domingo, 20 de abril de 2014

Días azules

Días azules
-       ¿Estás bien Sam?
-       No. No es nada.
-       Me tienes preocupado.
-       ¿Recuerdas el ocaso otoñal? El viento arreciaba con tal fuerza que soñé con volar, perderme en la inmensidad.
-       Hace ya un año de todo eso Sam. ¿¡Qué!? ¿¡Qué te pasa!?
-       No es nada, no te preocupes John.
-       P-pero sí estás llorando.
-       Es porque los días ahora son azules.
-       No te entiendo, ¿qué quieres decir?
-       Tómame de la mano, guarda silencio John.

Samanta Hyggins no era la clase de chica que aceptara el mundo tal y como lo vemos. Para ella todo su entorno era un divertido libro sin explorar. Le encantaba soñar despierta. Todas las mañanas se asomaba por un pequeño agujero que daba de su habitación a la calle imaginando mil posibles aventuras, pensaba en cómo sería su vida fuera de aquella mansión. Era la hija de Thomas Hyggins gobernador de Preston City, y como tal su vida se centraba en una profunda formación que la apartaba de su realidad más inmediata. Apenas tenía tiempo para ella. Sobre todas las cosas amaba la literatura de Lewis Carroll considerando a Alicia como su heroína particular. Le hacía olvidar su pertenencia a un mundo cuya lógica escapaba a su comprensión.

La mañana del 3 de Abril de 1997 fue especial. El cielo era de un azul tan inmenso que hacía que todo lo que le rodeaba reluciera con un brillo muy intenso. Por un día en mucho tiempo había logrado una tarde libre, y lo aprovecharía dando una vuelta por la ciudad. Samanta no veía la ciudad repleta de coches, gente que viene y va, o ruido. Samanta veía una ciudad trasparente, llena de criaturas que deambulaban en busca de un destino. Las aceras eran grandes surcos de tierra donde habitaban los intocables dominados por una especie de faro mágico que podía hacer frente a su poder durante un breve período de tiempo. Los edificios adquirían vida propia, los más altos ascendían hasta la Luna y otros despedían sonrisas desde sus chimeneas.

La alegría le invadía, era como si hubiese alcanzado un estado de armonía constante. Feliz, paseaba tranquila hasta llegar a una especie de planicie con grandes árboles de cuyos copos colgaban pequeñas estrellas. Había una especie de boca de gárgola sobra la que emanaba agua, y enormes setas con forma de sillones sobre las que cayó recostada. A los lejos unos pasos pesados hicieron que el cielo dejase de ser azul. Un viejo decrepito con sombrero de capa, monóculo y mosca se le acercó formulando palabras en un lenguaje ininteligible. Al llegar junto a Samanta tomó un caramelo de anís, y su rostro se transformó en el de un joven ataviado con ropa raída, y algo sucio.

-       Hola soy John, ¿cómo te llamas?
-       Soy Samanta.
-       ¿Te gustaría venir a jugar con nosotros?
-       Estás muy sucio, prefiero quedarme imaginando maravillas.
-       ¿Qué quieres decir con eso?
-       Uff… No insistas. No tengo tiempo.
-       Estoy sucio porque me encanta tumbarme en el césped e imaginad mundos paralelos, pero también me gusta la realidad, y jugar a la pelota con los demás chicos. No te conocía Sam, ¿eres nueva en Preston? ¿De qué barrio eres?
-       No me llames Sam, soy Samanta.
-       Perdón, Samanta.
-       No suelo salir mucho, pero tampoco tengo ganas de ensuciarme.
-       Vamos, te lo pasaras bien.
-       No eres un poco mayorcito para ir correteando por ahí.
-       No eres un poco joven para no divertirte. Vamos, prometo que te lo pasarás bien.
-       ¿Y sí no es así?
-       Imaginaré maravillas contigo.
-       (esgrimió una mueca) Está bien, te haré responsable de mi seguridad.
-       Si me lo permite, adelante mi lady.

Al otro lado otros chicos y chicas como John e incluso más sucios jugaban a una especie de juego dividido por equipos de dos que consistía en coger el pañuelo de los equipos contrarios, y los equipos que más pañuelos tuviesen deberían enfrentarse a una prueba de balón prisionero.

-       ¿Quién es la nueva? –preguntó Esther, pensando en lo inocente que resultaba aquella chica.
-       Se llama Sam.
-       Me llamo Samanta.
-       Hola Samanta –contestó Esther- yo soy Esther, y este mi hermano Roy. Ellos son Jim y Carrie. Aquellas gemelas son Susan y Sara; y los más brutos son Bruno y Jack.
-       Un placer.
-       Bien, si estamos todos, que comience el juego. Yo iré con Sam – dijo John.
-       ¡Qué me llamo Samanta!
-       Muy bien Sam –le tiró de la coleta pelirroja-, te cedo el pañuelo.

Tras aquella tarde de juego Samanta parecía feliz, se imaginaba triunfante. Había triunfado contra el ejército de los sin sombra.

-       ¿Te lo has pasado bien, Sam?
-       Parezco un orco, estoy sucia y cansada.
-       Hace un momento me pareció verte sonreír.
-       Vete a la mierda.
-       No te pongas así, me gustaría volver a jugar contigo.
-       Prometiste que imaginarías maravillas para mí.
-       Y así es, mi abuelo Alfred tiene un viejo libro que escribió hace tiempo. Antes de desaparecer me legó dos pulseras que son como un tesoro para mí. Me gustaría que tuvieses una.
-       ¿Por qué eres tan amable conmigo?
-       Me recuerdas a mi hermana.
-       ¿Me la vas a presentar?
-       Está muerta.
-       Lo siento.
-       No te preocupes –sonrió John-, ¿podrás venir mañana?
-       No sé si tendré tiempo.
-       Vivo al sur de la calle Roland, enfrente de una antigua pajarería. Te estaré esperando.
-       Gracias John.
-       ¿Crees que te regañaran por ir así de sucia?
-       Somos mayorcitos, afrontaré las consecuencias.
-       No seas tan seria, solo tenemos quince años. Me gustaría volver a verte.
-       Me debes de enseñar la obra de tu abuelo, así que me verás. Adiós John.
-       Adiós Sam.
-       Soy Samanta –gritó mientras se alejaba-.

Hacía dos semanas desde la pequeña aventura por el parque de Samanta, y todas las noches pensaba en John. Creía tener un amigo con quien compartir sus fantasías. Los sueños volvían tras de sí con virulencia, y vuelta a empezar. Comenzaba a creer que la vida era un sueño. Le impacientaba el hecho de quedar en casa, así que espero a que hubiese otro día azul para visitar a John. Al llegar a la dirección indicada comprobó lo antiguo que era el bloque de pisos, al tocar el portero una voz femenina contestó.

-       ¿Quién es?
-       Soy Samanta Hyggins, ¿puede salir John?
-       Preguntas por mi sobrino, por favor pasa.

El piso no disponía de ascensor, por lo que subió los pisos imaginando los escalones como una partitura de piano seguida de silencios. Al llegar al 8º piso la puerta se abrió, y una mujer morena que rozaba la cuarentena salió a recibirla.

-       Bienvenida, por favor acomódate en el salón. Mi sobrino tiene que estar al llegar, fue a por un mandado.
-       ¿Vive usted sola señora?
-       Oh por favor, no sea tan cortés. Llámame tía Mery. Verás sus padres y hermana murieron en un incendio. Desde entonces yo cuido del pequeño. Tiene una imaginación desbordante, ha salido a su abuelo Alfred. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?
-       Un vaso de agua, por favor.
-       No seas modesta. Somos humildes, pero un zumo recién exprimido de naranja sí que puedo ofrecerte. Tiene mucha vitamina C, te hará falta. Eres muy blanquita.
-       Gracias tía Mery.

Al cabo de unos minutos sonó el timbre, y apareció John.

-       Tía Mery, traigo los huevos, la harina y el pan.
-       Bien, esta noche tendrás bizcocho para cenar.
-       Gracias tía Mery.
-       Por cierto, está aquí tu amiguita Samanta.
-       Se llama Sam, ¿dónde está?
-       Te espera en el salón.
[…]
-       Hola Sam, lamento la espera.
-       No ha sido nada.
-       Vayamos a mi cuarto, tengo algo que enseñarte.
[…]
-       ¿Qué es eso?
-       Es el libro.
-       El libro de tu abuelo Alfred.
-       Sí. Se titula ‘La ciudad de las maravillas’.
-       Toma, ponte la pulsera.
-       No hace falta, en serio.
-       Vamos, póntela.

Al ponerse la pulsera ambos fueron transportados a una especie de mundo irreal y fantástico. Cayeron sobre nubes de algodón, vislumbrando a lo lejos un enorme castillo en espiral.

-       ¿Cuánto tiempo Alfred?
-       ¿Habéis dicho Alfred? Ese era mi abuelo.
-       ¡Pero si es un tigre que habla! – exclamó maravillada Samanta.
-       Está claro que vos sois hijo de las estrellas, pero ahora que observo su persona es más joven e incauta. Si vos no sois Alfred, ¿quién es su merced?
-       Mi nombre es John, y esta es mi amiga Sam, ¿quién eres tú?
-       Soy la proyección de la mente de tu abuelo, o quizás ambos estáis locos. Da igual, pues encomiable es vuestra llegada. Ciudad maravilla se halla perturbada, y tan solo los hijos de las estrellas podréis salvarla. Mi nombre es Tony Tiger.
-       ¡Es maravilloso! Decidme vos, ¿qué tipo de peligros acontecen a vuestro maravillado mundo?- preguntó Samanta.
-       Todos los días pasan cosas diferentes. Hace poco que el suministro de té de babosa no ha llegado, y los adictos a la teína recorren nuestras humildes calles recitando acertijos a cuál más complicado. No se irán hasta que el té no sea traído de vuelta, y mientras tanto reina la confusión.
-       ¿Qué debemos hacer Tony Tiger?
-       Bajo la cascada tres gigantes portan el cargamento, a cuál más estúpido que el anterior. Si lograréis recuperar el té, yo y esta humilde ciudad no dudaría en devolveros a vuestro mundo. Más no debéis preocuparos, el tiempo no pasará en vuestro mundo y siempre podréis regresar con las pulseras de ámbar hijos de las estrellas. Me voy a volver loco si juro ante la pimienta aguantar uno más de esos horribles acertijos. En vos confío lord y lady Star.

Corrieron con rapidez pues en ese mundo eran más veloces, fuertes y resistentes que en la realidad de la que procedían. Bajo las cascadas tres enormes y feos gigantes aguardaban con la mercancía de té mientras deliraban acerca de cómo cortejar a una joven princesa.

-       Escucha, escucha, esos horribles gigantes pretenden cortejar a una dama.
-       Sam, no pretenderás herir los sentimientos de los gigantes.
-       ¿Qué quieres que haga?
-       Podemos hacernos amigos de ellos, seguro que son muy tímidos.
-       ¡OIIIIDDD GIGANTES!
-       ¿Quiénes sois? – gruñó el de en medio.
-       ¿Son comida? – preguntó el más alto.
-       ¿Serán téicomanos?- dijo el más oscuro.
-       Somos hijos de las estrellas.
-       ¿ALFRED? – preguntaron a la vez.
-       Así es, Alfred era mi abuelo. ¿Qué os perturba nobles amigos?
-       Tu abuelo no imaginó gigantas, y nos sentimos solos. Nadie quiere jugar con nosotros- dijo el de en medio.
-       Queríamos conceder este cargamento de té a lady jirafa.- dijo el más alto.
-       Me alegro de veros.- dijo el más oscuro.
-       Sepan sus mercedes que un obsequio a una dama nunca debe ser robado. Estáis acusando brotes epidémicos de acertitis en la muy noble ciudad maravillada.
-       Lo lamento – gruñó el más oscuro.
-       Está bien, mi amiga Sam os dirá como cortejar a doña Jirafa.
-       ¿De verdad? – preguntó el más alto.
-       S-sí, lo haré- dijo Samanta.

Tras una tarde de deliberación los gigantes aprendieron a tener la estima suficiente para declarar su amistad a Doña Jirafa. Sam y John devolvieron el té, y tras un festejo por todo lo altos en el barrio de los poetas extraviados regresaron a su mundo.

-       Eso ha sido maravilloso John, ¿cómo lo has hecho?
-       Es la primera vez que viajo al mundo de mi abuelo, supongo que habrá algo de mágico en sus palabras. Es como si el mundo que creó trascendiera la imaginación, cobrando vida propia.
-       Gracias John, tengo que irme. Me gustaría volver a quedar contigo –le besó en la mejilla.-
-       A-a mí también me encantaría –titubeó John.

{Continuará…}



No hay comentarios:

Publicar un comentario