viernes, 1 de noviembre de 2013

Crónicas de Gilbert I: Andén nueve y treinta



Andén nueve y treinta

Estación, palabras sin tránsito que recorren largas distancias sin destino fijado. Estación, puerto pasajero de idas y venidas de transeúntes que moran entre raíles de una vida azarosa. Nunca me había atrevido a decir de dónde procedía Gilbert pues su figura fue hallada en un entramado misterioso, un día vulgar, y en un tiempo ajetreado. Mi nombre, bueno yo no tengo nombre. Me podrían definir como el cronista o el narrador de fábulas inconclusas. Mis ojos son oscuros y reflejo de la palidez de mi rostro, mis cabellos son hebras de azabache, y mi mente tan solo el producto de la embriagadez de un rioja que perturba los sórdidos ámbitos de mi mente hasta proyectar imágenes inconclusas siempre conectadas a lo absurdo. Nunca me he planteado cuál sería el cuervo de la discordia, así que mi vida siempre ha sido trazada en horizontal por una pluma cuyo tintero tiene reservas parciales. 

Era Halloween y como cualquier otra noche me sentía impulsado a salir a dar un paseo. Las calles que en otro tiempo eran asfalto embriagado ahora parecían un desconcierto macabro entre presentes maquillajes con tintes funerarios. Padres que cantaban el pastoral en una esquina mientras los feligreses hacían ademán de recibir la sangre del embriagador néctar de la perdición. Mis pasos cada vez más forzados me llevaron a la estación ferroviaria, dónde el andén nueve y treinta estaba a punto de partir. La melodiosa llamada chirriante del metal me hacía comprobar que así era. Maravillado, en un punto sin retorno, y portando un trabuco en una de sus manos se me acercó lo que a primera impresión parecía una especie de Vivaldi traído de un mundo que no era el suyo. Admiraba con gran expectación un tren que le hacía añorar los momentos de su época, mientras sacaba de su bolsillo un reloj con el que comprobaba los segundos tardíos en espera de un regreso a una especie de época intermedia que hiciera justicia a su fascinación por los avances capitalistas y sus intereses utópicos que aflorarían unos cientos de años después. Observe largo y tendido como aquel individuo inerte, con un monóculo, cabellera rubia y mirada desvariada comprobaba que en efecto no había sido capaz de encontrar la época de lo imposible, pues ya estaba en ella. Sin rumbo caminó fuera de la estación, y supe que había que seguirlo si pretendía narrar una gran historia, y así fue.

Los caminos se hacían largos, y el frío hacía mella en el rostro. Parecía que aquello nunca acabaría, era una especie de éxodo hacia lo desconocido. Aún no lo comprendo, no comprendía absolutamente nada. La última de las moradas llegó ante los aposentos de Sir Robert, un viejo y angosto caballero que había perdido su hidalguía en la lucha por mantenerse al margen de antaño y sumirse en el oscurantismo de la era tecnológica. Su cortesía nos brindó una copiosa cena junto a los caballeros de la mesa cuadrada. Destacar personas de pedigrí como Alvágo, Lanzelot, Denis, Nicolás, José, Juan Antonio, Ramón II ‘el rastas’; junto a damas de extensa bravía como Mercedes, Eva y la bióloga. Entre ellas se hallaba una chica sin nombre, pelirroja con el cabello corto y de ideas peligrosas. Está chica era la llave para Gilbert quién sin mediar palabra halló modo de cortejo. En su siglo una reverencia junto a un reloj servían para hallar el anhelo profundo del corazón de cualquier dama, aunque estrepitosamente no se dio cuenta que tenía delante de él una guerra ancestral, encinta, y perdida en el umbral de los tiempos. Como dije en su momento era la noche de los muertos vivientes. Mientras el sonido de ambiente era tenue y tomaba como base la nekrogoblykon, las perturbaciones de la nochesfera llevaron a la ansiosa y amargada bruja del llano tercero a aparecer y descender sobre nuestras cabelleras. Lo macabro adquiría estética steampunk mientras sombras sin corazón se abalanzaban sobre nosotros. Gilbert con trabuco en mano sorteó lo que pudo, pero la pólvora era lenta y atravesaba sus cuerpos. La chica absorbía todas las almas errantes, disipando las tinieblas, y haciendo que la bruja de Blair se marchitara entre inauditas carcajadas propiciadas por todos los comensales.

Agradeciendo la hospitalidad de aquella morada a Sir Robert, y huyendo entre sombras del Gotham acampemos en un piso abandonado, resguardándonos del frío, y olvidando los altercados siniestros. Las historias de terror comenzaron a fluir, sin embargo Gilbert ya no estaba entre nosotros. Descompuesto por el frío debió de hallar morada entre los escombros de su legítima época. Sonidos inquietantes parecidos a chirridos conquistaron el eco de aquel edificio. Pronto sombras emergieron controlando a los caballeros de la mesa cuadrada. Las paredes retumbaban a un ritmo inquietante, y mientras unos terminaban con otros, todos perecían yacer sobre lozanía del ayer. Cuerpos inertes ahora controlados por fuerzas oscuras hicieron desvelar que no había ningún ápice de esperanza. Aquella chica había logrado atraer todos los cuerpos inertes y parecía por momentos sucumbir a la misma oscuridad que pretendía disipar. Hubo una luz de esperanza, el reloj de Gilbert dio marcha atrás y en un portal que parecía de otra dimensión todos volvimos a un punto de no retorno. La vida había vuelto a su cauce, y nos encontrábamos en el andén nueve y treinta viendo partir el tren del pasado, y el presente de una nueva esperanza. Gilbert nos había salvado la vida. Era la noche dónde un hombre viejo pervivió a un relato sin tregua, y la virtud recorrió los más sórdidos parajes hasta el amanecer. 



1 comentario:

  1. me quito el sobrero, como siempre ante tus maravillosas crónicas =)

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