jueves, 17 de julio de 2014

Inmortal

Inmortal

La escena era conmovedora. Digna de ganar el galardón a la mejor representación artística de Winston. Lo tenía todo. Un semblante dignificado que brillaba con el ardor de mil hogueras, una tenue expresión carcomida por la estulticia, y una gama de colores cálida y cargada de mil matices con los que diferenciar a la persona que constituía el blasón. Sir Francis Winston, el fundador de aquella próspera ciudad había quedado inmortalizado en las manos del joven Tom Winston su descendiente más directo.

  No era muy dicharachero, su expresión cabizbaja palidecía de forma constante. Su semblante pálido y cabellera morena recogida hacia atrás demarcando un porte elegante y de otro tiempo eran el fiel reflejo de una inteligencia profundamente dormida. Su tartamudeo le obligaba a recluir su expresión, mientras con valentía observaba hasta el más mínimo detalle.

A tenor de los aplausos la carroza del sheriff recorría Winston de forma triunfal. Se había elegido como ganador al descendiente del héroe fundador, y pese a que para muchos aquello describía un matiz de envidia y paranoia, el júbilo y la buena fiesta siempre iban en compañía de los misterios más ocultos. El joven Tom a sus veintidós años iba acompañado por el Sheriff y por miss Winston, que no era otra que la preciosa Lucy. Lucy era hermosa, y nadie podía discutir el tipo de belleza que de ella emanaba. Sus ojos caoba y cabellera pelirroja escondían algo indescriptible que aprisionaba el corazón de los pueblerinos hasta hacerlos retozar en delirantes enajenaciones soñadas a plena luz del día.

Al llegar a la mansión Winston toda la muchedumbre se agrupó. Enfervorecidos, entonando aquellos cánticos que solo resultan hermosos cuando se va ebrio. Pero felices, a pesar de todo los prolegómenos que nuestra mente racionalista intente condensar para excusar la desdichada realidad. Como era tradicional se encendieron farolillos para alumbras la noche, y su luz se extendía por el oscuro manto de la noche adquiriendo distintos matices. Cuando Tom subió al tablado para anunciar la gratitud que sentía el silencio inundó todo aquello confiriéndole un espectro funesto. Se respiraba respeto, júbilo y sobre todo alcohol. Terminó una elocuente oración dirigida al orgullo cuando un mosquete resonó. Un hedor a pólvora inundó el ambiente, y del pecho de Tom emanó un río de sangre.

Quién iría a pensar en Winston que algo así podría suceder. Las madres se llevaron a sus hijos, y los jocosos poetas e intérpretes de la noche entonaron un vals a la incertidumbre. Lucy salió corriendo, y transportó el cuerpo de Tom a la alcoba de la mansión. El sheriff aguardó el orden, y el día comenzaba a mostrar sus fauces.

Estaba revolviéndose en su camastro cuando el sheriff observó un conjunto de escritos con símbolos que parecían runas arcanas. Tom apretaba fuertemente la mano de Lucy mientras le cedía un corazón agonizante, y la bella empresa de embarcarse en el descubrimiento de los misterios de tan imprudente homicidio.

Lucy tenía ese encanto que una mujer perdida en un mundo color escarlata solía tener. Era ambiciosa e inteligente, pero sobre todo desprendía en sus palabras un perfume del que pocos serían capaces de desengancharse. De una mujer así uno nunca debe esperar una descripción de los hechos, pues cada paso dado es el pedigrí de su orgullo.

El sheriff comenzó a mensurar el diámetro del agujero quemado en el abdomen del yacente cuerpo de Tom. Era difícil dar el culpable en una noche de trasgresión, pues hasta la misma noche conjura para que todo misterio se oculte en la penumbra. Cinco testigos fueron quienes se presentaron acusando aquel acto de brujería. Hablaban de bolas de fuego, que fácilmente podrían haber sido los farolillos. Todo ello mientras le daba vueltas a los símbolos arcanos de los escritos de Tom.

Katherine era impulsiva, y su gozo por las pasiones pronto levantó sospechas. Atada, y llevada ante la penitenciaría fue acusada de la muerte de Tom. Mientras su sonrisa intimidaba a los más viejos, los más jóvenes arremetían fuertemente contra ella. La situación derivó en un alboroto. De sus palabras tan solo argucias eran entendidas por la muchedumbre que clamaba un juicio por fuego. Lucy se interpuso declarando su inocencia, y el sheriff optó por dejarla en libertad bajo vigilancia.

Lucy sabía que la magia era la creencia de los necios, así que buscó la ayuda de Katherine. Katherine le habló de los usos de la pólvora y los artificios que de su trabajo alumbraba. Existía una forma de hacer estallar los farolillos como sí de bolas de fuego se tratara. Era un minucioso trabajo de ingeniería china, así que quién atentara contra la vida de Tom habría de ser una persona mayor, de temperamento calmado dado la paciencia y el margen de error, y que hubiese viajado. Esa descripción prácticamente dejaba fuera a toda la gente del pueblo salvo los círculos de la familia Winston. Winston era el último descendiente de su linaje.

Por la noche volvió a haber un espectáculo. El señor Gastamarí se había conformado como el nuevo pudiente de la ciudad, y para ganarse el favor del pueblo de Winston tenía una sorpresa preparada. Para el señor Gastamarí hasta las celebraciones eran un negocio, así que como un viejo lobo imponía selectas normas. Los asistentes, las familias más pudientes de Winston, debían de ocultar su rostro bajo una máscara sonriente. Así todos disfrutarían de novedosas compañías, y el señor Gastamarí, quién jamás revelaba su rostro, podría tertuliar y conocer a aquellos a quienes considerara una inversión a reconocer.

El vino corría por las copas, y el baile no cesaba en su impenetrante ritmo pausado. El solo de violín había finalizado, y sobre un pódium con telón anclada se hallaba la efigie de Katherine. Clamaba ayuda, mientras todos los presentes ignoraban su presencia. Se había convertido en una gala perturbadora, una oda al despotismo, un verso a la hipocresía. Uno de los presentes comenzó a aplaudir y se hizo el silencio.

La voz que comenzó a recorrer la estancia era tan cálida, pero amenazante y dominante que un hálito de terror comenzó a ser respirado. Un chasquido de dedos, y decenas de bolas de fuego rodeaban la estancia.

Lucy se quitó la máscara y corrió hasta Katherine. Inútilmente, por supuesto. Katherine estaba muerta desde el comienzo de la función. La vocalista que hacía de Katherine arrastró el cuerpo hasta la gran escalinata de mármol, y dejo que tiñera el blanco carmesí del rojo de su sangre.


Nadie emitía sonido alguno. Nadie podía confiar en nadie. Cualquiera de ellos podía ser el asesino. Sonó una campanada, y todos cayeron al suelo inertes. Uno de los presentes se levantó, y se quitó la máscara. Para sorpresa de Lucy, era Tom. Sacó una caja de su bolsillo, y la abrió. Dentro de ella había un anillo que clamaba la inmortalidad. Lucy lo aceptó, y le pegó una guantada. Tom la abrazó, y todos los presentes se levantaron. El sheriff, Katherine, y toda la troupe de artistas que habían colaborado en la más bella de las funciones. Aquella forma de inmortalidad grabada en el amor eterno de dos jóvenes.


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