domingo, 19 de enero de 2014

A hombros de gigantes

A hombros de gigantes

Podemos creer hasta cuando ya nada es posible. El destino teje hebras de hilo espeso que se descompone al compás melodioso de una vida fugaz. El mundo ha colapsado, ha sido derrotado. Ha caído en un profuso foso de melancolía. Hace mucho tiempo que soñábamos y bromeábamos con la apología del terror, infectados que avanzaban destruyendo a la humanidad y experimentando una guerra sin cuartel. El retorno al instinto más real del ser humano, la depravación. Nadie deseaba aquello, realmente no era más que un juego en una sociedad donde la violencia se había institucionalizado. Ahora todo esto es real, y esta es mi historia.

Mi nombre es Yann Phone. Puede resultar gracioso, pero no era más que un burgalés que en la época de los 20 soñaba con un mundo muy distinto al que vivía. La guerra había terminado, y con ello Brooklyn era más neoyorkina que de costumbre. El afán por trasladar los grandes avances al mercado bursátil hacía que gente como yo soñara con el mañana. Por aquella época apenas contaba con diecisiete años y no era muy alto. De tez pálida y pelirrojo solo tenía como pretensión escribir historias en una vieja máquina de escribir con la  intención de que alguna editorial me brindara la oportunidad de editar en una sus sucursales. Mi familia no era muy rica, pero los créditos eran constantes y con ellos me busqué mi primer trabajo como repartidor de periódicos. No era más que unos simples dólares diarios, pero lo suficiente para comprar material con el que plasmar aquello que tanto soñaba. Un avance sin paragón. Tomé unos cartuchos de un color tan negro como el basalto y los enrosqué en sus aperturas. A partir de ese momento mi consciencia tomó un sereno descanso, y mis manos actuaron como autómatas cuya única cuerda eran un par de palabras que se proyectaban sobre el fondo blanco del papel.

Terminé de escribir aquella historia, y si hubiese sabido que desencadenaría, jamás lo hubiese hecho, jamás la habría escrito, jamás habría roto la estructura de una forma tan radical. Eran 5 folios llenos de palabras que logré publicar en la revista ‘Reality?’. No era una revista de gran tirada, ni siquiera percibía beneficio de ello. Al día siguiente no solo Reality?, sino Times y tantos otros medios se interesaron por un único nombre ‘Yann’. Mi nombre parecía hacer que las masas sintieran efervescencia. Para muchos era increíble que algo así surgiera de la mente de un joven neoyorquino de diecisiete años. ¿Por qué? Supongo que mis palabras impactaron, supongo que aquellas gentes necesitaban de un motivo para girar los mecanismos de la realidad, o simplemente era un peón para generar ingentes cantidades de dinero. Cuando te vuelves rico y famoso nunca te planteas las opiniones, comienzas a adquirir caprichos realmente absurdos y los ideales que un día defendiste son solo patrañas de un tiempo que ojalá nunca hubiese sido tuyo. Espontaneidad, lujo y ostentación. Mis tiradas fueron atrayendo cada vez a más y más lectores, hasta el punto de cuestionarme la propia razón de mis sentidos.

¿Sentía lo que escribía o simplemente escribía lo que querrían leer? Es algo que no podía comprender, por lo que escribí lo que considero mi única obra ‘Distopía’. ¿Qué era Distopía? Nada más que una sátira de la realidad, y a la vez su propia salvación. Necesitaba crear algo realmente absurdo, pero humano. Así que pensé cuál podría ser el mayor temor de la humanidad, y creo que di con la clave. Las personas. El hombre es siempre su propio depredador. La felicidad e infelicidad, el delirio o el placer, todo nos lo otorga el contacto humano. Es por ello que me planteé el modo de hacer que una persona pudiera perder la humanidad, y que otra persona coopera con otras personas para hacer frente al peligro. El terror es una curiosa forma de desactivar nuestros sentidos ante un fin nefasto, así que no podía ser otra cosa, infectados. Las personas infectadas pierden el control sobre sí mismas, y vuelven a los instintos carroñeros con los que la naturaleza les dotó.

Al escribir sentí como Distopía me absorbía. Era un reto, pero había algo distinto. No sentía que fuese yo quién realmente escribía aquello. Me sentía un personaje más dentro de la historia. El mundo había sido arrasado hasta los cimientos por una guerra química entre occidente y los países comunistas. Estados Unidos estaba totalmente arrasado, y la gente sobrevivía haciendo frente a un peligro aún superior, a ellos mismos. Veían como sus propios hermanos, amigos y conocidos habían mutado resultado de los contaminantes químicos de la atmósfera. Habían perdido la consciencia de ellos mismos, y sus cuerpos se descomponían a un ritmo atroz. Observaba todo aquello con deleite y temor de forma compaginada. El terreno era árido y seco, carreteras derruidas y predominio de la flora. Las plantas poco a poco iban dando consistencia a aquello que una vez les fue arrebatado. Se acercó una chica que parecía de mi edad, pero vestía de una forma totalmente diferente. Era como si se hubiese establecido conexión con otras épocas.

-       Hola, ¿Eres nuevo por aquí?
-       No sé bien qué es esto, ¿dónde estoy?
-       Será mejor que vengas conmigo al campamento, aquí es peligroso –me sujetó la mano y marchó corriendo.-

Aquel lugar era inhóspito, en lo alto de un cerro y defendido por barricadas. Había en él gente de muy diversa condición y cultura, y mirase por dónde mirase se respiraba humanidad. Todos ellos colaboraban en una especie de autarquía organizada. Al llegar me vendaron los ojos y me llevaron a una especie de gran sala donde residía el anciano que parecía ser el líder de todos ellos.

-       Así que, ¿tú eres el creador?
-       No entiendo esa pregunta.
-       Somos producto de la distopía. No hay nada que esté pasando y qué no hayas escrito, ¿de qué te sorprendes? ¿Acaso no era esto lo qué esperabas?
-       Supongo que todo es un sueño.
-       Oh, ya lo creo que sí. Somos el último reducto de sueños. Has creado una distopía, e incluso en ella hay más esperanza que temor. ¿Es acaso contradictorio?
-       Los sueños se solapan entre sí buscando un horizonte común. La distopía nunca podrá ser real, puede generar drama o incertidumbre pero jamás se impondrá a los sueños por muy efímeros que estos puedan llegar a ser.
-       Si es así –esgrimió una gran sonrisa- creo que es hora de que despiertes, y acabes de escribir tu obra.

Abrí los ojos y estaba frente a mi escritorio. En ella Distopía solo estaba falta de un broche de oro. Había creado un mundo de sueños, un mundo donde a pesar de los miles de mecanismos que una mente pudiera maquinar para corromper a la humanidad siempre existía un medio para recapacitar. No era una historia de infectados, y muchos menos de errores, sino la experiencia cooperativa de palabras encadenadas a hombros de gigantes que tan solo sugerían algo tan simple como que la unión hacía la fuerza.


¿Qué fue de mí tras aquello? Abandoné. Dejé de escribir, y de lo único que me arrepiento es de la fama que generaron aquellos escritos en un primer momento idealistas. Ahora era el momento de leer los increíbles mundos que otros generarían a lo largo del tiempo, y como la depravación no era el instinto humano, sino la capacidad de tejer hebras de delicado marfil pensante. La increíble utopía de la imaginación. ¿Cuál fue el final de todo aquello? Supongo que no sabría dar respuesta, el ser humano es capaz de realizar grandes proezas en momentos de extremada incertidumbre, y cuando ve que desiste hace trabajar el engranaje de su imaginación y sostiene su lastrado cuerpo a hombros de gigantes.


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