miércoles, 20 de noviembre de 2013

Percepciones

Percepciones

No hay silencio más incómodo que cuando te sientes amordazado. El tiempo se tercia y parece discurrir a cámara lenta. Lo más lamentable es la sensación de no poder articular palabra, y a la vez es lo que te obliga a ser víctima de las percepciones. Quisiera maldecir la jaula en la que me halló, pero ni de eso soy capaz. Me ruboriza el horrible momento en el que mis palabras no se hallan compuestas armónicamente y de mi boca no se expira más que el aliento que me empaña la sesera.

-       ¿Estás dentro de un sueño o yo soy el soñador? Sabes que considero el mundo como un sueño imperfecto y nosotros podríamos ser los arquitectos de la perfección.

El silencio volvió a invadir la estancia. Esta vez no resultaba incómodo, sino invertido. No es el típico silencio que solemos guardar para meditar, ni el solemne silencio en recuerdo de quién ha dejado impronta en nuestra vida. No. Todo cuanto veía parecía una ilusión. Las paredes habían perdido el sentido de verticalidad, y nuestros cuerpos parecían fluir sobre un espacio ingrávido. Levanté mis brazos y logré liberarme. Al cerrar los ojos todo volvió a la normalidad. Nuevamente el silencio se apoderó de la estancia, y nuevamente nuestras miradas se cruzaron.

-       Estás loco, nadie puede destruir nuestra percepción de la realidad.
-       Nadie es consciente de lo que es la realidad.
-       ¿Qué es la realidad?
-       En ningún momento dije que fuese consciente de ella. Es algo impuesto, pero tergiversado por nuestra mente. Al final solo queda el arquitecto.
-       Y, ¿pretendes destruirla?
-       ¿Existe la destrucción?
-       Vas a cambiar la percepción de este mundo a tu imagen.
-       No. Solo la percepción de mi mundo.
-       Sigo pensando que es una locura.
-       La mente es un don que pocos saben explotar, un segundo hogar en el mejor de los casos. Poder crear a partir de la nada,  no tergiversa la realidad, la crea.
-       Seguimos en el debate de lo que es real y no lo es.
-       No te he traído aquí para que cuestiones lo que es la realidad. Para divagaciones siempre quedaran los filósofos y cada peldaño de lo que compone nuestro hasta ahora mundo.
-       ¿Qué quieres de mí?
-       Quiero que sueñes, si crees que eres capaz de hacerlo dentro de un sueño.
-       ¿Esto es un sueño?
-       Algo por el estilo. Ahora cierra los ojos.

El subconsciente es algo profundo, está repleto de recuerdos que se proyectan de forma continuada y giran en torno a sí. Es como revivir una experiencia que no necesariamente tiene porque ser buena reiterada vez. Ahora bien, la importancia reside en como quieras estructurarlos. Puedes hacer de tus recuerdos algo idílico o algo absurdo. Aquí todo funciona como en una especie de bucle, y los únicos límites los impones tú. Conforme vayas caminando tendrás que aprender a ingeniártelas para sobrevivir con tu propia hostilidad. A partir de aquí dejaras de oírme y te sumergirás en los entresijos de tu propia mente, dentro de 5 minutos despertarás en lo que será 1 día sumido en tu sueño, y deberás responderme, ¿qué haces aquí?





Os podréis imaginar que maldije su estampa, ¿verdad? Ahora un último silencio invadía mis sentidos. Me sentía inquieto, estaba confuso. Caminaba en un mar de recuerdos persiguiendo una figura difuminada que huía de mí. Era tétrico sentirse como un patán, pero era lo único que percibía. Las calles eran de asfalto, me acaché a tentar el hormigón y podía sentir con el tacto su engrosada y protuberante rigidez. En la calle pasaban personas, a la mayoría no las conocía por lo que deduje que serían aquellas personas que iban y venían ante mis ojos y nunca me esforzaba en prestarles atención. No tenía rumbo, ni sentido de dirección. Subía por el alzado de imponentes edificios como si fuese una línea recta en mitad de la calzada. En las azoteas me quedaba observando el discurrir de mi imaginación mientras figuras aladas se agrupaban en bandadas y un imponente grito despertaba en medio del bullicio. La gente huía despavorida. No sabía a qué tenían miedo, pero fuese lo que fuese ese miedo era parte de mí. Después de paralizar el tiempo un instante me quedé observando y lo sorprendente es la sensación tan inmensa de vacío que había en mí. No podía imaginar nada que no fuese una copia de la realidad. En segundos el ingenio de decenios desaparecía de mi cabeza y me sentía absolutamente un idiota. Al volver a ser consciente del paso del tiempo me veía saltando de edificio en edificio, con total maestría, como si la gravedad no fuese un impedimento y casi como si tuviese la facultad de volar. Volé alto hasta darme cuenta que aquellas figuras aladas agrupadas en bandadas se volvieron una única figura, oscura y difusa. No podría describir con detalle el tamaño o proporción, ni siquiera sabía si era tangible más allá de su imponente voz.

-       ¿Eres el arquitecto?
-       Si lo fuese, nunca pretendí serlo.
-       ¿Qué intentas?
-       Saber la razón por la que estoy aquí.
-       Eso dependerá de qué logres proyectar, ¿qué percibes cuando me escuchas?
-       Me inquieta comprobar como haces que los sujetos del subconsciente huyan de tu presencia, y por otra parte tengo la sensación de querer olvidarte. No te conozco, y sin embargo detesto creer que eres parte de mí.
-       Abre los ojos y escucha mis palabras. Estás tentado a plasmar límites irreales en miedos, y sobrepasarlos a través del umbral de tu imaginación. No soy a quién buscas, ni eres a quién creía buscar, por lo menos aún. Cuando lo hagas recuerda el sonido de un cuervo y llegaremos a volver a ser uno solo.

Aquellas últimas palabras me hicieron meditar. Sí de verdad era el arquitecto de mi mente debería ser capaz de conocer mis propios tejemanejes, pero la realidad distaba de ser así. Me sentía como un desconocido para mí mismo.

-       Disculpe, ¿qué hora es arquitecto? – ¿Era un pingüino con un sombrero de copa o qué demonios era eso? Realmente no emitía ningún sonido, movía sus aletas alterado y era como si pudiese leer su mente.
-       ¿Qué hora cree que debería ser? – Pensé que no sería oportuno desperdiciar una tertulia con un pingüino parlante, pero a veces hasta el mayor pensador se equivoca.
-       A juzgar por su respuesta –me dirigió una mirada fulminante-, creo que llego demasiado tarde, ¿me acompaña?
-       ¿Acompañarle? – Estaba absolutamente perplejo.
-       Sí, tírese hacia el asfalto.
-       ¿Estás loco?
-       Un poco sí, pero le aseguro que solo deberá imaginar que no lo esté.
-       Me está planteando un reto realmente imposible.
-       ¿No se tirará?
-       Obviamente no.
-       Tendré que ayudarle –sentí como su figura se desvanecía y una suave brisa me empujaba hacía el vacío de asfalto.-

Al caer mis brazos se extendían y temí quedar atrapado en mi propio mundo. Pero olvidé una sencilla noción de lógica humana. El temor ante un acontecimiento probable nos impulsa a imaginar situaciones de urgencia completamente desesperadas, pero que siempre nos libran de acabar con un siniestro total. Así ocurrió. Imaginé mar sobre asfalto, o quizás ríos de asfalto acuoso. Los edificios se hundían, la gente nadaba como pez a contracorriente, y el impacto que sufrí tan solo fue pasajero. Una vez estabilizado volví a imaginarme en tierra firme, y todo volvía a discurrir en la normalidad. Siempre he considerado que el tiempo es una pauta marcada por silencios y aquel nuevo silencioso era glorioso. Sabía que la imaginación no era una vía de evasión, sino una pauta de ayuda ante cualquier dificultad. Mi mente se despejó.

-       ¿Lo harás?
-       ¿Qué debo hacer?
-       ¿Lo harás?
-       Creo que no me entendió, ¿qué debo hacer?
-       Creo que no me escuchas.
-       Le escucho perfectamente.
-       No lo haces, oyes pero no prestas atención.
-       No te entiendo.
-       Jamás formulé una pregunta, ¿por qué me preguntas entonces?
-       Sí que…
-       Escucha con atención. Lo harás.

Tacto, vista, oído y olfato, y lo que nunca desarrollé fue el gusto por cosas concretas. Ahora comprendía lo que era ser arquitecto, así que aquellas austeras calles faltas de asfalto se sustituyeron por adoquines de piedras de colores, edificios neo modernos sustentados sobre colosales columnas de estilo jónico. Las personas surcaban los cielos sobre dragones, mientras que sobre tierra firme millones de personas de distintas clases creaban el bullicio de lo que parecía ser como una gigantesca urbe de carácter cosmopolita. La unión consistía en acoger lo diferente, y los recuerdos parecían no inferir. Había creado una realidad que pese a formar parte de mí me resultaba distante. En ese momento desperté, volví a sentirme amordazado y el silencio se volvió un peldaño bastante elevado que sortear.

-       No sé lo que hago realmente aquí, por eso me gustaría realizarte la misma pregunta, ¿qué haces aquí?
-       Ayudarte a discernir.
-       Soy consciente de lo que es la realidad, y de la realidad que pude crear al soñar. Soy consciente de tantas cosas que no dan respuesta a mi propia presencia, ¿es necesario discernir?
-       No eres consciente de dónde te encuentras.
-       Atrapado, amordazado, hablando con un majareta, ¿qué más dará?
-       Yo soy tú, y tú eres yo.
-       ¡Ah! Genial.
-       Vamos, puedes librarte de mí si lo deseas. Acaba conmigo y vuelve a tu mundo.
-       ¿Me ofreces una vía de escape a consta de ti?
-       Sí eres capaz de dañarte para lograr ver la realidad, así lo haré.
-       A esto te referías cuando pretendías destruir la realidad. Me das alas para imaginarme en mi subconsciente, me permites imaginar y ahora mismo pides que lo destruya todo para volver a un lugar del que no recuerdo.
-       Todos volvemos a nacer en algún momento.
-       No te comprendo.
-       Quizás sea porque continúas sin escucharme.
-       Todo esto me resulta incómodo.
-       Solo existe aquello que consideramos que existe. Del mismo modo si algo que es real pero no nos agrada que exista, le hacemos el vacío. Sin embargo existe, aunque hayamos perdido la facultad de apreciarlo. Por ello no creo en la destrucción, sino en la sustitución.
-       Comprendo, hasta ahora todo lo que he creado ha sido proyecciones que se superponían sobre una realidad que pretendía ocultar, pero ¿qué querría ocultar?
-       Destrúyeme, haz que vuelva a formar parte de ti, y que sea la consciencia quién logre averiguarlo.
-       ¿Es la única solución? Si te sustituyo, nunca volverás a ser tú.
-       Y si no lo haces nunca serás yo.
-       Me estás liando.
-       Deberías actuar con rapidez, recuerda el pingüino, ¿qué te mostró?
-       Que hasta lo imposible alguna vez puede ser posible.
-       Escúchame, hazlo. Sé el arquitecto.

Abrí los ojos y todo desapareció. Solo oscuridad y silencio, otro silencio a intervalos. Cada intervalo más largo que el anterior. Al final en lo que parecía una eternidad desperté sobre una mesa de operaciones. Me sentía aliviado, como no había logrado sentirme en mucho tiempo. Percibía el sonido de un cuervo, y al levantarme contemplé bañado en lágrimas un rostro.

-       Lo has logrado.
-       ¿Qué me ha pasado?
-       Te sometiste a una evaluación del subconsciente. Felicidades, ¡ya eres arquitecto!
-       He conseguido proyectar emociones fuertes, jugar con los sentidos y discernir de la propia realidad, pero, ¿qué significa ser arquitecto?
-       Soñar, proyectar. Ser capaz de ver dónde otras mentes se encasillan y comprender que existe otras realidades más allá.

-       Entonces creo que debo contarte mi historia… No hay silencio más incómodo que cuando te sientes amordazado…

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