domingo, 20 de octubre de 2013

Noche aterciopelada



Noche aterciopelada

Noche aterciopelada, con vivos y lucidos colores cuyo juego de luces engaña la percepción. Como fauces de perturbados fantasmas las hojas se elevan sobre la brumosa brisa, mientras miles de pasos orquestan a ritmo tendido una noche movida y agitada. Esta noche es diferente, es distinta, es mágica. El reloj deja las manillas hieráticas, perennes, inamovibles, perturbadas a un compás pasado. El tiempo se retrotrae y nos transporta a un mundo anterior. Al cerrar los ojos sentimos que pese a pisar el mismo asfalto nada es lo que parece. Volvemos al renacer de una cultura que lleva siglos, latente en nuestro interior, volvemos al pasado de la Granada renacentista y barroca.

En esta noche aterciopelada la Gran Vía es una marabunta de pasajeros con destino, de trenes que llegan al final del entramado. Una meta alcanzable, pues el punto de partida se sitúa en la ilustre Capilla Real, abierta pero sesgada a los visitantes. Prima el ‘ver pero no tocar’, el pasado sobre el presente. Decenas de personas contemplan las tumbas de los que antaños fueron los magnates de un imperio desde sus bancas, mientras ríen, hacen fotos e incluso bromean ante el imponente pedestal ricamente decorado con escenas bíblicas. En este mundo de una sola noche Jean Jullian se percata que su libertad se ve oprimida ante una serie de barrotes que impiden a una golondrina izar el vuelo, Mientras François haciendo saña de sus doctas explicaciones artísticas embelesa la velada con palabras de aliento. Palabras que eclosionan frente a tan vasto entramado arquitectónico y hacen virar los ojos de los curiosos. Jesucristo aparece representado en centenares de imágenes, y en una de ellas le guiña el ojo a Noelia, como si tuviese quisiera arrastrarla a un mundo inmortal, repleto de preceptos y voluptuosa moralidad. 

La noche avanza hacia atrás mientras Jean Jullian, François y Noelia hacen camino al andar. Sus pasos los guían a la catedral dónde la elevación y altitud renacentista hacen mella en sus sentidos. De los cuadros empiezan a emerger sombras que pretenden arrebatarles su tiempo, volverlos estatuas, inmortalizarlos como mártires. Sus garras son afiladas, y nadie salvo ellos parece apreciarlas. Deambulan con nosotros, de un lado para otro, sin que nos percatemos pues su esencia es tan insignificante que nuestra percepción parece obviarlas. Su portal se halla ante un retablo gótico, dónde las sombras se fusionan con las tintas hasta adquirir matices macabros. Se deslizan por el suelo, entre las sombras que proyectamos, hasta llegar a François quién corre al pedestal de San Miguel arcángel quién con su espada flamígera les libera de tan perturbados visitantes.

La estancia se les hace exhausta, pero sus piernas no desisten, llegan a la plaza de las Pasiegas. Marmórea plaza de tresillos de madera y gentes de frac. Sobre los bustos, las miradas perdidas buscando en un horizonte soñador aquello que les es legítimo. La luz del reloj espada brota de las manos de Edward quién hipnotizado por la poesía granadina y el piano se petrifica cual estatua sin poder hacer mayor aspaviento que un siempre gesto de quietud y cansancio. El hambre era perturbadora así que guiándose por la sombra de un monstruo atroz François se vio guiado por la sacia y mezquina saña de una arpía meticulosa. Como por arte de magia aparecieron todos en una mesa degustando mosto y roquefort mientras la espera se hacía eterna y el envejecimiento prematuro. La lentitud acabó matando a la arpía quién saciada con un cuarto de su esencia les permitió abandonar aquel antro hasta toparse con una matrona que les ofreció comida vegetal, y bolas de patata que al masticarlas explotaron en la boca de Noelia. Uno a uno, su existencia se desvanecía mientras Jean Jullian entonaba una oda a la desesperación. Sobre sus brazos yacía el amor que la perfidia le hizo perder, todo por unos míseros centavos. No había lagrimas solo sangre, y una inmensa oscuridad en sus corazones. 

El trágico suceso solo abrió una veda posible, la visita a San Miguel el bajo. Según la leyenda su torre disponía de mágicos entramados, cuyas vistas propiciaban el retorno de un alma candente y llevada por la oscuridad, siempre bajo la atenta mirada del Cristo mejor representado del arte granadino. La entrada aunque gratuita estaba custodiada por enorme basiliscos que exigían el pago o la vida, ateniéndose a no volver a caer en el mundo de las sombras François tomó una determinación, decidió pagar. Las escaleras eran perturbadas, cada paso conducía al delirio y la paranoia. Al llegar a todo lo alto las grandes vistas nublaban un horizonte difuso que indicaba que la solución estaba en el retablo, dónde un viejo conocido traería de entre las sombras a Noelia. Raudos, y centelleantes llegaron al pórtico del Cristo dónde Joan King apareció brevemente abriendo un portal, un rayo de luz brotó de François y en sus manos se dibujó una empuñadura. Portaba una espada de pedigrí, que al pinchar sobre el Cristo retrocedió en el tiempo y arrastró a Noelia hasta su época presente.

La noche terminó bien, sin embargo no todo es lo que parece. Al salir del mundo de las sombras Noelia portaba una esencia oscura que debía de ser extirpada y combatida con la estupidez. Jean Jullian tomó la iniciativa y voraz sobre asfalto reticulado se arrojó por una especie de baranda similar a un tobogán. François lo siguió, y al caer el golpe le hizo alcanzar una revelación perdida. Edward se encontraba en las calles de las teterías dispuesto a batirse en duelo con François, mientras chirriantes llegaron a Plaza Nueva dónde un guitarrista cantaba lo que literatos hubiesen compuesto con anterioridad. El reloj espada como un aguijón lanzaba acometidas a la espada de luz hasta terminar exhaustos. La noche se volvió aterciopelada, y las sombras una vez más no lograron penetrar en el corazón del transeúnte decidido.

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