. Era la hora de resolver el gran enigma, y así lo quiso el destino. Jean François Montriè era el verdadero autor de aquel artífice. Un genio como ninguno, cuyas obras eran portentos. Llegó un momento en el que llegó a crear una realidad propia a la que fundió su corazón. Su novela tenía la capacidad de transformarse con cada nuevo personaje que llenaban sus numerosas páginas, las cuáles constantemente se reescribían.

Ese día puse final a la historia. Pero nada de lo que escribí se cumplió. Todos habían desaparecido, y el libro volvía a estar en blanco. Entonces lo comprendí. Resolví el enigma. Yo era el corazón de Jean François Montriè, quién tuvo una muerte rápida y violenta. Se negó a morir. Así fue como si de un último suspiro se tratase me otorgó la vida. Siempre había sido cronista.

Lamento haber escapado de ella, pero era lo necesario. Era una obra maldita desde un inicio. Aunque pongas todo tu corazón, no puedes atrapar a tus personajes. Ellos, como yo, tienen una vida propia.

Felicidades. Sí estás leyendo esto es porque eres el nuevo cronista, y yo ya no estoy aquí. No sé dónde estaré, espero que de este modo el alma de Montriè alcance la salvación. Ahora eres un cronista de verdad. Auténtico. Ahora escribirás, todo aquello que tu imaginación aborde tomará vida con tal impulso que creerás que es real. Pero recuerda, nunca olvides que tus personajes son una parte esencial en la historia.