viernes, 20 de junio de 2014

Un latido de más

Un latido de más

El corazón te palpita cuando la sangre caliente fluye por tus venas. Otra vez lo has vuelto a hacer. Tu instinto se apoderó de tu esencia humana. Ya nada importa. Los recuerdos actúan como pesadillas delirantes mientras la eternidad te convierte en aquello que siempre odiaste. Eres un monstruo, y no hay nada que puedas hacer para remediarlo. Al final te resignas, y pensar es lo único que te permite conservar la cordura. No sientes tormento por lo que eres. No eres capaz de articular ninguna emoción. Es como si una rígida estructura de piedra te cubriera el alma.

Corres, corres tan rápido que tu sombra no llega a proyectarse en el suelo. La noche es tu única compañía. En la ciudad admiras lo que ya jamás podrás volver a ser. Tus ojos se hunden y la vista se te nubla. Ahora tus ojos son negros, y estás sediento. Muy sediento. Sientes la necesidad de destripar. Es un instinto salvaje que te causa placer. El frenesí eleva tus colmillos y te precipitas sobre el cuello de una joven. La sangre vuelve a fluir por tu putrefacto corazón. Notas una punzada fuerte en las costillas. Un joven tiene sobre sus manos una barra de madera y te da con tanta fuerza que te deja inconsciente. Tu fuerza sobrehumana ha flaqueado sobre la madera.

Al despertar eres consciente de que otro hijo de la noche pasea por la ciudad. Es de día, pero el sol no te afecta. Te preguntas que cómo es posible seguir vivo, pero pronto la sed te consume. El despertar regresa a ti. Un hombre de unos cuarenta años, con el pelo oscuro y trajeado te mantiene atado y te arrastra hacia un gran salón. La cabeza comienza a darte vueltas, no puedes leerles el pensamiento. El extraño hombre comienza a murmurar unas palabras en un idioma ancestral, y tu conmoción hace que gimas de dolor. Clamas la muerte, pero sabes que no te la concederán. Todos te miran atentamente. Una sombra te quita los grilletes y te propina un fuerte golpe. Caes al suelo de rodillas, pero eres consciente. Se acercan dos hombres vestidos de gala y te conducen a una especie de mesa parecida a la de un ritual. Tendido, te abren el pecho llegando hasta la agonía de tu corazón. Te dan unas gotas de una sangre tan enérgica que jamás podrías haber pensado que existe un placer equiparable.

Te felicitan, y te dan la posibilidad de ejercer una vida normal. Solo tienes que aceptar las normas de la comunidad. De ellas dos son las importantes: a cambio de volver a sentir jamás deberás desvelar tu condición de vampiro, y la sangre humana queda prohibida. Te importa una mierda aquellas estúpidas normas, lo único que te une a la vida son los recuerdos de una persona que crees que nunca llegarás a ser. Imágenes estáticas pululan por tu subconsciente, confundiéndote pues no recuerdas nada anterior a la pasada noche. Asientes ante la mirada de todos los espectadores, y decides marcharte por tu cuenta.

Tus instintos comienzan a aflorar, pero te das cuenta de que puedes controlarlos. Ahora puedes agudizar cualquier instinto que desees sin temor a caer presa de la bestia. Notas por el tacto un peso incomodo en la cadena del cuello. Tiendes la cadena sobre tus manos y te das cuenta de que tiene una inicial grabada sobre un medallón. Sobre su cobertura de oro hay una A de color dorado. Las presionas y el medallón se abre. Aparece la foto de una mujer pelirroja de ojos verdes. Su imagen se proyecta en tu subconsciente, y al final accedes a tu capacidad extrasensorial para dar con su paradero. Sí es vampira dar con ella debería resultarte relativamente fácil. No notas nada, te sientes bloqueado.

Todo el día dándole vueltas para nada. No has avanzado nada, y el despertar te obliga a alimentarte. No pretendes acabar muerto, así que te diriges al hospital más cercano. Te plantas allí como una sombra, y accedes fácilmente a la zona de refrigeración. La sangre está embalsada pero resulta deliciosa. Te aseguras de coger provisiones, y le lavas la mente al encargado para hacerle beber una bolsa de sangre y piensen que fue él el causante de la perdida. Sales del hospital, pero alguien te ha visto. Maldices con la mirada, y vuelves sobre tus pasos. Sus manos son frías pero lo suficientemente fuertes para no ser humanas. Te para de golpe, y te agarra del cuello. Su mirada es penetrante. Solo puedes forcejear inútilmente, la diferencia de fuerza es abismal. Te levanta innumerables veces para volver a lanzarte contra el asfalto. Muestras tus colmillos, y los golpes cesan.

Comienza a hablarte, a cuestionarte. Pretende confundirte. Habla de territorios, normas. Desconoces todo aquello, pero te ves obligado a ser conciliador. No resultas muy persuasivo por lo que vuelve a golpearte pero esta vez cae el medallón al suelo. Te retiene inmóvil en el suelo mientras lo observa. Los golpes vuelven a cesar, y te pregunta por Ana. Exiges las mismas respuestas que él te pide. Te mira pensando que hacer contigo. Finalmente se marcha.

Todo aquello te resulta extraño. Fue extraño. Los recuerdos vuelven a hacerte perder la noción de los sentidos. Entras en un estado de trance gritando el nombre de Ana por toda la calle. Tu corazón comienza a bombear. Tu corazón late, pero tu cuerpo está muerto. Un latido. Dos latidos. Tres latidos. Finalmente vuelve a dejar de latir. Vuelve a aparecer el extraño hombre de antes. Te dice que eres un híbrido, que tu cuerpo aún no ha asimilado la muerte. Te habla de una forma de volver a la vida, de renunciar a ser vampiro. Comienzas a planteártelo, hasta que desechas la idea. Se vuelve a enfadar y te dice que eres un insensato, te habla de maldiciones y de portar el milagro. Te habla de volver a sentir, de dejar de ser un monstruo. Le preguntas como es capaz de cuestionarse esas cosas. Te dice que eres el único hibrido en mil años. Te dice que tu cuerpo no está muerto, sino que ha desarrollado un virus vampírico que le obliga a la ingesta de sangre para continuar en funcionamiento. Te dice que si dejaras de tomar sangre tu corazón volvería a latir, y que tú sangre sería la antítesis del vampirismo. Te hierve el cuerpo y sientes la fuerza de la sangre ingerida fluir por tus venas. Levantas a aquel hombre y lo estrellas contra el suelo. Increíblemente estás más fuerte. Sientes el poder, y gozas. Recuerdas la madera, así que tomas la rama gruesa de un árbol y le traspasas el cuerpo. Con tus manos le agarras el corazón y te cercioras de que deje de latir. Bebes la sangre que emana de su interior hasta calmar tu locura.

Solo piensas en encontrar a la mujer del medallón. Andas como una sombra que huye del peligro. El peligro acaba alcanzándote. Decenas de vampiros claman venganza. Te ves arrinconado. Una mano te agarra, y desapareces. Es una mujer de cabellos oscuros y ondulados, te mira como intentando incitarte a morderla. Ella da el paso, y te ofrece su sangre. Por cada gota tu corazón late con más fuerza. Un latido. Dos latidos. Tres latidos. Llegados al cuarto latido se te para el corazón. Tus ojos se tornan grises, y tus colmillos desaparecen. Ella te ha convertido momentáneamente en humano. Ahora el resto de vampiros no pueden detectar tu esencia. Te tumba, y bebe de tu sangre. Tu sangre la excita y alcanza el frenesí. Para poco antes de dejarte seco, el instinto retorna en tu interior. El despertar te vuelve agresivo, y accedes a su sangre como si de un intercambio de flujos se tratara. No es humanidad lo que has conseguido, sino la capacidad de camuflarte. Saciado decides marcharte.


Ella cambia de apariencia, ahora es la chica pelirroja de la foto. Te retiene, y te habla de quién eras. Tus recuerdos vuelven a ti, pero ahora son parte del pasado. El futuro depende de ti. Ana te ha manipulado. Pretende crear un virus genético para convertir a toda la ciudad en vampiros. Te lanzas sobre ella con una fuerza descomunal y bebes toda su sangre, hasta el momento que tu corazón deja de latir. Estás muerto, o eso es lo que piensa Ana. Coge tu cuerpo, y lo lanza al río. Dentro del agua la sangre te hierve y se produce un latido de más. Caes en un profundo sueño, hasta que vuelves a despertar en el salón de los vampiros. Te condenan por infligir las normas pero consideran tu valor dentro de la hermandad. Te revelan sus intenciones de proteger a la humanidad. Ahora tu futuro lo escoges tú. 


lunes, 9 de junio de 2014

La estafa del mentalista Parte I

La Estafa del mentalista
Parte I

Puede parecer una situación totalmente diferente a la que se puedan imaginar, así que si encuentran algún parecido con su vida real no sigan leyendo. Puede que les mienta, la mente es un paraíso de estímulos y un solo pensamiento puede poner en cuestión la realidad más profunda.

El hombre que había en la habitación número 57 era yo, Meslier, J. Sé que la prensa se ha dedicado a crear ficción de lo sucedido, ¿pero quién la lee esperando creer que no se encuentra manipulada? Puede que estén leyendo la última voluntad de un condenado a muerte, pero esta es mi versión.

¿Alguna vez os habéis imaginado dando una charla a una multitud por un éxito que ni siquiera existe? La mente humana es tan endeble que si una mentira la reiteran de forma continuada acaba formando parte de tu identidad. Las personas solo necesitan un estímulo para creer, pues todas en el fondo tienen la falsa modestia de conocer la razón universal que rige su universo.

La manipulación no es una estafa, es la necesidad humana de trascender sus límites para alcanzar sus objetivos que de otra forma no serían posibles, y de hecho no lo son. Todo es mentira hasta que se demuestre lo contrario.

Mi historia es anterior a todo aquello que puedan haber leído u oído en la radio. La mañana en la que desperté fue la primera del resto de mi vida. Apenas tenía quince años cuando me levanté con un tremendo dolor de cabeza. Miles de voces aparecían sobre mi cabeza y nada podía hacer para que desaparecieran. Mi padre tras la muerte de mi madre había caído en una profunda depresión, y se tomó lo que me ocurría como un síntoma de locura. No hablábamos, pero leía en su mente la pena y la desesperación nublando sus pensamientos. Las relaciones se fueron volviendo cada vez más frías hasta que una noche lo encontré con un tajo en la garganta. Se había suicidado con la cuchilla de afeitar y yo no pude evitarlo.

No sabía bien que me sucedía, así que decidí guardar silencio cuando mi tía Mary decidió acogerme. A pesar de tener amigos siempre me sentía solo, quería ser libre y salir de aquel pueblo que tan solo me recordaba a la desgracia. No es que me gustara estudiar, pero era mi única salida.

Durante todos mis años de juventud y madurez reforcé mis extraños dones. Leía la mente a las personas con el objetivo de complacerlas y manipularlas a mi antojo, pues la alabanza resultaba en la felicidad del necio. Todo ello me valió un trabajo de sicario, y un apodo: ‘el mentalista’.

Me estoy cansando de escribir así que una vez he puesto las cosas en situación iré directamente al grano. Tenía 33 años, mi edad real, y estaba sentado en la silla frente al espejo intentando aplacar los mechones de cabello oscuro, y enjugándome con fuerza mis oscuros ojos. Me acababa de levantar con una sorpresita, y una sonrisa. Estaba en la habitación número 57 con la agente Grissom.  Habíamos pasado una noche de locos. Éramos estrictamente profesionales a la caza de esquizofrénico en un hotel de ensueño. La naturaleza humana es débil, y ver frotar su piel pálida contra mi pecho me hacía sucumbir. Sus cabellos de un rubio platino se desenvolvían como espigas de oro en un campo trillado.

 Claro que cualquier fantasía que cuente será producto de mi imaginación. Estaba allí cumpliendo servicios para la comunidad, ya que no está bien visto robar un par de millones a un ladrón. Intentaré no resultar excéntrico, estafar a la gente era mi motor de vida. Solo necesitaba un necio que avivara mi pasión, y ese necio resulto ser el FBI.

Recapitulando, me hallaba en la habitación número 57 con la agente Grissom del FBI en busca de un esquizofrénico que tenía relaciones con cierta cúpula elevada. Sobre la mesa de crista tenía su perfil completo. Myke Thomson, antecedentes por estafa judicial y sospechoso de malversación de fondos a naciones soviéticas. El muy cabrón lo tenía todo, y yo iría a ser su plan.

Me puse un esmoquin con micrófonos incorporados de serio, y un pinganillo en el oído para aguantar las estupideces que me soltaran. Todo hotel tiene una suite de lujo, y aquella era la Marilyn Manson. 500 m2 enmoquetados de rubíes, y paredes enlucidas con frescos naturalistas. El sueño de todo hipster excéntrico.

Allí se encontraba mi objetivo. Myke tenía el pelo castaño con una raya en medio y un porte elegante que hacía entrever su expresión socarrona. Diría que era un pijo que se consideraba instruido para ser un necio pero aguante mis ansias de devorarlo, y le estreché la mano esgrimiendo una breve reverencia.

-   Señor Meslier, le estaba esperando. Su reputación es merecida. Por favor, tome asiento mientras le sirvo un Manhattan.
-   Agradezco su cortesía señor Thompson.
-   No sea modesto, llámeme Myke.
-   Encantado Myke. Todo esto es muy lujoso, cualquiera pensaría de forma ilícita –de hecho él lo hacía constantemente desde que entré, pensaba en rubí y zafiro las dos putas que le esperaban en la habitación contigua-.
-   No niego que sea excéntrico, pero a quién le sonríe la fortuna es a mí. ¿Qué necesidad de ocultarlo?
-   No escatima en modestia, muy propio de un hombre instruido como usted.
-   Nada menos caballero, soy licenciado en derecho en Harvard.
-   Todo un paladín de la justicia, ¿me equivoco?
-   Mis detractores achacan demencia para ensombrecer mis éxitos personales, pero no son más que palabras en bocas de necios. Está en lo cierto.
-   ¿Qué abarcan sus servicios?
-   Favores y encargos, por eso está aquí. ¿No es cierto?
-   Supongamos que quiero retirarme y joder a mi país. Usted tiene un favor para mí, ¿no es cierto?
-   Prosiga.
-   Supongamos que usted se arriesga y me lo ofrece.
-   Estás suponiendo demasiado.
-   La suposición es mi fuerte, eminencia.
-   Pues vaya directo al grano, tengo asuntos que atender.

¡Qué tío más pedante! –Pensé- Hasta dónde pude deducir este hombre no respondía al perfil del FBI. Era una persona demasiado cabal y segura de sus posibles. Alguien fácil de manipular, así que me planteé estafarlos a ambos, al FBI y al señor Thompson. Metí la mano izquierda dentro de la chaqueta mostrando un gesto de preocupación e interés mientras me deshacía de los micrófonos.

-   Myke eres una persona con un talento innato para atraer la fortuna, y dadas tus referencias le estoy solicitando ser su cómplice.
-   ¿Cómplice? Me ofende, no haría nada que fuese ilegal.
-   La duda ofende Myke. Usted tiene algo grande entre manos, y necesita mi ayuda. No le quepa duda. Sea lo que sea soy su hombre.
-   ¿Y por qué puede confiar en usted?
-   No tienes por qué hacerlo Myke, pero sí estuviese en su lugar, créame, lo necesitaría.
-   Esto no funciona así. Necesito seguridad y certeza en su confianza o me temo que aquí habrán acabado nuestros negocios.
-   Me pongo a su disposición.
-   Hará un trabajo para mí.
-   Dígame el encargo.
-   Coge el sobre rojo que hay sobre la estantería de caoba, y siga sus instrucciones al pie de la letra.
-   Será un placer.
-   Si me disculpa, tenga un buen día.
-   Igualmente Myke.
-   Si cumple el encargo acogeré su favor de buen grado. Pienso que es usted un peón a considerar.
-   Me honra, cuídate Myke.

Metí el sobre en la chaqueta y volví a la habitación número 57. Aprovechando que la agente Grissom no estaba abrí el sobre hasta sacar una nota:

Halcón 747832 National Bank Progress Nº 348.015. Aporte: 50, 000,000.

Después de aquello noté un dolor punzante en el cuello y caí desplomado sobre la moqueta. Al despertar me encontraba sometido a un polígrafo.

-   ¿Cuál es su nombre?
-   Meslier, J.
-   ¿J?
-   No es de su incumbencia.
-   ¿Dónde nació?
-   Chicago.
-   ¿Edad?
-   33 años.
-   ¿Quién le ha dado esa nota?
-   Myke Thompson.
-   ¿Eres el nuevo?
-   Puede.
-   Responda.
-   Myke me ofreció un trabajo.
-   ¿A qué se dedica?
-   Soy mentalista.
-   Explíquese.
-   Digo lo que la gente quiere oír.
-   Muy bien.

Me soltaron de aquella máquina y me vendaron los ojos. Me hicieron caminar hasta una especie de sala subterránea repleta de ordenadores inmensos dónde se movían inmensas cantidades de dinero bursátil en fracción de segundo. Un hombre uniformado se dirigió hacia mí.

-   General del escuadrón del águila.
-   ¿Escuadrón del águila?
-   Somos el futuro.
-   No entiendo de qué va todo esto.
-   Puedes leerme la mente.
-   Ya lo hago, pero no tiene sentido lo que veo. ¿Qué pretendéis?
-   Hundir las grandes economías mundiales para ejercer el control financiero a nivel mundial.
-   Todos los paraísos fiscales tienen registro en vuestra sede, ¿cómo lo hacéis?
-   Nuestra logia tiene integrantes en todos los gobiernos mundiales. El mundo se rige desde aquí.
-   ¿Cuál es mi función en todo esto?
-   Dijiste que querías un gran golpe para jubilarte. Serás millonario si logras hacerte con el código de fuente de la Casa Blanca.
-   Es un trabajo arriesgado, ¿para qué lo necesitan?
-   Eso es cosa nuestra.
-   Veré que puedo hacer.
-   Recuerde que tenemos oídos allá dónde va, limítese a cumplir su encargo y será recompensando.

En este punto de la historia me hallaba en una disyuntiva, mis acciones posteriores para el FBI y la CÍA ya las conocen. En las próximas páginas contaré como realmente sucedió.


[…]