lunes, 10 de febrero de 2014

El castillo invisible

El castillo invisible

El reino de Ister se extendía por todos los confines del ancho mundo. Fuera de sus lindes tan solo había un innominado océano, y más allá el fin de la vida. Siglos atrás la devastación había sumido en la ruina a los distintos jerarcas de las grandes casas. Las casas más poderosas: Cron y Aber invocaron a las sombras, y estas sumieron el mundo en la más tenebrosa oscuridad. La leyenda decía que tan solo un hijo de la luz podría unificar las dos casas, y así fue como a partir de la esperanza surgió el reino de Ister.



Nada se conoce del elegido doscientos años después, sin embargo hay una niña que fantasea con mundos opacos. Sus clarividentes ojos ven magia dónde otros solo ven desesperación, se niega a creer que las leyendas no son ciertas. Quizás sea su inocencia o el rasgo de pureza que se refleja en la palidez de su rostro, pero su alma está ávida de aventuras.

No ha tenido una vida fácil, jamás conoció a sus padres. En el orfanato todos los días son grises y oscuros. Siempre la misma monotonía. Odia tejer, y no le divierte vestirse como una burgalesa. Ella se siente cómoda consigo misma, no necesita aparentar alguien qué no es.

Por las noches abre su almohada y hunde sus pequeñas manos para coger un libro. Con solo seis años aprendió a leerlo, y desde entonces no hay noche que no hallé en él un motivo para creer en sus palabras.

Su nombre es Sofía, y tan solo tiene quince años. Ha decidido partir en busca de aventuras, y parece que el tiempo acompaña. Solo lleva consigo el libro con el creció, y el señor Pelos. Su huida del orfanato no fue fácil, así que se encuentra mareada y confusa.

La cabeza le empieza a dar vueltas, y tiene la sensación de qué algo en ella ha cambiado. Mira a su alrededor, y levanta al sr. Pelos.

-       Señor Pelos, ¿a dónde iremos?
-       -Sorprendentemente este comienza a hablar- Más allá de las colinas, tras el bosque se encuentra su castillo.
-       ¿Mi castillo?
-       Te están esperando, el reino espera a su princesa.

Sofía es incapaz de imaginarse vestida de princesa, pero siente curiosidad. Tiene la necesidad de ir corriendo, aunque disfruta de cada instante que se halla en libertad. El aroma de las flores, los rayos del sol, la espesura del bosque, todo es nuevo para ella.

El bosque no es más que otro acertijo en un mundo de rompecabezas. Mientras el sr. Pelos la guía al trasluz del dorado de sus hojas y el apacible cobijo de sus palabras. Antes de poder salir los árboles obstaculizan el camino de Sofía y se ciernen miles de ojos entre la maleza. El almendro y el alcornoque chocaron sus copas, y de la brisa surgió una profunda pero solemne voz:

-       ¿Sois vos acaso quién gobernará el ancho mundo?
-       No, ¿qué está pasando sr. Pelos?
-       La princesa aguarda a su castillo mis señores de la tierra.
-       ¿Acaso crees que es cierta la leyenda?
-       Sin duda, dejadla pasar.
-       Deberás demostrar, hija de la luz, que eres digna de nuestra confianza.

Un amasijo de barro y ramales levantaron de la tierra adoptando una forma casi humana. Unos conocían a esos seres como los trol del bosque, y otros como la voluntad de la tierra. Sofía no había llegado tan lejos para rendirse, así que incapaz de volver atrás avanzó sin miedo hasta la ahora abierta salida. Corriendo chocó contra el troll, y cerró los ojos. Al abrirlos el sr. Pelos había sido destrozado lo cual la enfureció. Era incapaz de llorar dada la ira que sentía por lo que valiéndose de su ceguera corrió una segunda vez. Esta vez todo se volvió una ilusión, aunque ya no volvería a ver al sr. Pelos.

Fuera del bosque ya solo debería subir una colina en cuya cima le aguardaría un castillo. El sendero estaba empedrado de cantos de piedra de desigual tamaño y distintos colores. Parecía el sendero de un sueño, el camino hacia una meta. Era como caminar sobre nubes de algodones hacia un cielo profundo.

En el castillo un rimbombante gato con una sonrisa aviesa y mirada perturbarte, mecía su corbata mientras tendía sus zarpas a Sofía. En ese instante el libro cayó de sus manos dando un pequeño salto sobre el zócalo calizo hasta abrirse por la última página. Esta última página estaba en blanco, pero no un blanco vacío sino un blanco avivado.

-       Miau, ¿así que eres la portadora de la leyenda?
-       Solo vengo a conocer la verdad.
-       La verdad es que la última página no ha sido escrita, princesa.
-       Todo al final siempre depende de sí mismo.
-       Hace años que las sombras desaparecieron en Ister, pero por desgracia dejaron un rastro en la codicia humana. Adelante, pase al castillo. Siéntese en el trono.
-       No creo que ese sea mi destino, solo quiero aventuras. Sentirme liberada.
-       Lo único que tiene que hacer es no poner un final a su historia.

Sofía cogió el libro con la mano y observó cómo todo cuánto había leído al cabo de los años desaparecía. Desconcertada cayó en un profundo sueño, y al despertar, allí estaba, postrada sobre un escritorio mientras escribía su historia bajo la atenta mirada de un castillo ahora invisible o solo visible en su imaginación. El sr. Pelos también seguía junto a ella.


La magia de Ister seguía en ella, mientras el grotesco tiempo le daba alas. En una mano sostenía al sr. Pelos, y en otra una especie de pluma que hacía las veces de espada en los portales que a través de su imaginación abría con ella. A partir de entonces las aventuras jamás cesarían. 


viernes, 7 de febrero de 2014

El maestro de esgrima

El maestro de esgrima

Los tiempos de guerra quedaban ya muy atrás, y el solsticio de primavera auguraba un opulento banquete. El ocre y jocoso sendero de piedras punteadas y hojas doradas dotaba de cierta armonía a la marcha de un grupo de ronin. Guerreros en otro tiempo, pero ahora parias que malvivían en la prosperidad de la paz portando tan solo aparejos de labranza, enseres y vino. Las pisadas sobre el fango, y la marcha forzada mostraban con júbilo el cansancio que sus amedrentados cuerpos habían de portar. Al final del sendero hallaron un edificio de dimensiones considerables. Grandes aparejos de piedra, vidrieras y gárgolas conformaban el conjunto de lo que parecía un espejismo de la ciudad de Gotham. En letras mayúsculas sobre una cancela oxidada a la intemperie se podía apreciar ‘Arabial’.

-       ¿Qué trae a vuestras mercedes a esta, mi humilde morada?
-       Cobijo y comida, mi señor.
-       ¿Acaso portáis el don de la virtud?
-       Pitanza, queso y vino.
-       Pasad pues, sean bienvenidos a mi humilde morada. Pueden llamarme Norbert, ¿me concederán mis huéspedes el presente de conocer sus nombres?
-       François, Jullien, Athos y Porthos mi señor.
-       ¿Y cuál es el suyo, distinguido caballero?
-       Puedes llamarme cronista.
-       ¿Escribirá sobre lo que acontezca esta noche?
-       Escribiré palabras.

El calor del hogar prendía con fuerza mientras Jullien descorchaba botella tras botella con objeto de dar utilidad a su copa de vidrio rosado. En el tenor de la noche apareció alguien inesperado. Bajo la lluvia, y a dos ruedas Gilbert llegaba portando la solución a un anacronismo. Venía de un mundo de luces, hierro y carbón. El problema residía en su memoria, como todos los comensales se veía sumido en el olvido. Había creado una paradoja con objeto de hallar su utopía, un mundo de trenes y tranvías. Todos nos hallábamos en una época distante, asumiendo roles que desconocíamos, y tomando con tranquilidad todo lo concerniente a nuestra cena.

-       Creo que acabo de recordar el tenor del asfalto. –Dijo Porthos mientras observaba a una extraña figura femenina con coleta.- ¿Por qué no existen los camiones?
-       ¿Camiones? Qué majaderías habláis vos – respondió Athos.
-       ¿Qué opinas Gilbert? – Insinuó Jullien.
-       Recuerdo a Juan rey, pero esto solo puede ser producto de un delirio. ¿Un mundo de camiones? ¡Majaderías, pardiez!
-       Si sus mercedes me dejan aportar, considero que los conozco. Sin embargo no logro recordarlos. – Dijo Sir Norbert.
-       Mis páginas están en blanco, pero soy consciente de no pertenecer a esta época. He de decir que no me importaría ponerme la capa y ser el Conde Duque de Olivares. Pero, siento anhelo por algo que a priori desconozco, ¿alguna idea François? – Preguntó cronista.
-       Beber y olvidar… Y cien gaviotas dónde irán…
-       Jajajajajaja
-       Perdonadme –interrumpió Gilbert-, en mi reloj aparece el nombre de Stukar.
-       ¿Stukar? – Preguntaron al unísono.
-       Si hallamos al oráculo de las rastas, quizás y solo quizás podamos abrir un portal hacia esa época.
-       ¿Recuperaremos nuestros recuerdos o me batiré en duelo? –cuestionó Athos.
-       Quizás solo existamos sobre papel, de todas formas intentémoslo.- respondió cronista.
-       Yiioo pro-propongo que vayamos al oráculo –dijo Gilbert ebrio de emoción.

Athos sacó el puñal que portaba y junto al reloj espada de Gilbert abrieron un portal hacia el oráculo. Parecía un escenario tétrico. Dentro pequeñas tribunas junto a una barra, y dos adineradas servidoras que le rendían pleitesía fumando una especie de tabaco de liar. La oscuridad ocultaba el temor del resto de alimañas que pululaban.

-       ¿Qué buscáis?
-       Una predicción.
-       Bebed conmigo, y hallaréis la verdad.

Dentro del franciscano una figura femenina, altamente malévola, sin escrúpulos, manipuladora y peculiar, aparecía dándole una bofetada épica a Gilbert.

-       Una vez halléis al tigre, os batiréis en duelo con el maestro de esgrima, así Gilbert se olvidará de los trenes, y montaréis todos en camión hacia vuestro legítimo hogar.
-       Bendito seas oráculo.

Antes de partir tomaron varias capuchas ante el aguacero, y corriendo todo lo rápido que la embriaguez le permitía tomando el sendero de Cartuja. Como si los anacronismos no cesasen ese día una reunión de soviéticos presididos por una dulce, simpática y bella alemana. Había pitanza, vino y sofá. Sin embargo nuestros héroes no podían dejarse apresar por las cadenas de la opresión, solo eran sirenas que intentaban apartarlos de su camino. Debían volver a su época y recuperar su memoria, y para ello se debían de batir en duelo con Tigre ‘el maestro de esgrima’.

-       ¿Quién tendrá el honor de luchar esta noche, quizás cronista? – Preguntó Athos.
-       Mis palabras dotaran de magnificencia a quién lo haga, y esta noche el héroe es François.


Mientras cronista realizaba trazos con el bolígrafo, de las manos de François brotó ‘La Castillerisima’ una espada tan ligera como el acero, tan resistente como el titanio, y tan dura como el diamante. Mandobles fuertes y tensos, la espada parecía moverse sola. Tigre a manos desnudas y con una guitarra acabó perforando tan solo dos acordes. Ambos estaban recibiendo la paliza de sus vidas cuando el tintineo de un camión resonó en la cabeza de todos, y es que esta historia era tan solo el sueño de una noche de Febrero de Frute.