sábado, 29 de marzo de 2014

El alquimista

El alquimista

Afanado por su ímpetu de rebeldía tentaba a la naturaleza con feroces propuestas, y ninguna de ellas jamás llegaba a tener éxito, hasta su llegada a las postrimerías del reino de Valentia. No tenía rostro, o al menos nunca nadie pudo contemplarlo. Ocultaba su identidad bajo una máscara metalizada de color pizarra, con rubricas y relieves geométricos. Sus manos quedaban protegidas por sendos guantes de piel oscura delicadamente tejidos a mano. Sobre su cuerpo colgaba un hábito, similar al de cualquier congregación eclesiástica pero decorado con un majestuoso tapiz purpura con bordes dorados, y realizado con suave lino. Su oculta figura llegó a granjear leyendas desfiguradas y enajenadas ante la imaginación de gentes sencillas que poco o nada comprendían de lo que les era ajeno.

  Su reputación fue labrada de aldea en aldea. Allí gentes de todo tipo y condición acudían ante sus actos milagrosos, pues se decía que albergaba el cáliz de Dios. Forma vulgar de denominar a la piedra filosofal. Su labor consistente en aliviar el dolor de enfermos y producir oro a partir de cualquier tipo de materia, su carácter reservado pues apenas mediaba palabra, y su figura desconocida pronto hicieron que fuese acusado de supercherías, e injurias. Se le llegó a denominar como el emisario de Satanás. Si bien aquello le resultaba indiferente pues su único destino era postrar sus servicios a su majestad, debía de andarse con ojo ante un posible asalto. Al igual que apareció, desapareció. No se supo del alquimista en meses, hasta que las noticias del emisario bendecido llegaron por todo el reino. Al parecer el monarca acogió de buen grado y sumo placer al alquimista, le otorgó honores, y llegó a ser válido de su consejo.

Disponiendo de un lugar dónde experimentar, poco a poco fue haciendo valer sus dotes. Logró hacer florecer jardines sobre tierra marchita, y proyectiles capaces de perforar cualquier materia. Sus éxitos fueron álgidos y al poco efímeros. Las sospechas sobre su identidad volvían a levantarse, y el alquimista poco o nada murmuraba. El rey corrompido por sus válidos mandó a apresar al alquimista, pues temía volver a reproducir un altercado como el homicidio que ejerció contra su hermano gemelo. Tres flechas en el corazón bastaron para hacerlo caer. Su cuerpo cayó inerte sin sangrar. Sobre sus manos sostenía una especie de piedra de color magenta, y al obtener la máscara comprobaron con horror el rostro del rey yacente. La guardia escandalizada acudió a la cámara del consejo, comprobando con horror como el rey no estaba. Dado que nadie supo de la identidad del alquimista mandaron cerrar toda entrada a la fortaleza, levantaron el puente y cercaron la torre.


Un ambiente de terror asoló aquel espacio y todo lo que antes había florecido se tornó marchito. El alquimista consumó su venganza, y pronto todos perecieron en el lugar. Desde ese entonces la piedra filosofal se convirtió en el mito de un reino olvidado.


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