sábado, 12 de abril de 2014

Apiadado Némesis

Apiadado Némesis

Insatisfecho e imponente perfilaba un último intento de sonrisa ante lo que sería el lienzo de su desesperación. Para Harris el río era sereno, siempre tenía un principio y un final. Su cauce era caudaloso y repleto de accidentes. En cierto modo, contemplarlo le hacía recordar los momentos más agradables de su vida. Una retrospectiva que lo transportaba a un pasado ya difuso dónde los delirantes purpuras de su imaginación se entremezclaban con platinados deseos de obstinación. Sin embargo ahora ya no podía reconocerse, en su reflejo comprendía que el deterioro del tiempo no le había traído nada de aquella afanación de la que siempre hizo gala. Terció su puño despacio, y se dio la vuelta ante una presencia conocida.

-       Una dura carrera, ¿no crees Peter?
-       Supongo que nunca lo fue.
-       No lo entiendo, ¿qué pretendes decir?
-       Aquello que crees que es, deja de serlo en el momento que tu rutina depende de ello. He corrido fugaz por las aguas más virulentas, ese era mi trabajo.
-       Vamos, somos viejas glorias. Hemos disfrutado, pero no somos más que reliquias. ¿Por qué no te alegras de poder descansar al fin?
-       ¿Qué fueron para ti las carreras de anfibios? ¿Qué fue para ti el motor? ¿La sensación de orgullo que te invadía al recorrer vastas extensiones? ¿La libertad de vivir de forma desenfrenada?
-       Fue un tiempo hermoso. En verdad lo fue… 
-       Quisiera volver atrás el tiempo y disfrutar aunque fuese solo por un instante de la simbiosis con el río.
-       ¿Por qué no sacas tu anfibio y lo haces? ¿Qué te lo impide?
-       Sería mi fin, mis constantes vitales no responderían al ingenio mecánico. Nunca he comprendido la relación hombre-máquina.
-       Eres un todo, tus constantes son el motor del ingenio…
-       Eso ya lo sé, nos convertimos en máquinas el día que el petróleo dejó de sernos útil…
-       ¿Y qué te lo impide?
-       Supongo que tengo miedo a morir, pero tampoco puedo renunciar a mi libertad. Si tuviese que morir algún día, esta sería una muerte dulce.
-       Eres una leyenda, aunque tan solo algunos te recuerden. Aún podemos dar un último espectáculo.
-       ¿Estás seguro? Moriríamos carbonizados…
-       ¿Acaso existe muerte más dulce?
-       ¿Esa es tu elección?
-       Al principio no estaba muy seguro, pero poder correr una vez más. Una última vez. Sería algo increíble.
-       Dime George, ¿recuerdas a Jacqueline?
-       Cómo olvidarla, aún lamento su perdida.
-       Ella nunca quiso que corriese, temía por mi vida y no la culpo.
-       Eran tiempos bélicos, se la llevo el fragor de la guerra.
-       No pude despedirme… Ahora podré encontrarme con ella.

El sentido compungido de su pesar le fue abandonando, y cubierto por su enorme capucha que la dejadez y la vejez la habían dejado con holgura, caminó con determinación tras los pasos de George, su antiguo rival. Veinte años era la distancia que había entre el triunfo en el campeonato anfibio del adriático y la actualidad. Aunque pareciera que habían cambiado muchas cosas desde entonces, nada era aparente. Caminaron sin hablar durante horas hasta llegar a Venecia, dónde multitud de jóvenes practicaban carreras con motores hidráulicos cuya resistencia era infinitamente inferior a los anfibios.

 La ciudad era un auténtico laberinto de canales que conectaban las distintas encrucijadas hasta una enorme plaza circular dónde se hallaba una plataforma que conducía a una ciudad que se elevaba más allá de las nubes. George se dirigió por unos aciagos escalones de mármol de tonalidad verdosa hasta una especie de embarcadero inferior situado en la proximidad de las cloacas. Lo que antes había sido un próspero distrito destinado a las carreras de anfibios tras su prohibición se convirtió en un vertedero. Peter se planteaba sí el progreso implicaba una mayor comodidad sin riesgo, entonces él no quería vivir en un mundo así. Era estúpido pensar en una vida sin adrenalina, estaría viejo pero no senil.

El embarcadero disponía de un amplio espacio abierto sobre el que posaban aguas de un verde esmeralda. Unos diques de madera contenían el desnivel, y ayudaban a evacuar en los momentos de marea alta. Sobre la entrada se hallaban sendos almacenes, y una especie de espacio porticado con un pódium sobre el que se situaba una pancarta de victoria del año 2.055. El año de la victoria anfibia de Peter, lo que le hacía sentir joven e imaginar el glamuroso acto entre todos los entonces presentes. Pasaron por uno de los almacenes, forzando la cancela y accediendo a su vestíbulo. Entre multitud de chatarra hallaron tres vehículos anfibios que aún estaban condiciones de despegar.

Estos vehículos no eran precisamente lo que se pueden entender como tal. Sobre sus manos colocaron una pequeña esfera dorada que conectaba su estructura genética con una especie de microprocesador interno que daba acceso a una morfología triangular. Dejaron de ser hombres para convertirse en máquinas complejas dotadas del mayor de los sacrificios humanos, los sentidos. Estos vehículos conformados por una mezcla de material genético, chips procesados, y láminas de titanio surcaban ríos y mares a una velocidad superior a la del sonido. Se trataba del mayor portento tecnológico jamás inventado, y debido a su peligro pronto olvidado. No era cuestión de dejar de percibir una imagen que a priori pudiera ser inhumana, sino de poder alcanzar el verdadero significado humano. La virtud de la libertad sin interferencias.

Peter y George se sentían imbuidos de renovadas esperanzas, allanando sus vicisitudes con recuerdos que ahora parecían muy vividos. Tramo a tramo recorrieron el circuito de canales, rutas marinas y pequeñas escollas terrestres hasta que su energía vital se iba degradando, y la combustión de sus tejidos y vasos sanguíneos se iba expandiendo. Finalmente la energía que impulsaba la esfera dorada se fue perdiendo, y sus cuerpos carbonizados serían arreciados por la suave brisa que recorría el adriático.


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