lunes, 27 de enero de 2014

Opio

Opio

El aire golpeaba fuertemente contra las cristaleras de la taberna ‘El dragón sombreado’. En su interior corrían mares de vino en un jolgorio poseído por el desdén y la dejadez del tiempo. Bebían para olvidar una espantosa realidad, al día siguiente la mayor parte de ellos partirían, y muy probablemente pocos volverían al calor de sus hogares. Todo el mundo estaba hasta las trancas de opio y alucinógenos, hasta el punto de caer inconscientes en el mundo de la perversión y el surrealismo. Un estruendo hizo que la puerta de madera sucumbiera y al fondo dos figuras uniformadas y de gran presencia silenciaran momentáneamente el ambiente.

-       Mathieu,  ¿quién cojones dicta aquí las leyes de una taberna? No conozco ninguna ley que te cohíba a tomar esta mierda, pero no sería humano desdeñarla. Somos carnaza para el plomo, y seres de la perversión.
-       Acabo de llegar desde Sheffield, y solo encuentro estúpidos que han perdido su dignidad con semejante mierda oriental. Mañana partimos al sur de China, hay intereses para derrocar a la dinastía Quing.
-       Todo por el Imperio y su majestad la reina Victoria. Mi escuadrón le seguiría hasta la muerte, pero tome cerveza, vino y disfrute de nuestras rameras. Nunca sabe cuándo va a ser su última noche.
-       Y ahora sé cuánta incompetencia puede haber…
-       Vamos, vamos, no sea imbécil señor. Deme su abrigo, y olvídese de todo lo demás. Lo que observa a su alrededor son personas valientes en tierra hostil. Vinieron con el sueño oriental de lo exótico, y se hallaron así mismos.
-       ¿Qué quiere decir?
-       Lo entenderá por usted mismo.

Con paso quebrado Mathieu se acercó a la barra evitando tropezarse con aquellos que habían sucumbido al plácido sueño de la madera y el hedor de su propio aliento. Logró tomar asiento en una especie de taburete astado por la madera, y sacó una foto de Agnèes.

-       ¿Qué desea, capitán?
-       Whisky solo, por favor.
-       Es usted más educado que esta panda de gañanes a los que suelo atender. Dígame, ¿es esa su mujer?
-       Se llamaba Agnèes.
-       Lamento lo de su señora, Dios la guarde allá dónde esté.
-       Su recuerdo es algo que me perturba.
-       Desde luego su honor le precede, desconozco las razones por las que debe movilizar la retaguardia británica en India.
-       Intereses comerciales en China, extender la gloria del Imperio.
-       Y tan lejos de su hogar, ¿cree todavía en la idea de Imperio?
-       No creo que haya un lugar al que pudiese llamar hogar.
-       Entonces no es tan diferente de toda esta gente que malvive. Necesita una razón para vivir, y servir a la patria es su razón.
-       No creo entender las razones que me mueven, actuamos mediante impulsos. Desde luego es imposible sentir que estás en casa en un lugar que nunca será tu hogar. Oriente, el Caribe, todo es terreno hostil. Regentas una taberna en un lugar así, ¿no crees que tengo razón?
-       Los principios solo son loables si sirven a un fin justo, pero a veces no entiendo la justicia de este mundo. El progreso es justo, ¿para quién? Aquí la gente fuma opio porque ya no sabe en qué creer, todos tienen familia y no desean estar en tan idílico campo. Usted está aquí por el pesar que le supuso perder a su esposa, ¿es acaso algún modo de redención?
-       Eres muy hablador para ser un simple posadero.
-       ¿Así es como me ves?
-       Sirves bebida, estás detrás una barra. Sí, así es como te veo.
-       Entonces te estás volviendo majara.
-       ¿Es una ofensa?
-       ¿Es una ofensa hacerle ver la realidad?
-       Es absurdo, simplemente.
-       Entonces haga usted el favor de abrir los ojos.
-       Es una tontería. Un momento… Brandom, ¿eres tú?
-       Sí, capitán. Creo que siguió muy a rajatabla las alucinaciones del opio.
-       No me vuelva a dar esta mierda.
-       No has tomado opio en ningún momento, Mathieu. El opio lo has creado tú mismo, no siempre una imagen es verídica. Has dejado que algo irreal sea real para ti hasta el punto de sufrir sus mismos efectos.
-       No lo comprendo, hace un momento estaba hablando con el posadero.
-       No, tu cabeza te hizo pensar eso. Permanecemos de pie, en la puerta. Has hablado conmigo en todo momento.
-       No lo entiendo.
-       Mire a su alrededor, ¿qué ve?
-       Ineptitud, pero esperanza de cambio.
-       Entonces ha llegado más lejos de lo que pensé. Vamos a tomar algo.
-       Creo que necesito un descanso. Mañana prepare a su escuadrón, partiremos temprano.
-       Por el Imperio, capitán. Descanse.

-       Adiós general.


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