jueves, 6 de marzo de 2014

As de Picas

As de Picas

Jak posaba un doble malta escoces sobre la repisa de la barra, mientras anotaba con sumo cuidado un doble gintonic para la mesa de enfrente. Era una mesa grande de tapiz turquesa sobre la que reposaba una cubertería bruñida en plata y con dos rebosantes copas de cristal milanés, que tan solo daba cavidad a dos personas. Trajeadas, de unos treinta años apreciables de forma aparente. Uno de ellos vestido con una camisa escarlata, chaleco y pajarita coqueteaba con una carta que mostraba el As de Picas, mientras que su contrario con una camisa gris y de corbata caída en tonos grises embutía el humo de un habano importado.

-       Necesitas el trabajo, y lo sabes. No es una propuesta, necesitamos esos malditos archivos. Si valoras la vida de tu esposa, sabes lo que te conviene. – empuñó una navaja suiza que clavo justo en el As.
-       Serás cabrón, ¿desde cuándo mi difunta mujer ha pasado a ser un juego para vosotros? No sois más que escoria ratera. Ni siquiera sabéis apreciar la armonía del caos. ¿Queréis matarla? Está muerta. ¿Quieres matarme? Hazlo. Pero nunca intentes intimidar a tu propia sombra. – Cogió el habano de su congénere y lo ahogó en el gintonic, agitando su manga hasta hacerse con un nuevo As de picas.
-       Si fuera por mí… -empezó a reírse de forma descarada.- Créeme, si fuera por mí, hace tiempo que estarías muerto. El jefe te tiene como su payaso personal, un idiota sin escrúpulos desde luego.
-       Oh, Rob! ¿De verdad crees que tengo jefe? ¿De verdad crees que tengo esposa? ¿De verdad crees que me importa la vida? ¿De verdad crees que voy a haceros el trabajo sucio? Eres estúpido, pero me pareces divertido… Juguemos al ¿quién es quién? Venga, respóndeme Rob, ¿quién soy yo?
-       Un payaso, un don nadie. A nadie le importa tu nombre, a nadie le importas. Deberías estar bajo tierra, si el jefe no quisiese que fueses su verdugo personal.
-       ¿Jefe? Mal, muy mal Rob. La diferencia entre tú y yo, es que yo no tengo jefes – tiró el As de picas en el rostro de su compañero y saco una pistola.- Un, dos, tres… Aquí se va a liar parda, Rob.
-       Eres un puto loco…
-       No Rob, soy tu verdugo –levantó el gatillo y realizó un disparo certero en la frente.-

El comisionado se hallaba convulso. No eran más de las dos de la tarde cuando había llegado un aviso desde la calle Folk. Un psicópata trajeado vinculado con los hombres de Miller había cometido un doble homicidio, y el incendio de un restaurante lujoso de las inmediaciones. Solo había una pista para su paradero, una carta con el As de picas. El inspector Rayan descorchó una botella de White Label mientras se estrujaba la cabeza pensando en cómo diablos atraparía a un psicópata auspiciado por los perros de los bajos fondos. La maldita ciudad de Ockwill se había vuelto un maldito ocaso. Mientras apoyaba sus pesadas botas sobre la tarima, repasaba una y otra vez los archivos.

En una tira del diario de Ockwill observó con sus cansados ojos castaños como hacía un año se había dado por muerto a un antiguo fiscal en las inmediaciones del barrio norte. Se trataba de Scott Philip, más conocido como el bastión de picas de la justicia. Había llevado ante las justicia al mismo Walt Turner, pero a la vez se había granjeado numerosas enemistades. Un complot contra su persona terminó con la vida de su esposa, y el mismo se tiró de un puente. La policía no fue capaz de dar con su cuerpo, y se declaró muerto a imagen pública. Rayan recordaba todo aquel panorama, y como manipularon a los medios para inculpar a Turner de su muerte. Pretendían imponer la ley del respeto, y sin embargo ahora todo era un caos. Se puso la gabardina beis y un sombrero que le tapaba hasta el flequillo, disponiéndose a salir de la oficina. En la puerta los principales medios de Ockwill posaron expectante ante las declaraciones del inspector.

-       Bryan Sprint de la BBD, ¿cómo calificaría los últimos acontecimientos?
-       No hay comentarios al respecto.
-       ¿Quién es el psicópata del As de picas?
-       Estamos trabajando en ello, no más preguntas.
-       ¿Declara por tanto de incompetente la labor de la justicia?
-       ¿Sabe usted lo que significa no más preguntas? Váyase a otra parte, y déjenos hacer nuestro trabajo.

Apartando las cámaras de su rostro subió al furgón policial en dirección a la alcaldía. A expensas de la espesura del tráfico, tomó iniciativa con la sirena y se puso en cuestión de minutos en la misma puerta. Mientras accedía por las escaleras enmoquetadas del palacio dónde se encontraba el alcalde, tomó un respiro y posó sus manos sobre el delicado tapiz de madera de roble antes de entrar. No podía pensar en cómo tomar ese asunto de emergencia, era como sí la ficción se hubiera adherido a la realidad. Era una situación surrealista.

-       Comisario Rayan, esperaba su visita. Pase, dígame, ¿ha visto las noticias últimamente? –Se posaba sus manos sobre una cabellera ya casi inexistente mientras esgrimía expresión de frustración e impotencia.
-       De eso mismo venía a hablarle, creo que es momento para alterarse. Vengo a pedirle que declare el estado de excepción, y me permita intervenir por toda Ockwill. Un cordón policial hasta dar con ese maldito desquiciado.
-       Eso resultaría peligroso para el orden público, y por supuesto para la bolsa de nuestras empresas. Los empresarios se opondrían, y los rateros camparían a sus anchas. Las personas quedarían expuestas a más peligros de los que pueda ocasionar ese psicópata. Su trabajo es apresarlo, ¿a qué espera?
-       Es cierto que podemos convertir Ockwill en una batalla campal, pero si no declara el estado de excepción lo que necesitaremos es un milagro para acabar con los homicidios. Jugamos contra el caos, y partimos en desventaja.
-       No habrá estado de excepción, haga su trabajo y acabe con los problemas de la ciudad. No alteraré la armonía por un lunático. Márchese. Espero resultados en su próxima visita.
-       Puede estar cometiendo un grave error.
-       Asumiré las responsabilidades. Organice un equipo con los swat y trabaje, maldita sea.

El barrio norte había sucumbido a la codicia. Grandes empresas malversaban sus ganancias en bandas con las que limpiaban la riqueza en negro mediante sucursales fantasmas. Moviendo todos aquellos hilos se encontraba Frank Miller, un antiguo gerente ahora convertido en el capo que controlaba todas las bandas de rateros. Con sus cincuenta años ya consumados, vestía un traje granate a cuadros, y sostenía sobre su cintura dos pistoleras, a parte de un machete que escondía en la parte trasera del pantalón.

-       ¿Dónde está la pica? ¿Dónde está el payaso? ¿Dónde está Rob? Me estoy poniendo muy nervioso –Sacó una pistola y la cargó apuntando al techo.- Muy, pero que muy nervioso.
-       Rob ha muerto jefe, lo mató el payaso.
-       ¿Y dónde cojones está ese payaso? –Levantó la mano izquierda, y con la derecha le disparó entre ceja y ceja.- ¿Alguien sabe dónde está?
-       Quizás impartiendo justicia –se escuchó una voz desde el fondo-
-       ¿Quién eres? Muéstrate.
-       ¿Me estabas buscando, jefe?
-       Maldita sea, ¿por qué has matado a Rob?
-       Rob tenía la palabra muerte escrita en la frente, ¿me dejas ver tu frente?
-       Cogedlo.
-       Jajajaja. No tengo jefes, idiota. Apresadlo.
-       ¿Se puede saber qué haces, animal?
-       El payaso. Tendré que hacer valer el apodo con el cual me has dignificado. El problema es que ahora vas a morir… -Sacó de entre la manga un As de picas, y lanzó la carta al aire. Acto seguido cogió el machete que Miller escondía, y le asestó un tajo en el cuello. Mirando con ojos enfermizos se colocó la pajarita y el chaleco.- Bien chicos, ¿quién de vosotros impartirá justicia con el payaso?

El ambiente tornó a júbilo, más de trescientos ex convictos vitorearon al payaso, mientras este repartía panfletos sobre una guerra en Ockwill, cuyo lema era ‘El caos nunca ha sido tan divertido’.

 Continuará…




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