viernes, 13 de diciembre de 2013

Ascot I

ASCOT

Capítulo I. No hay lugar para conjeturas

Entre los ramales y pequeños herbáceos que ocultaban la ahora frondosa avenida del páramo, los pavimentos carcomidos y los edificios derruidos se hallaba un campo improvisado de batalla. Fenrill no podía sostener la vara, pero aún tenía fuerzas para canalizar la escasa energía que podía enraizar y dotar de vida a los restos carbonizados de lo que lustros atrás había sido un héroe. No tenía tiempo así que trazó un recinto ovalado protegiéndolo con runas e imponiendo su voz sobre un espacio carente de vida, alzó la vista y gritó: <<argentum generis>>. Su pretensión le hizo desfallecer unos instantes. Era una sensación cálida y muy dolorosa. Toda la sangre de su cuerpo comenzó a ser canalizada por las enormes raíces de la madre naturaleza, y la presión resultante hizo que su cuerpo desprovisto de energía quedara descuartizado hasta el hecho de pulverizarse. Era costumbre entre los magos otorgar sus sentidos a la madre naturaleza, en el momento que cedió su energía su cuerpo perdió todo atisbo de materia. La naturaleza más vigorosa y salvaje que nunca volvía a restaurar el equilibrio, recubriendo con vida todo aquello que hasta entonces había sido el resultado de la acción antrópica. Enorme chopos, encinas, robles, alcornoques y entre todos ellos destacaba un colosal Hyperion en cuyas ramas situadas a menor elevación había una pequeña cuna mecida por la suave brisa que entonaba un llanto de vida.

Las calles pueden constituir una aventura para quienes dejan volar su imaginación, peligrosas para quienes pretenden perturbar su descanso, pero desafiantes para quienes subsisten en la indigencia. Korn no era la ciudad más poblada, ni de mayor tamaño de todo el reino de Calixto pero disponía de la mejor y más competente escuela de alquimistas. Situada en mitad del bosque, sus calles estaban pavimentadas con piedras de todos los colores junto a pequeños aljibes, sus viviendas estaban sujetas por extensos ramales y miles de pequeños luceros flotantes la protegían con un tupido velo iluminado. Podéis pensar que podría ser una ciudad de ensueño, quizás encantadora y muy sugerente a la imaginación. Pero solo era así para los niños con familia, no para Ascot. Nunca había tenido madre, ni padre. Desde que tuvo uso de razón siempre había estado al servicio de Luan un viejo alquimista que se hacía cargo del orfanato dónde paraban todos los desamparados. Obligado a recolectar lirio, jazmín y todo tipo de recursos florales trabajó duramente para crear el litium suficiente para que Luan pudiera burlar a la muerte día tras día.

-       Niños agruparos –hizo un ademán con la mano exigiendo toda la atención que le era posible-, día tras día consigo burlar lo inevitable. Soy consciente de que soy vuestra única fuente de sustento, y pese a eso no puedo ofreceros más de una hogaza de pan al día. Pronto me resultará inevitable eludirla, así que por favor, escuchad con atención pues puede que sea lo único que os pueda legar. – Luan se dejó caer sobre el tresillo, con la mirada encinta y augurando sus cuentas con la madre natura.
-       ¿Propones que vivamos en la indigencia? Korn es una ciudad en la que difícilmente se puede subsistir salvo que aprendamos las malas artes. – Albert parecía nervioso. Era el más viejo de los cinco huérfanos que presidían aquella asamblea frente al calor del hogar. Era rubio, de ojos verdes y rasgos afilados, por lo que todos pensaban que sería Celderico. La Celderia era el único reino dónde la magia era considerada un sacrilegio y vivían de las artes rústicas, siendo un pueblo de gran beligerancia y tosco en razones.
-       Albert, Ascot, Laila, Then, y la pequeña Tanis, todos vosotros habéis trabajado duro por subsistir, siempre ayudándoos mutuamente. Tengo el dinero suficiente para que viajéis a Thanduril y podáis encontrar trabajo en una granja.

Los silencios se hacían cada vez más incómodos. Unos a otros se miraban buscando respuestas a una pregunta que nadie parecía dispuesto a formular. Cuando el hambre comenzó a apretar bebieron agua y comenzaron a cantar en un intento de olvidar las elucubraciones del viejo. Nadie era capaz de imaginarse viviendo en una granja, y no porque no lo quisieran, sino porque pese a todo Korn estaba dentro de sus corazones, y no podían imaginarse fuera de la ciudad que los acogió.

“Sí el hambre comienza a apretar,
Date la vuelta, date la vuelta,
Solo un segundo, y los dientes a mostrar.
Miles de platos vienen y van,
Presta atención y tus sentidos tendrán,
Carne, pescado, alubias, y flan,
Cierra los ojos, y vuelta a empezar,
Date la vuelta, date la vuelta,
Solo un segundo, y merma el paladar.”

En los cuentos de hadas los deseos son posibles, y para la pequeña Tanis las canciones que inventaban Albert y Ascot era lo más cercano a hacer realidad un sueño que podría tener. Cantaban toda la noche hasta caer rendidos y comenzar un nuevo día de trabajo. Esa era su vida, y eran felices así. Pero las tragedias suceden incluso a quienes poco tienen que perder. Animado por el ambiente el Celderico, como llamaban a Albert, entonó un viejo escrito que una vez leyó del Luan.

“Pequeños y escurridizos,
Negros y alados,
Surcan la tierra y los ríos.
Silenciosos y con lujuria,
Aquí vienen, en la simiente de sus pasos,
Aniquilando luces de sus lechos.
Sus cuerpos son sombras en la noche,
Melindres con sabor a sangre,
Y tras de sí tan solo silencio.”

-       ¿Has leído el libro prohibido? – Preguntó Ascot. Sus ojos negros y efusivos, y su cabellera rojiza contrastaban con la palidez de su rostro. Hablaba poco, pero era muy protector con el resto de huérfanos y sabía discernir entre lo correcto y lo decente- Laila, Then y Tanis, vas a lograr asustarlos –realmente todos tenían dieciséis años, salvo Albert que tenía diecisiete-.
-       ¿Qué son las sombras? – Preguntó Laila. Pese a sus ojos azules y cabellera rubia, no era nada inocente, y siempre estaba dispuesta a aprender todo lo que pudiera abarcar.-
-       Vamos, vamos… No os pongáis así. Somos mayorcitos, leer un viejo libro sobre nigromancia no nos hará mal. Nos preparará para cuando el viejo la palme… - Espetó Albert. – Laila las sombras son las almas desperdigadas de los nigromantes. En vida ofrecen su energía a la canalización de las sombras, y una vez muertos ellos mismos son la sombra.
-       En cuanto a eso… ¿Qué querrá decir el viejo con qué pronto la muerte se lo llevará? Tiene litium como para enterrarnos – inquirió Ascot.
-       No tengo ni idea, estará senil. Pero ante cualquier evento, debemos permanecer siempre unidos. ¿Me lo prometéis? –alzó el brazo con el puño en alto, y el resto lo imitó.-
-       Será mejor que nos acostemos. Laila, Tanis y yo hemos preparado un poco de serrín en el cobertizo. Está noche dormiremos cómodos. – sugirió Then. Era el más prudente de todos y si algo lo definía era su cabellera azul y sus orejas puntiagudas. No era un elfo, pero quizás alguno de sus padres sí que lo fuese.-

Aquella noche el fuego se extendió por todo el edificio. No era el fuego tal cual lo conocemos, sino una brisa sofocante que se movía como si tuviese vida propia hasta llegar a la habitación del anciano. Luan sobrecogido se levantó, sin percatarse de dónde vendría el fuego. Anonadado contempló como a su alrededor todo parecía intacto y entonces comprendió. Las sombras lo llamaban, y aunque quisiera no podía renunciar a su pasado de nigromante, y por tanto al futuro que le deparaba.

-       Maese Fenrill ha llegado mi hora, espero que sepas perdonar mi importunio. –se arrodilló ante su imagen.-
-       Maese Luan, has cuidado bien de todos aquellos héroes por quienes dimos nuestra vida. Es hora de que comiencen a hacer frente a la vida. Abandona la materia, y conviértete en una sombra.
-       Aún no están preparados, por favor ten clemencia.
-       Tus días se están alargando, debes asumir tu responsabilidad.

De rodillas vertió su sangre a la raíces de la madre naturaleza, quedando toda la materia de su cuerpo desintegrada.

[…]

A la mañana siguiente la pequeña Tanis se levantó en busca de un caldero para traer agua del lecho del río. Aunque también tenía dieciséis años la llamaban así porque jamás pronunciaba palabra, solo se centraba en trabajar y compartir momentos asolas con sus pensamientos. El río quedaba poco más abajo, así que con un cordel atado en los pies bajaba con cuidado de no tropezar y caer en la pendiente. En el río le gustaba mojarse los pies y pensar cómo sería su vida en el agua, sin ataduras, sin leyes, y pensando en todo lo que podría abarcar para sí. Al volver con el caldero medio lleno, despertó al resto de la troupe.

-       ¿Pasa algo Tanis? – bostezó Ascot.
-      
-       El viejo la palmó- intuyó Then.
-       ¿Qué haremos Albert? – preguntó Laia abrazándolo suavemente. Cada vez que se sentía preocupada iba corriendo a abrazarlo. Sentía cierto conformismo haciéndolo.
-       Vamos a ver lo que ha pasado, y luego tomaremos la bolsa y entraremos en la escuela de alquimia.
-       ¿La escuela de alquimia? ¿Para qué? –cuestionó Ascot.
-       Si nos aceptan con la matricula, tendremos comida, aprenderemos y podremos valernos por nosotros mismos. –respondió Albert con total confianza, como habiendo encontrado una respuesta global para todos los males, aunque no sabría cómo debía de hacerlo.
-       Somos una familia, siempre juntos – dijo Then.
-       Muy bien, vayamos a ver primero como está el viejo. No nos hagamos el cuento de la pastora. – infirió Ascot sosteniendo la mirada a Albert a modo de rivalidad. Siempre habían tomado todas las determinaciones juntos y aquella propuesta le resultaba bastante desconcertante.

El salón estaba tal cual lo dejaron anoche, el hogar aún blandía un ambiente cálido del fuego, y realmente nada había cambiado salvo un pequeño detalle. No había ni rastro de Luan.

-       ¿Creéis que nos habrá abandonado? – preguntó Then.
-       Creo que se nos escapa algo… - titubeó Ascot.
-       Aquí está la bolsa, 80 denarios y 375 sestercios. ¿A cuánto está la matrícula Albert? – preguntó Laia.
-       Con eso nos bastará a los cinco, parece que el viejo tenía más dinero del que pensábamos.
-       …Y pensar la cantidad de platos calientes que podríamos tomar con esto –dejó caer Then.
-       Y los tomarás, todos los días, tres veces y en copiosa cantidad. He oído que la escuela de alquimista cuida muy bien de sus alumnos.- sonrió Albert.
-       ¿Qué sabes de la escuela de alquimista? – Preguntó Ascot.
-       Solo las pocas cosas que el viejo me contó, suficiente para fascinarme. Aprenderemos hechizos de la madre naturaleza, y quién sabe incluso a dominar las sombras. – respondió Albert.
-       ¿Las sombras? Sabes que es una locura. Olvídate de eso. – dijo Ascot.
-       Tranquilo, por ahora propongo ir a la taberna a por información y un buen plato caliente. No hay lugar para conjeturas de ese tipo.

Tras días acompañados por el calor del hogar al fin pondrían el pie fuera del orfanato. El frío estival les carcomía los harapos que llevaban como ropa por lo que antes de llegar a la taberna pararon por una sastrería dónde por apenas 100 sestercios todos pudieron estar calzados y vestidos con ropas, aunque ya usadas pero no raídas y sobretodo con suficiente grosor para protegerlos del frío.

Al llegar a la taberna el ambiente se volvió festivo. Hecha completamente de madera a excepción de la techumbre que disponía de cascote de piedra como aislante, estaba decorada con los blasones de las principales familias de Korn. En su interior, en la planta baja había una especie de barra con todo tipo de productos apetecibles y bebidas. Dispersas por todo el recinto mesas y sillas de madera con cubertería de plata, y al fondo una chimenea que dotaba a aquel ambiente de un aire cálido y bastante saludable. Maravillados por lo extraño y especial que resultaba todo, tanto el recinto como sus gentes. Había viejos capitanes de la guardia, viajeros que buscaban hospedaje o simplemente nobles y estudiantes de alquimia que gastaban su dinero en beber licor, y cantar viejas canciones.

-       Perdone, ¿cómo está el hospedaje y la comida? – Preguntó Ascot.
-       Son 1 denario por persona al día, comida y habitación. – El mesero imponía bastante respeto ya fuese por su elevada estatura y calvicie, como por su acusado bigote.-
-       Somos 5 personas, nos conformaríamos con una habitación.
-       Serían 5 denarios entonces.
-       ¿No podría hacernos una rebaja? Estamos hambriento y trasponemos del otro lado de la colina. – infirió Ascot en un intento de mostrarse persuasivo.
-       ¿Qué podríais hacer por mí?
-       Se nos da bien cantar, señor. Ofreceríamos espectáculo si nos dejará la pensión completa por 3 denarios el día. Solo hasta que pase el período estival y podamos formalizar la matrícula en la escuela de alquimia.
-       ¿La escuela de alquimia? Podías empezar por ahí, estudié allí cuando era joven.
-       Entonces, ¿le parece bien?
-       Os dejo la pensión por 10 denarios hasta el día de la matrícula, pero tendréis que actuar cada noche para mi público.
-       Gracias señor.

[…]

-       Y bien, ¿cómo fueron las negociaciones? –preguntó Albert.
-       Tenemos plato y cama hasta el período de la matrícula.
-       Eso está de maravilla –comenzaron a celebrarlo.
-       Pero…
-       ¿¡Pero!? – preguntó Laila.
-       Tenemos que actuar esta noche.
-       ¡Oh! Genial- exclamó Then.
-       Chicos, chicos… Esto puede ser una oportunidad de oro. Si actuamos con gracia alguno de los nobles ricachones podría actuar con nosotros de mecenas. – vitoreó Albert- Muy bien Ascot, has cerrado un buen acuerdo.

Al llegar la noche la taberna se iluminó con la tenue luz que proyectaban los candiles, y un gran pódium de madera los esperaba. Cómo nunca habían cantado más que para olvidar el hambre, improvisaron minutos antes una canción de Sir Henry Purcell, y cuando la gente comenzó a amontonarse expectante comenzaron a cantar:

“Vamos, bebamos
No pensemos en vano como tontos
En el dolor y la tristeza:
Dejemos correr el dinero
Y dejemos morir nuestras penas,
Locura son las preocupaciones terrenas.

Que el vino y los brindis
A pesar de nuestros temores
Nos colmarán de alegría, muchachos,
El tiempo que vivamos
Démonos al vino,
Que todos volveremos a la tierra, muchachos.

Haced pasar la copa.
La delicia de mi alma,
Y que vuelva a mi mano;
¡Al diablo con el dinero!
Está hecho para pagarse un trago

Gastémoslo antes de morir.”

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