sábado, 28 de diciembre de 2013

Proyecto: historias perdidas

Historias perdidas
I

No era muy jocoso el ambiente en la taberna, ni siquiera había un motivo de celebración para Terry Pilkon. Su frondoso bigote emborronaba la comisura de sus labios mientras pegaba grandes sorbos a una cerveza de agua miel. Sus grandes y sudorosas manos apoyadas en la barra de cedro frente al estante de los licores evitaban que se tambaleara. Su oscura melena rizada y tiznada de hollín, y sus ojos negros y agudos se clavaban frente al posadero con la mirada suplicante de insolvencia.
-          Terry amigo mío –el largo brazo del tendero se tendió sobre sus hombros mientras con las manos le daba una palmada-, ya es suficiente por hoy –le retiró la jarra de agua miel.-
-          Maldita sea –maldijo de una forma lamentable-, supongo que este es el fin de mi historia John –dirigió su mirada hacia el posadero, sacó del bolsillo tres sombras plateadas y se las tendió en la mano-.
-          Sí, si sigues bebiendo así –se colocó la camisa y en tono solemne dijo- ¿Cuál es tu historia Terry?
El local era viejo, pero bien recogido. Un gran tapiz de madera tallada parecía enlucir la estancia, aunque la limpieza era otra historia. Solo había dos hileras de mesas con suelos nauseabundos y un gran escudo de armas que presidía la barra. Cualquier palabra certera y pronunciada con solemnidad podría escucharse con amplia claridad, por lo cual todo el mundo calló. Por un momento se hizo un silencio incómodo dónde las miradas se cruzaban. Todos ellos eran consciente de los tiempos aciagos que vivían, y no cualquiera podría divagar libremente sobre determinados asuntos sin que la corte de los arcanos decidieran otorgar la justicia del silencio. Aun así la taberna de John estaba alejada por unas treinta millas de Okswilde la villa más cercana, y casi todos los allí presentes no eran más que humildes jornaleros y campesinos que poco o nada les importaban los asuntos de los nefilim o de los arcanos. Todos ellos callaron por un único motivo, la motivación de saber quién era Terry. Solo John lo conocía, pero el silencio se volvía cada vez más incómodo. Trago a trago los segundos parecían eternidades hasta que una estruendosa carcajada broto de los labios de Terry.
-          Sólo soy un viejo John. Conozco una historia pero quizás nunca fuese real, quizás solo esté delirando. – Empezó a mecerse la perilla con fuerza.- ¿Estarías dispuesta a oírla?
-          ¡Vamos Terry! Mataste a un sucubus – pronunció en voz solemne, volviendo a imponer un nuevo silencio.-
-          Creo… Creo que deberías rellenarme la jarra de agua miel. Me siento débil John –pronunció un conjuro de regeneración en palabras ininteligibles para el resto y se reincorporó.-
-          Sabes que no puedo –le devolvió las tres sombras plateadas-. No es por dinero Terry. La magia agoniza en tu interior, si la corrompes morirás.
-          Algún día tendré que volver a las sombras. No debería estar aquí, no debería siquiera estar vivo. – Volvió a descomponerse.- Este es mi fin John. Recuerda siempre quién eres.
El cuerpo inerte de Terry se desplomó sobre la tarima. No había sangre en él, estaba impoluto. Sobre su frente apareció la runa de la muerte y el cuerpo se deshizo en cenizas hasta quedar solo un plumaje inmenso de lo que una vez fueron alas. John estaba nervioso, nunca antes había presenciado la muerte de un nefilim. Recogió los restos y los depositó en una urna. La gente guardaba silencio, y al cabo de unos minutos hicieron como que nada de eso hubiese ocurrido. Hablaron de las fábulas de los elfos sílbanos, cantaron saetas de cosecha y se atemorizaron ante la noticia fugazmente difundida de la presencia de dragones en el norte. Las horas fueron pasando, y finalmente John se quedó a ordenar la mercancía de jengibre y whisky, los toneles de cerveza de agua miel, y el  vino del vado Croms. Después realizó balance de sus pérdidas y ganancias, y se dedicó a adecentar aquel antro. Antes de desaparecer se percató de la presencia de una pequeña caja de marfil sobre el lugar dónde había yacido el cadáver de Terry, y halló en su interior un pequeño libro de encantamientos escrito en runas ilegibles para su comprensión pero con anotaciones nifelianas tampoco legibles dados sus escasos conocimientos. Puesto que no le era de utilidad, lo metió en una pequeña bolsa de esparto dispuesto a venderlo a la mañana siguiente en el mercado de abastos.
La noche era oscura, más de lo que acostumbraba a mostrar la isla de Ospentia. No había estrellas ni signos de luz visibles en el horizonte. Sobre un viejo camino de tierra realizado por los propios campesinos para arrastrar las bestias llegaba un séquito de arcontes atraídos por la muerte del nefilim. Los arcontes eran nigromantes que habían consagrado su vida a la magia de sangre quedando bajo los designios de los demonios. De entre todos los demonios era a Menfi a quién concedían la primacía. Todos ellos portaban túnicas negras y varas de ébano enraizadas con hebras del corazón de un dragón. En un mundo donde la magia estaba desapareciendo debido a la corrupción, ellos controlaban el poder y los grandes reyes de las siete islas debían de contar con su beneplácito para gobernar. Ahora su intención era clara, un nefilim había muerto y debían de recuperar el libro de runas que portaba. Para ellos los nefilim era una raza de híbridos entre ángeles y demonios que usaban la magia para destruir la corrupción, por lo que anhelaban albergar sus secretos para poder destruirlos y no tener oponentes que le hiciesen frente. Estaban a 300 millas de la taberna de John, montados sobre phoryum, aguardando el momento de llegar.
Al amanecer John se vistió con sus mejores ropajes. Una camisa negra y unos pantalones de seda con bombines. Pese a tener una tez blanquecina sus rasgos eran hoscos, y solía tapar su exuberante cabellera castaña con una capucha de color ocre. Tenía un pequeño phoryum que una vez compró a un comerciante de la isla Cony. El phoryum era pequeño pero veloz. Casi nadie podía permitirse un transporte así debido a que era una criatura mágica. Tenía dos cabezas de lagarto con dientes afilados pese a ser rumiantes y un torso ligero con alas que le permitían volar. No eran dragones, pero las leyendas los situaban como sus ancestros. Con sus delgados pero fuertes brazos llegó hasta a Okswilde dónde dejó al phoryum atado a un poste y se dirigió al mercado de abastos. Las avenidas eran amplias y miles de curiosos asomaban. Allí comerciaban con todo tipo de productos e incluso vidas humanas. El tráfico de esclavos era abundante en la isla de Ospentia aunque ninguno de sus habitantes llegaba a ser esclavo. Los esclavos eran traídos del continente de Prysa considerado por casi todos los isleños como tierras bárbaras y de salvajes. Para John aquello era parte de su diario, así que se limitó a llegar al mercado de abastos y ofrecer el libro a un calderero.
-          ¡Oh! ¿De dónde ha sacado este libro? – preguntó amenizando curiosidad.
-          ¿Le interesa?
-          Ya lo creo. Ya lo creo. – Insistió.- Según las runas son rituales de magia blanca, de purificación.
-          No entiendo de magia, pero ando algo prieto, ¿cuánto me ofrece?
-          No sea impaciente. Un demonio de oro y tres sombras de plata creo que serán un precio razonable –realmente aquello tenía para él un valor incalculable, pero para no arriesgar prefirió ofrecer aquella cantidad nada desdeñable para que aceptara.-
-          Está bien.
-          Aquí tiene señor – en ese momento su sonrisa se transformó manifestando de forma visible la imagen de un demonio- Tyr, trae el dinero del señor –gritó, apareciendo de repente su esclavo con una bolsa de dinero.-
-          ¿Quién es el chico? – John empezó a comprender que estaba tratando con un demonio.
-          Un bárbaro, un esclavo, un recadero. No es nada señor.
-          Chico, ¿sabes leer lo que pone aquí?
-          Terry Pilkon, memorias de un nefilim. –Le temblaba la voz.-
-          Me llevo a tu esclavo, y el libro. ¿Cuánto pides por él?
-          ¡Oh! El libro se queda aquí señor. El esclavo te lo puedes llevar en pago.
-          Terry Pilkon me salvó la vida en una ocasión, creo que le debo un heredero a su legado. – Desenvainó una pequeña cicuta que tenía prensada a la cintura en actitud amenazante- ¿Cuánto pides por él? –volvió a preguntar.-
-          Si no lo vas a vender, debo matarte o los sabios del arcano harán lo mismo conmigo. Ellos sirven a demonios supremos.
El calderero se transformó en una bestia horrenda que tumbó a John rápidamente. Tyr cogió la cicuta y antes de que le asestara el golpe final acabó con el demonio atravesándole el corazón.
-          Eres más valiente de lo que imaginaba. Eres libre de hacer con tu vida lo que te plazca, ¿cuál es tu nombre?
-          Tyr.
-          Tu verdadero nombre, aquel que doblega voluntades.
-          Trust.

-          Así te llamarás de ahora en adelante. Olvida Tyr, pues nunca lo volverás a ser.

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