domingo, 9 de marzo de 2014

As de picas II

As de Picas II

Ockwill continuaba tan ajetreada y dispar como cualquier otro día perdido en un tiempo siempre continúo. La prensa se había ensañado con la visión de un payaso que irrumpía en el perfil de esquizofrénico, un individuo cuya aparición era más morbosa que cualquier acontecimiento político o incluso futbolístico del momento. Sin embargo todo aquello parecía difuminarse, el sosiego de lo impredecible. La calle Peterson se disponía en perpendicular con la avenido Helly, y en la intercesión entre ambas había una pequeña plaza adornada con dos grandes estelas con esculturas honorificas, y un pequeño pódium dónde se encontraba el inspector Rayan.

   Cansado por el insomnio que le provocaba tener todo en orden, se encontraba presidiendo un honorable desfile de conmemoración. Toda la guardia local se hallaba posando y haciendo gala del nuevo armamento que el alcalde había proveído para la ciudad. En mitad del acto, dejó al oficial Carrey al cargo para acceder a la plataforma dónde el alcalde le otorgaría toda una parafernalia honorífica al orden. La orquesta comenzó a rechinar, y Rayan fue investido como el defensor de Ockwill. Momentos antes de emitir palabra alguna la orquesta cambió el ritmo y adquirió un tono festivo con melodías de circo. Una fuerte explosión asoló el lugar resultando decenas de agentes muertos, y varios heridos de gravedad. La orquesta había resultado ser un complot, y tras dinamitar los explosivos se marcharon aprovechando la confusión. Rayan convulso hizo trasladar al alcalde, y llegó hasta el lugar de la explosión. A parte de muerte y un enorme agujero no había nada. Un policía raso parecía haber sobrevivido a la masacre, así que lo hizo trasladar de inmediato a su oficina.

  La oficina continuaba desordenada tras las largas horas de insomnio que Rayan había tenido intentando vincular al psicópata del As de picas con el fiscal desaparecido Scott Philip. Sentado, y con un café con hielo sobre la mesa procedió a entrevistar al afortunado.

-       ¿Cuál es tu nombre?
-       Ridley Turner, señor.
-       Debes de sentirte afortunado, ¿has perdido a alguien importante joven?
-       Tres de mis compañeros se desintegraron.
-       ¿Cómo qué tuvo la suerte de no acabar como ellos?
-       Verá, me encontraba llamando a mi mujer. Pronto seré padre.
-       ¿Puedo verificarlo?
-       Claro, aquí tiene el móvil.
-       Parece que su imprudencia le salvó el pellejo, ¿pudo ver algo?
-       La orquesta cambió de ritmo, un sonido casi imperceptible muy potente.
-       Puede que los explosivos estuviesen ahí de antes, no sería descabellado pensar que una onda de choque pudo ser el epicentro de la desgracia. Necesito hombres para acabar con el payaso, ¿quiere formar parte de ello?
-       Por supuesto, señor.
-       Muy bien, cuando salgas de la oficina no hagas declaraciones que puedan contraer morbo del psicópata. Si admite un consejo, no abra si quiera la boca. No articule expresión alguna.
-       Gracias inspector.

A la marcha de Ridley revisó los expedientes policiales en busca de información sobre el afortunado. Uno a uno de forma exhaustiva fue organizándolos sin éxito. Cuando ya había desistido la fiscal Sara Stone solicitó un requerimiento. Había recibido en su buzón una carta de un As de picas con un corazón pintado con un aglutinante que parecía ser sangre. Compungida por el terror que le ocasionaba aquello, se lo mostró a Rayan.

-       Como usted comprenderá no puedo estar tranquila sin un psicópata me corteja por antojo.- Un mechón de su ondulado cabello castaño caía sobre su tez pálida tan solo cromada por unos ojos grises y unos labios turquesas.
-       Esta carta es tan impredecible como usted, parece que le ha salido un novio celoso a Ockwill.
-       No bromee inspector, es algo serio.
-       Vamos, solo quería verla sonreír. Puede estar tranquila, hoy yo mismo seré su propio custodio.
-       ¿No será una proposición indecente? –preguntó lentamente para ruborizarlo.
-       Eres el anzuelo para cazar ese maldito loco que lleva revolucionada media ciudad. ¿Recuerda al antiguo fiscal, Scott Philip?
-       Fue el paladín blanco de la justicia. Gracias a él quise ser lo que soy hoy día, me enseñó el ideal de la justicia.
-       Puede que sea nuestro hombre. Se hacía llamar el bastión de picas de la justicia, ¿no ve la analogía?
-       Inspector, creo que un difunto no puede nublarle la vista. Acabará tan enajenado como el psicópata, recapacite. Está muerto.
-       ¿Lo está?
-       Se tiró de un puente a la muerte de su mujer. Volvamos a la realidad, ¿cuál es su plan?
-       Me acomodaré en su salón a la espera de lo inesperado.
-       ¿Me ayudará también con la factura del alquiler o piensa ser un ocupa? No todas tenemos sueldazos como el suyo.
-       Parece que no se lo toma muy enserio –esgrimió expresión de enojo.
-       Parece que usted no es tan cortés como me hicieron creer. Está bien, accedo. Pero llévese su propio almuerzo y cena. Lo único que me faltaba era un trabajo de madre.

El salón era espacioso y grande, quizás lo más llamativo de un piso de apenas 200 m2. Dos tresillos y un armario de madera de roble decoraban la estancia revestida de paredes amarillas, y cuadros con analogías abstractas. Rayan se encontraba acomodado en el sillón mientras repasaba los últimos acontecimientos en el diario de Ockwill. La noche caía sobre la ciudad y la paz que sentía le hizo poder al fin cerrar los ojos, y entrar en un profundo sueño.

  Al despertar se encontraba mareado, y contusionado. Desnudo, y con ambas extremidades atadas veía con espanto al payaso. Se encontraba en una especie de habitación oscura cuyo olor a desengrasante, y el hedor de las cloacas le hizo cavilar y comprender que se trataría de alguna especie de almacén clandestino. No, no tenía tiempo de pensar. Aquello era una puta pesadilla. Sin comprender bien la situación, sentía golpes sobre su cuerpo, mientras era arrastrado a una especie de sala. Allí lo hicieron sentar sobre una mesa, encendieron las luces y ante él se encontraba Ridley Turner.

-       Hola comisario Rayan, o prefiere que le dignifique con inspector. Da igual, ¿me recuerda?
-       ¿Dónde me tienen, Ridley?
-       Vaya veo que me recuerda. Usted investigó los registros fraudulentos de mi padre, y lo hizo encarcelar. Después de dar de comer a esta ciudad, nos vimos avocados a la ruina. Ahora, solo soy un ratero más de esta inmunda ciudad. Pero eso pronto dará igual, Ockwill será borrada del mapa.
-       ¿Qué quieres decir?
-       Oh!, veo que no lo comprende. Es usted un imbécil –cogió un bate de béisbol y le dio un fuerte golpe en el abdomen.- Entumecido pensará mejor, ¿verdad señorita Stone?
-       Eh, capullo, no me metas en tus movidas. ¿Dónde está mi parte?
-       Aquí tienes –le entregó un maletín sellado- El payaso puede necesitarte, seguimos en contacto.
-       La justicia siempre prevalecerá, aunque quizás aumente mis tarifas. No quiero testigos. Lo siento comisario, usted no se ofreció a pagar mis deudas.
-       Vaya, vaya… Me espanta el romance. Comisario Rayan, ¿se encuentra bien?
-       Maldito payaso.
-       No gratifiques mi nombre, porque hoy usted será el protagonista de mi gran obra.
-       ¿Estás loco?
-       El caos no es producto de la locura, sino de la condición humana. Ridley, Stone dejadnos a solas, AHORA. Contaré dos segundos, y me pondré a disparar. 1 y 2 –cogió el arma y disparó a la fiscal en el corazón.- Lo siento querida, no quiero topos. Ridley lleva el cadáver dónde ya sabes.
-       ¿No tienes consciencia?
-       Ya lo creo que sí comisario, sino, no podrías estar aquí. No, no puede morir por un disparo de bala. Sería tan poco tétrico y original. Compartimos los mismos ideales, aunque por motivos aparentes no los aplicamos de la misma forma.
-       Maldita sea, no me hables de ideales. No alguien que mata por placer.
-       Las personas solo se rigen por lo que otras personas sin ética les dictan, son como ratas de laboratorio. ¿No matan a los experimentos fallidos? ¿No es mi ética la misma que la de aquellas personas que condenan a la mayoría a una vida tan miserable? Comisario, la vida perdió su valor en el momento en que gente como tú resultó de utilidad. Si la codicia no existiese, el mundo no necesitaría fiscales. Ese es mi ideal, un mundo dónde las personas sean conscientes de lo que son por su necesidad de cooperar, y no por el consumismo.
-       Solo un patán diría tantas necedades. Scott, la muerte de tu esposa te hizo perder la cabeza; pero tener al hijo de su verdugo como compinche solo muestra la clase de persona que eres, un auténtico gilipollas.
-       Esas palabras son mayores, ¿Scott? Puede que fuese mi nombre, o puede que solo le esté tomando el pelo –levanta un mechón de pelo del comisario y lo arranca de un tirón.- Tiene razón comisario, quizás sea un demente, y puede que usted también lo sea.
-       Sin duda, intentar dialogar con un loco es como intentar que un pescado eche a volar.
-       Ha sido divertido tratar con usted comisario, nos veremos muy pronto. Debo preparar su espectáculo. –cogió una astilla de madera y la partió sobre el cuello del comisario dejándolo inconsciente en el acto-.

La jefatura de la comisaria estaba abriendo sus puertas cuando Ted el viejo conserje de mantenimiento observó con espasmo una escena rocambolesca. Sobre la alfombra se hallaba el cuerpo del comisario Rayan, inerte y con el símbolo de un As de picas dibujado con sangre en el rostro. Serigrafiado en sus ropas con sangre un mensaje: “la guerra ha comenzado. En 7 días la justicia prevalecerá.”

Continuará…





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