domingo, 11 de mayo de 2014

El ajedrez humano - Diario I: Infectados

El ajedrez humano

-       La última pieza está colocada, es hora de juzgar al rey. La pandemia simulada ha sido nuestra gran clave para controlar el bursátil mercado de trabajadores. Es hora de apropiarnos del mundo que hemos tejido.- declaró el gobernador ante el consejo de Seattle.
-       Priet, ¿cómo sabemos de qué no contaran con algún núcleo de rebelión? – cuestionó Vladimir.
-       Son educados para servir, y aquellos grupos insurgentes son abandonados a la pandemia. Una vez pasan a ser infectados tan solo son trabajo de las milicias.
-       Ahora te entiendo. Primero fue la fuerza, luego la religión, y ahora el método de control es ejercido por el instinto más básico del peón. La subsistencia. Y bien gobernador, la ciudad es suya. Se puede decir que es una especie de Dios, ¿qué haremos si alguien escapa de la ciudad y descubre que más allá de la pandemia hay civilizaciones como las de antaño?
-       Todo esto es peligroso y soy consciente de ello, pero el mundo entero es una pandemia dónde los focos de humanidad se enfrascan en controlar los recursos. Estamos en un planeta en constante evolución, el día que consigan diezmar la pandemia querrán volver al modelo de vida pre tercera guerra biológica, y para entonces estaremos preparados.
-       ¿Qué insinúa Priest?
-       Los trabajadores nos proporcionan materia con la que diezmar cualquier ofensiva foránea, y con nuestras milicias podremos conquistar el mundo. Todo señores, es una gran partida de ajedrez, y nosotros somos los jugadores. Los núcleos de civilización exterior son minoritarios, mal organizados y centrados en procurar recursos mientras diezman a los infectados. Es cuestión de tiempo.

Diario I: Infectados

Mi nombre es Bran, y está es mi historia. Escribo todo esto en parte por satisfacer mis ansias de curiosidad ante lo impuesto, y en parte para que en un futuro quién acceda a mis palabras sepa mi punto de vista y pueda impedir mis errores. Como todos los días desde el Estado de exención de Seattle me veo obligado a presentarme en el campamento de trabajo. Desconozco sí existe vida más allá de la frontera que marcan las milicias. Desde pequeño siempre me han comentado que el pecado hizo que Dios nos castigara y mandara una pandemia que asoló el mundo. Dicen que debemos de sentirnos privilegiados por estar vivos. Servir y vivir es el lema que escucho cada día por radio, y esa era prácticamente mi vida.

La población está dividida entre milicianos cuya labor es defendernos de los infectados, y los trabajadores que producen alimentos y sacan determinados minerales para dar energía a nuestras viviendas. Todos vivimos en casas del mismo estilo. Una cocina y una habitación es lo único que nos basta para descansar. Pronto cumpliré los dieciséis años y me veré obligado a prestar mis servicios como voluntario en las milicias. Nunca comprendí el término voluntario, quizá en otro tiempo tendría un significado diferente, pero para nosotros carecía de sentido. Tenemos que cumplir si a todo lo que aspiramos es a vivir.

Mi madre se llama Clara. Tiene la tez pálida, una nariz aguileña, unos ojos castaños y mechones castaños que caen ondulados sobre su cabellera. De ella heredé los ojos castaños y la tez pálida. A mi padre nunca lo conocí. Mi madre me contó que se llamaba Bran, y además de su nombre he herederado su cabellera pelirroja y rizada. Nuestra vida es una completa abnegación, jamás vestimos más que togas de colores oscuros y sandalias de esparto. Tampoco tenemos muchas aficiones, los libros de historia, literatura… fueron censurados y tan solo se permitió la Biblia. Es un libro que cuenta gran diversidad de historias y proclama valores que jamás se han puesto en práctica. No entiendo porque nos lo hacen leer. Tampoco me puedo permitir cuestionar cosas así, de ser descubierto mi suerte sería distendida.

Me siento preparado, he estado entrenándome desde los seis años. Mi cuerpo está férreo, y mis articulaciones ágiles. Puedo correr casi por una hora sin muestras de cansancio, y mi manejo en las armas está bien estructurado. Siempre quise ser miliciano, me parecía una vida fascinante. Cojo la bolsa dónde albergo mis escasos enseres, y me despido de mi madre con la mano. En la acera aparece un autobús que para a recogerme. Ya no regresaré más al hogar.

Llego a un enorme recinto al aire libre dónde nos hemos congregado este año unas cincuenta personas. Una cifra algo pobre, pero debo andarme con ojo. Solo los veinte primeros en las pruebas de aptitud lograran formar parte de las milicias como miembros de pleno derecho. El resto serán enviados al sector de trabajadores como supervisores. Al menos su labor es controlar, pero aun así estoy seguro de qué voy a entrar en las milicias.

Nos dan un número a cada uno, y un traje de corte militar. Es la primera vez que veo algo así, al probármelo me fascina como me siento con él. Es como si fuese una segunda piel. Mi número es 8, puesto que soy el octavo en examinarme. Espero con cautela, y cuando al fin llega mi turno paso a una especie de recinto. Allí me vendan los ojos, me suben a un helicóptero. Poco después me dejan caer sobre tierra yerma. Me quito las vendas y me encuentro solo. En el suelo hay un fusil y un machete. Debo elegir, así que opto por el machete dada mi mayor rapidez. Empiezo a caminar desconociendo plenamente la orientación hasta encontrarme con un grupo de infectados.

Jamás había visto un infectado. Parecen humanos, pero no lo son. No sabría describirlo. Son personas o al menos lo fueron algún día, eso lo tengo claro. La cuenca de sus ojos está ensangrentada, la piel está raída y llena de salpullidos, y los dientes son amarillos y están cubiertos de viseras. Su cabellera es azul y está cubierta de una sustancia viscosa que a simple vista parece contagiosa. Los observo con cautela, no parecen muy inteligentes. Unos y otros tropiezan entre sí, cayendo en la tierra e incluso devorándose a sí mismos. Es como si no albergaran vida. Solo albergan el hedor más insufrible, y unas ganas de matar a todo aquello que albergue vida. De pequeño me dijeron que los infectados eran pecadores abandonados a la ira de Dios, cosa que siempre me ha causado terror.

No me lo pienso demasiado. Me acerco de forma sigilosa a los infectados, poniendo la ropa de uno de ellos que yace muerto. De espalda a espalda y con la tensión en las nubes les asesto con el machete en la cabeza hasta realizar un tajo transversal. Al acabar con ellos caigo rendido del agotamiento pues ha supuesto un esfuerzo mayor al que imaginaba. Cierro los ojos.

Al despertar me encuentro con el comando Alfonso, quién me recibe con un aplauso. Me declaran apto para las milicias. Me entregan la llave de mi apartamento, y me cuentan las normas con detalle. Por la noche los veinte escogidos celebramos nuestra incorporación a las milicias.

La mesa es grande, y dispone de manjares que jamás había imaginado. Cojo un buen trozo de carne y empiezo a devorar con voracidad. Al lado mío hay una chica rubia de ojos negros, tez oscura y labios prominentes. Me sonríe, parece simpática. Le devuelvo la sonrisa. Un chico moreno de ojos claros y con el rostro tatuado toma la palabra.

-       ­Mañana empezará la juerga, ¿alguna vez os habéis preguntado cuál es la labor de las milicias?
-       Defender Seattle de los infectados.- responde un chico bajo, moreno, de ojos grises y rostro compungido.
-       Así es. Pero los infectados tienen una espora que necesitamos para que los trabajadores la transformen y engendren materia. Mañana realizaremos una incursión.

Esa noche me fui con Julia, aquella chica simpática de la cena, y Martín el más bajo de nuestra promoción. Eran simpáticos, me resultaba agradable estar con ellos. Martín pensaba que los milicianos éramos una especies de héroes, mientras que Julia se había alistado por dejar de comer la bazofia de comida que daban a los trabajadores. Ambos eran fuertes, aunque sus flaquezas en temas de erudición eran más que evidentes. Estuvimos toda la noche contando historias de sueños hasta que nuestros parpados nos arrastraron a un breve descanso.

A las 07:00 horas ya estábamos todos despiertos, uniformados y armados. Nos habían seleccionado por facción de combate. A mí me tocó en caballería pesada. Nunca había montado en caballo, pero aquello más que un lastre era un reto para mí. Tomé una larga espada de acero, y coloqué las monturas. Al montar sentí una sensación de ligera inestabilidad, que desapareció al tiempo. Cuando dieron la señal cabalguemos al galope. Sentía una gran libertad que me causaba un inmenso placer. El placer de la brisa rozando el rostro mientras el caballo dirigía tus pasos.

Lleguemos a una especie de cerco dónde habría al menos unos doscientos infestados. Nuestra misión era mostrar nuestra valía como milicianos, y recolectar esporas. La infantería ligera comenzó a cargar los fusiles, mientras que los que iban a pie arremetían con dureza. La estrategia era cercarlos en una especie de círculo hasta que cayesen sobre sí mismos y fuese más fácil su ejecución.


Hubo complicaciones pues estos infectados no eran tan mansos como los que conocí en la prueba de aptitud. Parecían más inteligentes y fieros. Descarnaron a cuatro de nuestros compañeros que al paso de unos minutos se volvieron infectados. Salté del caballo, y caí lastimándome las rodillas. Con la espada atravesé a uno que estaba tras de mí, y fui en busca de mis compañeros. Mi vista estaba nublada, tropecé y me di un golpe en la cabeza. Perdí el conocimiento.


No hay comentarios:

Publicar un comentario