lunes, 10 de marzo de 2014

As de Picas III

As de Picas III

Seguido a la calle Folk se hallaba la plaza de la concordia, un pequeño recinto vallado que disponía de múltiples espacios para el ocio, y por lo general solía representar un espacio de reunión para la mancomunidad de vecinos del barrio oriental de Ockwill. Entre la aglomeración de vecinos alterados se encontraba Rick, un cansado padre de familia que le exasperaba la situación de intranquilidad después del homicidio del comisario Rayan. Arrastraba con una chaqueta de cuero raída tras la cual escondía un revolver dispuesto, y un sombrero de cowboy. Manifestando su ira cargó el revólver, y le arrebató el megáfono al concejal que presidía aquella reunión.

-       Hemos llegado a una situación límite, o nosotros o ellos. No podemos sostener esta situación insólita por más tiempo. Entran en juego no solo nuestra calidad de vida, sino la impredecibilidad de poder proteger a nuestros hijos. Los empresarios no toman partida, y los criminales han provocado la inoperancia de la vía cívica de la jefatura de policía. ¿Estamos dispuestos a aguantar esta situación por más tiempo? –declaró Rick.
-       Tiene razón… ¿Dónde está Washington cuando se le necesita? Nos han dejado solos. – Dijo Tom, dueño de una pequeña hospedería que presentaba una situación delicada debido al aislamiento que Ockwill vivía debido a la criminalidad exarcebada de las últimas semanas.
-       Debemos tomarnos la justicia por nuestras manos. Organizaré una patrulla expedicionaria contra todos los ex convictos escapados de prisión. Elegid, ¿nosotros o ellos?
-       ¿De qué serviría rebajar nuestros actos a su nivel? ¿De qué valdría arrebatar vidas sin llegar a ser juzgadas? – preguntó el párroco Sam en un intento de hacer un llamamiento a la consciencia civilizada. – Debemos de mantener el orden cívico, y Dios y Washington proveerán.
-       Desde luego, padre, usted no ve la realidad en la que nos hemos visto sometidos. Han realizado un boicot en la comisaría, han matado al comisario Rayan, y nos encontramos expuestos como corderos que esperan a un carnicero inesperado.
-       Tampoco podemos tomar la justicia por nuestra mano, estaríamos accediendo a las demandas del psicópata. ¿De verdad es necesaria una batalla campal? ¿En qué nos beneficiaría? – preguntó Bryan Morris, concejal encargado de satisfacer las necesidades del barrio oriental.
-       ¿Y qué propone? ¿Dejarnos matar? ¿No poder dormir debido a la preocupación por tener a nuestras familias expuestas a una muerte imprevista? Esto no es vida Bryan –espetó Rick.- Estaré atento al milagro que usted propone.
-       Una situación eficaz en estos casos sería una evacuación.
-       ¿Y quién nos acogerá? ¿Washington? Aún no ha respondido a nuestra demanda.
-       El protocolo 9º de Ockwill plantea un traslado masivo de la población a las lindes de Washington, hasta que esta situación se solvente. A falta de que se apruebe con el resto de barrios, será la opción por la que optaremos. Toda la comunidad de vecinos deberá acogerse a la decisión tomada bajo pena de sanción y delito pertinente.
-       Vamos, nos echan de nuestras casas porque un psicópata alteró el orden público. ¿No cree que el problema se solucionaría plantando cara al cabecilla?
-       ¿Tú conciencia quedaría tranquila matando impunemente y cediendo a sus propósitos? Sí es lo que pretendes lograr, quédese con todos los convictos pero recuerde que será juzgado por delito y sanción.
-       ¿Cómo se hará el traslado? – preguntó la señora Houston, profesora de la escuela elemental.
-       Seguirán con sus vidas, hasta mañana momento en el que prepararemos varios camiones y autobuses, y nos dispondremos a abandonar la ciudad. Se les indicará el momento y el lugar, y por supuesto son libres de actuar bajo la pena ya establecida.

Esa misma tarde John Trush rendía honores al comisario Rayan, como nuevo comisario de la sede central de Ockwill. El alcalde había dado la aprobación para la declaración de un Estado policial de excepción, lo que suponía que sobre sus hombros recaía un enorme poder. Por su parte la sociedad civil sería traslada por barrios a las inmediaciones de Washington, salvo algunos grupos de vecinos que habían pactados con el Estado policial para aportar todos los efectivos necesarios a la hora de acordonar los distintos distritos, y a la espera de la intervención del equipo de swat estatal.

  John había llegado a la jefatura de inspección con tan solo 28 años, mostrando unas dotes innocuas para la investigación, aunque sus intenciones eran esclarecer la vinculación del cordón empresarial de Ockwill con el desarrollo de un entramado negro de blanqueo de capitales. De pequeño veía como su padre William Trush gestionaba uno de los principales bancos de Ockwill, el Preston Bank, de forma lícita y legal. Sin embargo la muerte fortuita de Roland Preston hizo que las acciones y el capital del banco se desplomaran siendo absorbido por el emergente Rellington Bank. Esto supuso un recorte en plantilla de aquellos sujetos considerados nocivos para la nueva empresa, lo que implicó el despido de su padre quién acusado de falsa malversación de fondos fue juzgado y encarcelado en la prisión estatal. John creció bajo la protección de su madre y abuelos, leyendo el diario dónde frecuentemente se acusaban detecciones y homicidios procedentes de los bajos fondos. Con el transcurso de los años se fue interesando por los asuntos civiles ejerciendo su formación en derecho institucional y con posteridad en criminología. Se le consideraba un genio en materia de personificación del criminal por lo que se puede declarar que la decisión del alcalde fue todo un acierto.

Como primera instancia ordenó la división de Ockwill en dos distritos importantes. El distrito norte, y el distrito sur. En el distrito norte se hallaba la comisaria y se hallaría brindada permanentemente con material de asalto y explosivos. Se crearía un perímetro de protección aérea, y serviría como bastión contra el crimen, y defensa del cordón empresarial que continuaría ejerciendo sus funciones habituales con objeto de no resentir la economía. Por el contrario el distrito sur se hallaba sumido en el caos, se trataban de los bajos fondos y el sector proletario. En este sector se realizarían incursiones encubierta con objeto de dar con el payaso de picas –como a John le gustaba nombrarlo-, y se priorizaría la obtención y detención de los convictos, pero con capacidad de ejercer línea de fuego si la situación así lo requería. Tras organizar la dispersa de efectivos policiales, y de vecinos, se echó sobre la butaca repasando el expediente policial del antiguo fiscal de la ciudad  Scott Philip, había algo de aquella situación que le traía intranquilo, por lo cual no dejaba de arrastrar con sus pálidas manos el flequillo color azabache en un intento de sacar algo de su cabeza.

Rellington Bank había prosperado desde sus inicios como una pequeña sucursal de préstamos. Ahora se disponía en mitad de la calle Folk un esbelto edificio con una fachada de madera metalizada, y fuentes manando de sus puertas cuyas aguas nutrían a un pequeño jardín de acceso. Su interior estaba formado por todo un conglomerado de oficinas organizadas jerárquicamente en cuanto a estatus. En la planta superior se hallaba Bill Rellington, presidente de la compañía. Se encontraba con un traje color rojo, y una camisa amarilla fruto de sus excentricidades, y junto una persona de unos aparentes treinta años ataviada con un traje verde y un rostro maquillado con el As de corazones.

-       Bill, tantos años sirviendo a tus intereses, ¿me pregunto de qué parte estarás? – esgrimió una sonrisa.
-       Sí Scott quería presentarse, solo tendría que haberse personado. No es necesaria toda esta parafernalia de circo.
-       ¿Scott? Yo no diría ese nombre tan a la ligera, aunque tu vida no vale una mierda.
-       Chicos –Bill tocó el interfono- planta A, AHORA MISMO.
-       No te molestes Bill, el edificio está a mi mando. Solo te protegen por orden directa del payaso. Vamos, Bill, ¿de verdad creías que tenías poder? Sólo eres una marioneta que ha llegado a dónde está porque le hicimos el trabajo sucio con la eliminación de la competencia, y el algunos amañitos en cuestión de capital externo.
-       Y-yo, no pienso tolerar tanta infamia. Fuera de mi oficina.
-       Vamos Bill, te doy una oportunidad. Lanza una moneda.
-       ¿No pretenderás matarme? –puso su mano sobre la gabardina en busca de su pistola semiautomática.
-       Claro que no Bill, ya estás muerto y no hay nada que te pueda salvar. Solo decide tu suerte.
-       Maldito seas –sacó la pistola y disparó, sin atino.
-       Jamás has manejado un arma Bill, deja las cosas de adultos para los adultos. Tira la moneda.
-       No creas que soy tan necio.
-       Me estoy cansado de juegos, ¿quieres vivir? Corre –En el mismo instante que se levantó de su asiento recibió una bala en el tórax cayendo rendido en el suelo.
-       Maldito seas, maldito seáis tú y el maldito payaso.
-       Nos veremos en el infierno Bill- comenzó a reír, cargó con su cuerpo y lo arrojó por la ventana tiñendo las fuentes de un rojo apagado.

Las primeras incursiones de los vecinos sobre el distrito sur se estaban llevando a cabo por los vecinos que habían prestado servicio policial, comandados por Rick. Todos ellos cargados con fusiles de asalto y pistolas de corto alcance pero potencia media llegaron hasta el Rellington Bank ahora convertido en una especie de fortín criminal. Al llegar de sus fuentes manaba sangre, y clavada en una estaca pudieron reconocer la cabeza de Bill Rellington. Algunos pese a las atrocidades macabras que aquello representaba, sonrieron al ver aquel cerdo preso de la agonía. Había abusado de hipotecas a interés sobreelevado, y había sido uno de los financieros clamados como corruptos por lo que el desagrado civil sobre su persona era más que justificado. Rick se encontraba enfurecido, colérico y envalentonado, aquella situación le provocaba impotencia así que se dispuso a prender una línea de fuego sobre todas las ventanas, provocando un gran estruendo al estallar los cristales. Al no oír represalias entraron en el edificio.

  El interior del edificio resultaba exultantemente vacío. No había nadie en recepción, y los ascensores se encontraban inutilizables. Al llegar a la planta segunda observaron unas pequeñas luces rojas palpitantes en los techos, y a través de unos conductos una especie de gas comenzaba a asolar la planta entera. Usando las camisas como mascaras corrieron a la tercera planta con algunas bajas. La tercera planta se encontraba con un aire nítido, pero una especie de personas disfrazadas de payasos con el rostro deforme deliraban sobre asuntos bursátiles, y una especie de sustancia denominada ‘furia verde’. Se hallaban expuestos a una especie de toxina que les provocaba agresividad y enajenación mental. Era una especie de enfermedad que volvía a una persona viva a sus instintos más salvajes, nublándoles la capacidad de raciocinio. Vivían en un segundo mundo de mentes indelebles sometidas al juego de un psicópata. No importaba que estuviesen vivos, habían perdido la humanidad.

Rick espantado por la situación dividió el grupo en 2.  Por un lado marcharían él y 3 personas más hacia las plantas superiores, mientras el resto dirigidos por Patrick harían un ejercicio de distracción consistente en disparar a las paredes y a traer todo el foco de atención de esa especie de seres hasta un punto concreto. Rick tomó la iniciativa, y continúo con su grupo subiendo hasta la última planta dónde había una única oficina, y en su interior una especie de maniquí con el As de corazones serigrafiado.  Se acercó al maniquí comprobando que era humano. Parecía muerto. Al agarrarlo por el cuello el payaso abrió los ojos de una tonalidad verde –al igual que las personas infectadas con la furia verde-, cogiendo a Rick por los nudillos, y lanzándolo bruscamente hacia la pared.

-       Parece que tenemos visita – sonrío el payaso de forma malévola.- Sean bienvenidos al Rellington Bank. Perdonen mi hospitalidad –cogió un revolver y disparó a dos del grupo dejando tan solo a Rick inconsciente, y Martin.
-       Estás enfermo, ¿qué cojones se supone que sois? ¿Zombis? ¿Monstruos?
-       Nada de eso, solo somos payasos.
-       ¿Somos?
-       Pronto lo serás también –cogió una jeringa y la lanzo al cuello de Martin.- Ahora me tengo que ir a informar al jefe. Cuando te transformes, cuida de tu amigo por mí.
-       Maldición.
-       Ah! Por cierto, si aprecias tu existencia. Mata a tu amigo, la toxina que te inyecté se alimenta de la sangre del organismo. El único medio de seguir con vida es que te bebas su sangre. No te preocupes, pronto te transformaras, y dejaras de pensar por ti mismo.

Martin se encontraba convulso, su cuerpo se estaba resistiendo a la toxina y un enorme dolor del abdomen lo hizo desmayarse. Postrado ante la pared logró recobrar el sentido y sacar a Rick del edificio. En su salida contempló con estupor como el grupo de Patrick había sido masacrado y aquellos especímenes se alimentaban de su sangre. Cuando ya hubieron regresado al distrito norte cayó desmayado sobre el asfalto de una autovía vacía, quedando ambos inconscientes.



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