lunes, 9 de junio de 2014

La estafa del mentalista Parte I

La Estafa del mentalista
Parte I

Puede parecer una situación totalmente diferente a la que se puedan imaginar, así que si encuentran algún parecido con su vida real no sigan leyendo. Puede que les mienta, la mente es un paraíso de estímulos y un solo pensamiento puede poner en cuestión la realidad más profunda.

El hombre que había en la habitación número 57 era yo, Meslier, J. Sé que la prensa se ha dedicado a crear ficción de lo sucedido, ¿pero quién la lee esperando creer que no se encuentra manipulada? Puede que estén leyendo la última voluntad de un condenado a muerte, pero esta es mi versión.

¿Alguna vez os habéis imaginado dando una charla a una multitud por un éxito que ni siquiera existe? La mente humana es tan endeble que si una mentira la reiteran de forma continuada acaba formando parte de tu identidad. Las personas solo necesitan un estímulo para creer, pues todas en el fondo tienen la falsa modestia de conocer la razón universal que rige su universo.

La manipulación no es una estafa, es la necesidad humana de trascender sus límites para alcanzar sus objetivos que de otra forma no serían posibles, y de hecho no lo son. Todo es mentira hasta que se demuestre lo contrario.

Mi historia es anterior a todo aquello que puedan haber leído u oído en la radio. La mañana en la que desperté fue la primera del resto de mi vida. Apenas tenía quince años cuando me levanté con un tremendo dolor de cabeza. Miles de voces aparecían sobre mi cabeza y nada podía hacer para que desaparecieran. Mi padre tras la muerte de mi madre había caído en una profunda depresión, y se tomó lo que me ocurría como un síntoma de locura. No hablábamos, pero leía en su mente la pena y la desesperación nublando sus pensamientos. Las relaciones se fueron volviendo cada vez más frías hasta que una noche lo encontré con un tajo en la garganta. Se había suicidado con la cuchilla de afeitar y yo no pude evitarlo.

No sabía bien que me sucedía, así que decidí guardar silencio cuando mi tía Mary decidió acogerme. A pesar de tener amigos siempre me sentía solo, quería ser libre y salir de aquel pueblo que tan solo me recordaba a la desgracia. No es que me gustara estudiar, pero era mi única salida.

Durante todos mis años de juventud y madurez reforcé mis extraños dones. Leía la mente a las personas con el objetivo de complacerlas y manipularlas a mi antojo, pues la alabanza resultaba en la felicidad del necio. Todo ello me valió un trabajo de sicario, y un apodo: ‘el mentalista’.

Me estoy cansando de escribir así que una vez he puesto las cosas en situación iré directamente al grano. Tenía 33 años, mi edad real, y estaba sentado en la silla frente al espejo intentando aplacar los mechones de cabello oscuro, y enjugándome con fuerza mis oscuros ojos. Me acababa de levantar con una sorpresita, y una sonrisa. Estaba en la habitación número 57 con la agente Grissom.  Habíamos pasado una noche de locos. Éramos estrictamente profesionales a la caza de esquizofrénico en un hotel de ensueño. La naturaleza humana es débil, y ver frotar su piel pálida contra mi pecho me hacía sucumbir. Sus cabellos de un rubio platino se desenvolvían como espigas de oro en un campo trillado.

 Claro que cualquier fantasía que cuente será producto de mi imaginación. Estaba allí cumpliendo servicios para la comunidad, ya que no está bien visto robar un par de millones a un ladrón. Intentaré no resultar excéntrico, estafar a la gente era mi motor de vida. Solo necesitaba un necio que avivara mi pasión, y ese necio resulto ser el FBI.

Recapitulando, me hallaba en la habitación número 57 con la agente Grissom del FBI en busca de un esquizofrénico que tenía relaciones con cierta cúpula elevada. Sobre la mesa de crista tenía su perfil completo. Myke Thomson, antecedentes por estafa judicial y sospechoso de malversación de fondos a naciones soviéticas. El muy cabrón lo tenía todo, y yo iría a ser su plan.

Me puse un esmoquin con micrófonos incorporados de serio, y un pinganillo en el oído para aguantar las estupideces que me soltaran. Todo hotel tiene una suite de lujo, y aquella era la Marilyn Manson. 500 m2 enmoquetados de rubíes, y paredes enlucidas con frescos naturalistas. El sueño de todo hipster excéntrico.

Allí se encontraba mi objetivo. Myke tenía el pelo castaño con una raya en medio y un porte elegante que hacía entrever su expresión socarrona. Diría que era un pijo que se consideraba instruido para ser un necio pero aguante mis ansias de devorarlo, y le estreché la mano esgrimiendo una breve reverencia.

-   Señor Meslier, le estaba esperando. Su reputación es merecida. Por favor, tome asiento mientras le sirvo un Manhattan.
-   Agradezco su cortesía señor Thompson.
-   No sea modesto, llámeme Myke.
-   Encantado Myke. Todo esto es muy lujoso, cualquiera pensaría de forma ilícita –de hecho él lo hacía constantemente desde que entré, pensaba en rubí y zafiro las dos putas que le esperaban en la habitación contigua-.
-   No niego que sea excéntrico, pero a quién le sonríe la fortuna es a mí. ¿Qué necesidad de ocultarlo?
-   No escatima en modestia, muy propio de un hombre instruido como usted.
-   Nada menos caballero, soy licenciado en derecho en Harvard.
-   Todo un paladín de la justicia, ¿me equivoco?
-   Mis detractores achacan demencia para ensombrecer mis éxitos personales, pero no son más que palabras en bocas de necios. Está en lo cierto.
-   ¿Qué abarcan sus servicios?
-   Favores y encargos, por eso está aquí. ¿No es cierto?
-   Supongamos que quiero retirarme y joder a mi país. Usted tiene un favor para mí, ¿no es cierto?
-   Prosiga.
-   Supongamos que usted se arriesga y me lo ofrece.
-   Estás suponiendo demasiado.
-   La suposición es mi fuerte, eminencia.
-   Pues vaya directo al grano, tengo asuntos que atender.

¡Qué tío más pedante! –Pensé- Hasta dónde pude deducir este hombre no respondía al perfil del FBI. Era una persona demasiado cabal y segura de sus posibles. Alguien fácil de manipular, así que me planteé estafarlos a ambos, al FBI y al señor Thompson. Metí la mano izquierda dentro de la chaqueta mostrando un gesto de preocupación e interés mientras me deshacía de los micrófonos.

-   Myke eres una persona con un talento innato para atraer la fortuna, y dadas tus referencias le estoy solicitando ser su cómplice.
-   ¿Cómplice? Me ofende, no haría nada que fuese ilegal.
-   La duda ofende Myke. Usted tiene algo grande entre manos, y necesita mi ayuda. No le quepa duda. Sea lo que sea soy su hombre.
-   ¿Y por qué puede confiar en usted?
-   No tienes por qué hacerlo Myke, pero sí estuviese en su lugar, créame, lo necesitaría.
-   Esto no funciona así. Necesito seguridad y certeza en su confianza o me temo que aquí habrán acabado nuestros negocios.
-   Me pongo a su disposición.
-   Hará un trabajo para mí.
-   Dígame el encargo.
-   Coge el sobre rojo que hay sobre la estantería de caoba, y siga sus instrucciones al pie de la letra.
-   Será un placer.
-   Si me disculpa, tenga un buen día.
-   Igualmente Myke.
-   Si cumple el encargo acogeré su favor de buen grado. Pienso que es usted un peón a considerar.
-   Me honra, cuídate Myke.

Metí el sobre en la chaqueta y volví a la habitación número 57. Aprovechando que la agente Grissom no estaba abrí el sobre hasta sacar una nota:

Halcón 747832 National Bank Progress Nº 348.015. Aporte: 50, 000,000.

Después de aquello noté un dolor punzante en el cuello y caí desplomado sobre la moqueta. Al despertar me encontraba sometido a un polígrafo.

-   ¿Cuál es su nombre?
-   Meslier, J.
-   ¿J?
-   No es de su incumbencia.
-   ¿Dónde nació?
-   Chicago.
-   ¿Edad?
-   33 años.
-   ¿Quién le ha dado esa nota?
-   Myke Thompson.
-   ¿Eres el nuevo?
-   Puede.
-   Responda.
-   Myke me ofreció un trabajo.
-   ¿A qué se dedica?
-   Soy mentalista.
-   Explíquese.
-   Digo lo que la gente quiere oír.
-   Muy bien.

Me soltaron de aquella máquina y me vendaron los ojos. Me hicieron caminar hasta una especie de sala subterránea repleta de ordenadores inmensos dónde se movían inmensas cantidades de dinero bursátil en fracción de segundo. Un hombre uniformado se dirigió hacia mí.

-   General del escuadrón del águila.
-   ¿Escuadrón del águila?
-   Somos el futuro.
-   No entiendo de qué va todo esto.
-   Puedes leerme la mente.
-   Ya lo hago, pero no tiene sentido lo que veo. ¿Qué pretendéis?
-   Hundir las grandes economías mundiales para ejercer el control financiero a nivel mundial.
-   Todos los paraísos fiscales tienen registro en vuestra sede, ¿cómo lo hacéis?
-   Nuestra logia tiene integrantes en todos los gobiernos mundiales. El mundo se rige desde aquí.
-   ¿Cuál es mi función en todo esto?
-   Dijiste que querías un gran golpe para jubilarte. Serás millonario si logras hacerte con el código de fuente de la Casa Blanca.
-   Es un trabajo arriesgado, ¿para qué lo necesitan?
-   Eso es cosa nuestra.
-   Veré que puedo hacer.
-   Recuerde que tenemos oídos allá dónde va, limítese a cumplir su encargo y será recompensando.

En este punto de la historia me hallaba en una disyuntiva, mis acciones posteriores para el FBI y la CÍA ya las conocen. En las próximas páginas contaré como realmente sucedió.


[…]


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