viernes, 7 de febrero de 2014

El maestro de esgrima

El maestro de esgrima

Los tiempos de guerra quedaban ya muy atrás, y el solsticio de primavera auguraba un opulento banquete. El ocre y jocoso sendero de piedras punteadas y hojas doradas dotaba de cierta armonía a la marcha de un grupo de ronin. Guerreros en otro tiempo, pero ahora parias que malvivían en la prosperidad de la paz portando tan solo aparejos de labranza, enseres y vino. Las pisadas sobre el fango, y la marcha forzada mostraban con júbilo el cansancio que sus amedrentados cuerpos habían de portar. Al final del sendero hallaron un edificio de dimensiones considerables. Grandes aparejos de piedra, vidrieras y gárgolas conformaban el conjunto de lo que parecía un espejismo de la ciudad de Gotham. En letras mayúsculas sobre una cancela oxidada a la intemperie se podía apreciar ‘Arabial’.

-       ¿Qué trae a vuestras mercedes a esta, mi humilde morada?
-       Cobijo y comida, mi señor.
-       ¿Acaso portáis el don de la virtud?
-       Pitanza, queso y vino.
-       Pasad pues, sean bienvenidos a mi humilde morada. Pueden llamarme Norbert, ¿me concederán mis huéspedes el presente de conocer sus nombres?
-       François, Jullien, Athos y Porthos mi señor.
-       ¿Y cuál es el suyo, distinguido caballero?
-       Puedes llamarme cronista.
-       ¿Escribirá sobre lo que acontezca esta noche?
-       Escribiré palabras.

El calor del hogar prendía con fuerza mientras Jullien descorchaba botella tras botella con objeto de dar utilidad a su copa de vidrio rosado. En el tenor de la noche apareció alguien inesperado. Bajo la lluvia, y a dos ruedas Gilbert llegaba portando la solución a un anacronismo. Venía de un mundo de luces, hierro y carbón. El problema residía en su memoria, como todos los comensales se veía sumido en el olvido. Había creado una paradoja con objeto de hallar su utopía, un mundo de trenes y tranvías. Todos nos hallábamos en una época distante, asumiendo roles que desconocíamos, y tomando con tranquilidad todo lo concerniente a nuestra cena.

-       Creo que acabo de recordar el tenor del asfalto. –Dijo Porthos mientras observaba a una extraña figura femenina con coleta.- ¿Por qué no existen los camiones?
-       ¿Camiones? Qué majaderías habláis vos – respondió Athos.
-       ¿Qué opinas Gilbert? – Insinuó Jullien.
-       Recuerdo a Juan rey, pero esto solo puede ser producto de un delirio. ¿Un mundo de camiones? ¡Majaderías, pardiez!
-       Si sus mercedes me dejan aportar, considero que los conozco. Sin embargo no logro recordarlos. – Dijo Sir Norbert.
-       Mis páginas están en blanco, pero soy consciente de no pertenecer a esta época. He de decir que no me importaría ponerme la capa y ser el Conde Duque de Olivares. Pero, siento anhelo por algo que a priori desconozco, ¿alguna idea François? – Preguntó cronista.
-       Beber y olvidar… Y cien gaviotas dónde irán…
-       Jajajajajaja
-       Perdonadme –interrumpió Gilbert-, en mi reloj aparece el nombre de Stukar.
-       ¿Stukar? – Preguntaron al unísono.
-       Si hallamos al oráculo de las rastas, quizás y solo quizás podamos abrir un portal hacia esa época.
-       ¿Recuperaremos nuestros recuerdos o me batiré en duelo? –cuestionó Athos.
-       Quizás solo existamos sobre papel, de todas formas intentémoslo.- respondió cronista.
-       Yiioo pro-propongo que vayamos al oráculo –dijo Gilbert ebrio de emoción.

Athos sacó el puñal que portaba y junto al reloj espada de Gilbert abrieron un portal hacia el oráculo. Parecía un escenario tétrico. Dentro pequeñas tribunas junto a una barra, y dos adineradas servidoras que le rendían pleitesía fumando una especie de tabaco de liar. La oscuridad ocultaba el temor del resto de alimañas que pululaban.

-       ¿Qué buscáis?
-       Una predicción.
-       Bebed conmigo, y hallaréis la verdad.

Dentro del franciscano una figura femenina, altamente malévola, sin escrúpulos, manipuladora y peculiar, aparecía dándole una bofetada épica a Gilbert.

-       Una vez halléis al tigre, os batiréis en duelo con el maestro de esgrima, así Gilbert se olvidará de los trenes, y montaréis todos en camión hacia vuestro legítimo hogar.
-       Bendito seas oráculo.

Antes de partir tomaron varias capuchas ante el aguacero, y corriendo todo lo rápido que la embriaguez le permitía tomando el sendero de Cartuja. Como si los anacronismos no cesasen ese día una reunión de soviéticos presididos por una dulce, simpática y bella alemana. Había pitanza, vino y sofá. Sin embargo nuestros héroes no podían dejarse apresar por las cadenas de la opresión, solo eran sirenas que intentaban apartarlos de su camino. Debían volver a su época y recuperar su memoria, y para ello se debían de batir en duelo con Tigre ‘el maestro de esgrima’.

-       ¿Quién tendrá el honor de luchar esta noche, quizás cronista? – Preguntó Athos.
-       Mis palabras dotaran de magnificencia a quién lo haga, y esta noche el héroe es François.


Mientras cronista realizaba trazos con el bolígrafo, de las manos de François brotó ‘La Castillerisima’ una espada tan ligera como el acero, tan resistente como el titanio, y tan dura como el diamante. Mandobles fuertes y tensos, la espada parecía moverse sola. Tigre a manos desnudas y con una guitarra acabó perforando tan solo dos acordes. Ambos estaban recibiendo la paliza de sus vidas cuando el tintineo de un camión resonó en la cabeza de todos, y es que esta historia era tan solo el sueño de una noche de Febrero de Frute.

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